(El eco de tu respiración)
Emma
Sé que lo estás intentando, estás peleando contra algo invisible y, aunque parezca una batalla imposible, tú lo harás posible.
Observo cómo poco a poco intenta abrir los ojos. Su mirada se encuentra con la mía. Veo su dolor a través de ellos. Las lágrimas se me caen de felicidad porque ha despertado.
—No te extralimites —digo, cuando intenta moverse.
—Emma —susurra, tomándome de las manos.
Su voz se siente cansada. Apenas logra pronunciar palabra. Su respiración es un completo caos. Su cuerpo está helado.
—¿Qué estás haciendo?
Cada respiración se vuelve pesada.
—Casarnos —responde con hilo de sentimiento.
Veo su rostro mientras espera una respuesta. Mi corazón late frenético.
—No, aún no, Gael —mi alma se achica.
Me duele demasiado. Siempre soñé con casarme con él, pero no así. No en esta situación.
—Yo, Gael Mariños, acepto casarme contigo. Unirme contigo en la eternidad.
El labio me tiembla.
—¿Isa?
—Yo, Emma Ruiz, acepto casarme contigo.
—Voy a esperarte para tomar de tu mano —dice.
Las lágrimas bañan mis mejillas.
—Te amo.
—También te amo, bonita —susurra antes de cerrar los ojos.
Solo cuando ves la muerte tan de cerca. Quieres ser una heroína y tener superpoderes. La mejor medicina para un humano es el amor.
Esperamos unas horas más para determinar si lo entubaremos. La respiración de Gael es regular; ya no tiene problemas para respirar. Me la paso orando en la capilla para que se ponga estable. Sé que cuando esté en UCI, la probabilidad de que despierte la determina Dios. He visto cómo varios no han despertado y otros quedaron con graves secuelas.
No quiero sentir en carne propia la pérdida.
Quiero verlo otra vez al amanecer. Prefiero ser yo antes que él.
De rodillas pido a Dios una oportunidad.
En medio del silencio, doy un grito de fe. Quiero que vuelva a respirar, a ver el sol, a tener una vida llena de oportunidades. Aleja la oscuridad que lo rodea a él y a todos los que se encuentran luchando por su vida. Dales la fuerza para vencer esta enfermedad.
—Por favor —pido—. Sé que me oyes.
—Tú determinas nuestro destino. Darle fuerza a toda la gente que está luchando y darles una segunda oportunidad para enmendar sus caminos.
Me levanto del suelo y regreso a la zona UCI; ahí está él, postrado en la cama. Sin decir nada.
Ya he recibido los resultados de descarte. Di positivo.
Gracias a las influencias del padre de Isa he podido quedarme aquí en la habitación de Gael. Hace dos horas llamé a mi hospital para avisarles que no podré ir.
Durante mis días en este hospital he escuchado gritos de los familiares y pacientes. Antes pedía la calma a mis pacientes, pero me he dado cuenta de que no existe la calma cuando están a punto de perder a un ser querido.
Los días pasan y pasan y no encuentran la cura.
Millones de personas han muerto y otras solo están en ese camino.
Me estoy debatiendo en si llamarle o no a los padres de mi novio. Es tan difícil.
—Gael, no me pongas en esta situación —le hablo, aunque no pueda escucharme—. Quiero que despiertes ahora.
—Siempre tan mandona.
Alzo la vista y lo veo despierto.
—Cariño, estás despierto —sollozo.
Él me dedica una sonrisa.
—Jamás te dejaría.
Le ayudo a retirar el suero y el balón de oxígeno. Sus movimientos son más fuertes. Por instinto me acerco para rodearle con un abrazo.
—Me asustaste —digo contra su pecho.
—Lo siento, bonita. Ya aprendí la lección, no debí salir de casa.
Me separo y le dedico una mirada molesta.
Me acomodo cerca de él, tratando de sentir su contacto. La calidez de su cuerpo con vida. Trata de incorporarse, pero lo detengo y lo cubro con las mantas.
—Qué bueno que despertaste —escucho una voz, alzo la vista y me encuentro con Isa—. Se ven bien juntos.
Ella está de pie junto a la puerta, nos dedica una sonrisa para luego entrar en la habitación. Revisa que el balón de aire se encuentre cerrado de forma correcta.
Sebastián.
¿Cómo estará Sebastián?
—Y Sebas —pregunto—. ¿Has sabido algo de él?
—Está bien —dice, inclinándose para tomar el suero—. Ya está más recuperado; lamenta mucho lo que le sucedió a Gael. Se siente culpable.
Mi novio se estremece a mi lado. Agarro su mano para darle confort.
—No es su culpa. El único culpable es ese jodido virus —murmura Gael.
Pienso lo mismo, odio a este virus. Estoy harta de ver morir a la gente sin poder hacer nada. Isa, asiente en acuerdo.
—Es mejor que te coloque la cánula —dice Isa.
—Ya puedo respirar —se niega Gael—. Me siento mejor.
—Tus pulmones deben estar destrozados.
—Me encargaré de hacerle una radiografía —aseguro, dándole ánimos a mi novio—. Todo va a estar bien, te lo aseguro.
Gael inclina su cabeza sobre mi hombro. Lo siento un poco más delgado; me siento culpable por no darle todo mi tiempo a él. Muchos doctores han renunciado para salvar su vida, para cuidar a sus familiares, y yo todo lo que he hecho ha sido ser egoísta.
Pero es algo de lo que no me arrepiento, porque de esta forma he salvado a mucha gente.