Amor en Emergencias

Capítulo 26

(Letal)

28 de mayo de 2020.

Emma

El mundo ha perdido sus colores, nada es igual. Estamos en medio de la oscuridad, dentro de un túnel, donde no encontramos la salida. No hay esa luz que nos guíe hacia el futuro. Solo se escucha el beep del ritmo cardiaco en el monitor. Las horas parecen pasar lentamente; es como si el reloj no quisiera avanzar. En los pasillos hay un silencio como si reinara la muerte.

Mi cabello se encuentra atado en un moño. Cambio mi mascarilla otra vez. El aire vuelve a llenar mis pulmones. Ya he perdido la cuenta de las veces que he lavado mis manos con jabón líquido. Cubro mis ojos con el escudo facial, que protege desde los ojos hasta el mentón.

—Doctora, ha llegado un paciente. Tiene una saturación de 85% —informa el enfermero Marcelo.

—¿Cuántos años tiene?

—38 años.

Voy directo a emergencia y encuentro al paciente en una cama.

—Por favor, doctora. Sálveme, tengo dos hijos pequeños… —Susurra apenas.

—No hable. Le hará más daño.

—Ellos… me… necesitan.

El paciente tose sobre los guantes quirúrgicos. Poco a poco va perdiendo la conciencia. Ya no respira con facilidad.

—Me siento muy débil —apenas puede pronunciar.

—¡Necesitamos entubarlo! —digo.

—No hay oxígeno, doctora.

—¿Qué?

—Ya no tenemos oxígeno.

Los aparto para levantarle el polo y colocar el desfibrilador.

—¿Te comunicaste con su familia?

—No responden —dice.

Esto es el momento más difícil, donde no sabemos si el paciente, al cerrar los ojos, volverá a abrirlos de nuevo. Es el momento donde ves el mundo por última vez para esperar lo incierto. Te despides de familiares por medio de una pantalla táctil o solo escuchas su voz.

—Tenemos que sedarlo.

La enfermera y el enfermero Marcelo me ayudan a colocar la entubación. El pulso del paciente es débil.

—Es demasiado tarde —anuncio.

Mi cuerpo se siente un poco raro. Debe ser por las pocas horas de sueño.

Ya he perdido la cuenta de cuántos pacientes han fallecido. Ellos se han ido.

☘☘☘

Son casi un cuarto para las 2 de la tarde cuando unos gritos de la entrada llaman mi atención.

—¡Quiero ver a mi padre! —grita una mujer.

—Señora, no puede pasar —Marcelo lo detiene.

—¡Malditos, ustedes mataron a mi padre! —grita, furiosa—. A un lado.

La señora está furiosa. Se libera del enfermero y viene hacia mí al notar mi presencia.

—Señora, por favor. Retírese.

—Tu maldita —me coge del cabello y en el proceso mi protector fácil y la mascarilla caen al suelo—. Tú no salvaste a mi padre.

Intento apartarme de ella, pero es imposible. Aprovecha mi confusión para darme una cachetada. Me coge de los hombros y me sacude de un lado a otro; intento liberarme, pero es imposible. El enfermero intenta detenerla, pero la mujer es de contextura más robusta.

Siento algo tibio salir de mi nariz. Por impulso me llevo la mano ahí y al retirarla veo sangre pintando mis dedos. La mujer sigue sin soltarme; la tengo muy cerca que siento su respiración en la cara. El esfuerzo del movimiento le hace toser sobre mi cara.

Marcelo y otras enfermeras la cogen de los brazos y la detienen para que no continúe atacándome. Otra enfermera corre para ayudarme y al poco tiempo llega el personal de seguridad.

La mujer patalea, grita y se mueve de un lado a otro. Algunas enfermeras se acercan para observar lo que está ocurriendo. Vilma me lleva hasta los servicios higiénicos y ahí me lavo la sangre que corre por mis labios.

Olvidé por completo quitarme los guantes, así que unto un poco de jabón líquido sobre ellos y luego los desecho en el tacho de basura que está a un costado. Tomo un poco de papel higiénico y regreso hacia la entrada.

—¿Se encuentra bien? —me pregunta Marcelo.

—Sí —digo—. ¿Quién era esa mujer?

—La hija del señor que murió en la mañana.

Analizo por un momento la situación y luego comprendo su furia. Sin embargo, no es motivo para que nos ataque de esa manera. Hicimos lo posible para salvar al señor, pero no resistió.

Entiendo cómo se siente. Ya lo he vivido.

El sangrado en mi nariz se ha detenido. Retiro el papel y lo deposito en el tacho de basura más cercano. Marcelo me alcanza una mascarilla nueva y otro protector facial.

Me cubro la nariz y la boca, después el protector.

Luego de eso regresamos cada uno a sus deberes. Hago una ronda por las camas UCI, atiendo a los pacientes que necesitan cambiar de posición y limpio su piel maltratada.

—Sean fuertes —susurró—. Su familia los está esperando. Recuerden los momentos felices con ellos.

Acomodo la cabecera de una señora.

Aún les falta mucho por vivir.

El monitor sigue sonando.

—Hay sueños que no han cumplido.

Veo cómo el suero cae y va directo a la vena.

—Sigan luchando —digo antes de salir de la habitación.

Después de hacer mis rondas por las camas de UCI, voy a cambiarme la mascarilla. Siento una picazón en mis ojos.

Intento no rascarme, pero sin poder evitarlo lo hago.



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En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 03.09.2026

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