Amor en Emergencias

Capítulo 24

(La distancia que quema)

Emma

Caminamos desde la capilla hasta las habitaciones donde se encuentran los pacientes luchando por su vida.

El sacerdote está cubierto desde la cabeza hasta los pies con un protector; apenas se le puede ver su cara.

Doctores, enfermeras y trabajadores acompañamos al padre en la visita que se está haciendo a los pacientes con Covid-19. No solo necesitan de un médico; ellos necesitan de Dios para fortalecer su cuerpo y su alma. La pandemia ha llegado a nuestra vida de forma abrupta y sin reparos, pero con la fuerza que aún tenemos debemos buscar a Dios.

Una vez en la sala UCI, solo nos dejan ingresar a los médicos de turno y al padre. Él emite un suspiro de sorpresa. Debe sentirse impactado ante la escena frente a sus ojos.

—Dios mío —dice dando vuelta a mirarme—. Señor, apiádate de tus siervos.

Se gira nuevamente para ver a los pacientes; sus pasos son lentos, pero firmes.

Coge la rosa del vaso de agua que lleva en las manos y luego hace caer pequeñas gotas sobre los cuerpos agonizantes.

—Padre eterno, dales fuerza para vencer el mal que yace en sus cuerpos. Condúcelos hacia nosotros mediante tu luz poderosa y eterna. Calma su dolor e influye tu misericordia.

Mis ojos me empiezan a picar y eventualmente voy derramando lágrimas en silencio.

El padre se aclara la garganta y continúa con su bendición. Me giro para ver, mirando más allá del cristal, y veo a miembros de la salud, observando. Siento una punzada en el pecho que nunca antes he sentido.

—Oh, Dios mío —se rompe la voz—. Ayuda a estas personas que te necesitan.

Los mejores momentos están divididos en segundos; unos pequeños instantes vividos suelen ser los mejores y con mayor significado. Cada uno vale la pena ser vivido, porque la vida es parecida a un espiral que da vueltas en un mismo punto, alejándose cada vez más de lo más preciado y valioso.

Mi respiración se dificulta cuando el sacerdote cae en el suelo. El impacto es detonador. Cierro los ojos cuando veo cómo se pone de rodillas; el pánico se apodera de mi cuerpo, dejándome inmóvil.

Un sollozo se me escapa de lo más profundo de mi garganta. ¿También voy a derrumbarme?

—Padre —susurro.

—¿Se encuentra bien? —pregunta Vilma, desde el otro lado de la habitación.

—Sí, estoy bien —habla finalmente—. Esto me sobrepasa.

Lo entiendo perfectamente; atender a pacientes Covid es tener una voluntad de hierro.

—Muchas gracias, doctora —el padre se pone de pie—. Gracias por cuidar de ellos. Dios está a través de ustedes.

Siento que por fin puedo volver a respirar.

—Gracias —digo.

Su vista se dirige hacia mí. Está sorprendido por nuestra labor; lo puedo notar en su rostro.

—Dios te bendiga —pronuncia.

Una sonrisa se dibuja en mi rostro y niego sin poder evitarlo. Salimos del lugar y nos reunimos con los demás presentes.

—Dios los bendiga —nos dice a todos—. Su valor es de admirar.

Todos hacemos una reverencia.

Yo pienso que los pacientes son de admirar; ellos luchan cada día. Son unos guerreros, se han ganado mi respeto en cada momento.

Un grupo de enfermeras acompaña al sacerdote hacia el baño para cambiarse la ropa que se usa para entrar en cuidados intensivos. Hago lo mismo, me quito los guantes usados y los desecho, me coloco otro protector facial y otra mascarilla; después nos vamos hacia un pequeño lugar que utilizamos para tomar el desayuno.

Una señora de aproximadamente cuarenta años nos recibe con una sonrisa. Tiene un termo lleno de desayuno y panes con jamón y huevo.

Recuerdo que solíamos hacer esto antes de la pandemia: desayunábamos todos juntos contando anécdotas, riendo por chistes malos que contaban los internos. Eran tiempos muy buenos.

¿Quién diría que eso se iba a terminar?

Ahora todos debemos estar a dos metros de distancia.

Me coloco dentro del círculo marcado en el piso de cemento, mientras espero a que la señora me sirva mi desayuno. La señora usa también guantes y lleva puesta una mascarilla.

—Buen día —saludo alegremente—. Un vaso de quinua, por favor.

—Claro —dice sirviéndome bien calientito.

Una vez tengo el vaso en mis manos, me voy hacia una esquina y saco la botellita de alcohol de mi bolsillo. Me desato frotando mis manos una y otra vez. Luego me quito el protector facial.

Doy un sorbo y siento el sabor a piña. Mi boca se hace agua al disfrutar la delicia. No suelo comer mucho pan; probablemente mi madre estaría enojada por eso.

Mi ceño se frunce cuando oigo sonar mi celular. Intento cogerlo, pero recuerdo que no puedo utilizarlo en estos momentos. Primero, estoy tomando desayuno y, segundo, puede ser un agente contenedor del virus; aunque ya no recuerdo cuántas veces lo he bañado de alcohol al aparato.

Da dos timbradas más y luego se silencia.

A dos metros se coloca el enfermero Marcelo, tomando su desayuno. A mi lado izquierdo se posesiona Vilma, gran ayudante en estos días desolados.

—¿Qué tal, muchachos? —les pregunto, aunque tenemos casi la misma edad—. Marcelo, ¿cómo están tus padres?

El chico me mira como si no quisiera responder.

—Hace un mes que no veo a mi padre —hace una pausa—. En cuanto a mi madre, ella falleció también hace un mes.

Quiero darme de jalones por preguntar algo así. No tenía idea de que había muerto su madre. Él es nuevo en este hospital.

—Lo siento —me disculpo.

Él alza una mano restándole importancia.

El ambiente se torna un poco incómodo. Vilma, a metros de mí, se aclara la garganta. La miro y alzo una ceja intrigada.

—¿Y tienes novia? —pregunta entusiasmada.

Eso me saca una sonrisa.

El aludido se pone nervioso, no le sostiene la mirada e intenta mirar a otro lado.

—No —declara.

Una sonrisa se va formando en su rostro. No intenta ocultarla, solo deja que fluya de manera notoria.



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En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 22.08.2026

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