Amor en Emergencias

Capítulo 23

(El sonido del miedo)

Emma

He visto el cielo desde el hospital. Está más azul. ¿Por qué no vemos el lado positivo de esta pandemia? El mundo se ha detenido por un instante. El mar está más cristalino, el aire no está contaminado. Los animales corren libres. Podemos ver las estrellas desde la puerta de nuestra casa. Las aves vuelan sin temor a ser atrapadas.

Quizá muchos de nosotros se sientan atrapados dentro de una jaula, pero esto no es para siempre.

Pasados dos meses desde lo de Gael, y aún sigo con la angustia. Regresé al hospital porque entendí que puedo hacer la diferencia. Si no estamos nosotros, no estará nadie.

Otro día en el hospital. Vilma se encuentra a mi lado, quitándose los guantes quirúrgicos. La sirena empieza a sonar. Ambas cogemos nuevamente otros guantes limpios y nos los ponemos a toda velocidad. La sirena ha sido implementada para avisarnos si algún paciente ha entrado en paro.

Las dos salimos del cuarto de limpieza en tiempo récord.

Otra vez no. Otra vez no.

—Sala UCI —digo.

Abro la puerta y corro hacia el paciente; la sirena sigue sonando. Dos enfermeras más ingresan conmigo.

—¡Está entrando en paro! —grito—. Necesito equipo de reanimación.

No respira. No respira.

Mi caja torácica grita a medida que busca aire por los nervios. Puedo imaginar cómo ellos luchan con cada tos que desgarra sus pulmones. Desde que vi casi morir a Gael, no puedo controlar los nervios al ver a otra persona en la misma situación.

—¡Doctora! —grita una enfermera.

Respiro hondo para tranquilizarme, tal como me ha enseñado Gael. Entonces reacciono, realizo algunas presiones en el pecho del paciente.

Uno.

Dos.

Tres.

Los monitores regulan sus pitidos, tal como el latido de su corazón. Lo tenemos de vuelta.

Estrecho mis ojos hacia Vilma. Viene corriendo a la habitación.

—Tenemos cinco pacientes fallecidos en la otra área —dice.

Nos miramos un instante y luego salgo de la habitación.

Me retiro otra vez los guantes y la sigo.

—Diez médicos infectados —susurra la enfermera, Vilma—. Se está acabando el oxígeno.

—Somos soldados de guerra —pronuncio.

Se detiene y aprieta su puño a su costado.

—Tienes razón —concuerda, alzando las manos—. Todo esto es una guerra.

Empieza a caminar otra vez.

—El día de mañana vendrá un sacerdote a bendecir a los pacientes.

Necesitamos un rayo de esperanza.



#1000 en Thriller
#347 en Suspenso
#2292 en Otros
#114 en No ficción

En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 22.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.