Amor en Emergencias

Capítulo 28

(Cuenta regresiva)

1 de julio de 2020

Emma

Al día siguiente me despierto temprano como siempre. Gael aún se encuentra durmiendo a mi costado, luce tranquilo. Tan hermoso como un ángel.

Lo muevo un poco para que despierte, pero solo emite un gruñido perezoso.

—Debo irme —le susurro—. Te quiero.

—Ummm, te amo —responde con voz rasposa sin abrir los ojos.

Le doy un beso en la coronilla y después me alejo. Agarro mis armas de combate, una mascarilla, el protector facial y unos guantes quirúrgicos. Salgo hacia el hospital.

En quince minutos llego; voy camino por los pasillos del hospital un poco desorientada. Intento respirar, pero el aire no llega a mis pulmones. Es algo extraño, que nunca he experimentado.

Quizá mi cuerpo me pide un descanso a gritos.

Continúo con mi turno dentro del hospital. Doy largos pasos, mis zapatillas hacen eco en el piso forrado en mayólica. Ingreso a cuidados intensivos.

Ahí los veo, los pacientes yacen inmóviles. El monitor marca su ritmo cardiaco; intentan seguir luchando, aunque sea difícil la batalla. El corazón se me estruja en el pecho; su recuperación depende de ello.

Observo cómo la intensivista, con sus guantes quirúrgicos, se asegura de que todas las máquinas funcionen perfectamente. Ella es familiar del director del hospital.

—Necesitamos nuevos monitores —anota la doctora en su libreta—. En una semana tendremos que cambiarlos.

Me mantengo escuchándola en silencio.

—Ya hicimos el pedido a la central —sigue hablando—. Si el Estado no invierte, no podremos sobrellevar esto nosotros solos.

—En tan poco tiempo nos volvimos en el país con más cifras de contagio —susurro.

—No estuvimos preparados —cierra los ojos angustiado —. Me preocupa tanto esta situación, los hospitales están colapsando.

—Debes decirle al director que hable con las autoridades y hagan lo posible para disminuir más muertes —no sé por qué digo eso.

—Haré lo que puedo.

—Yo se que sí. Pero no dejes de luchar, ellos nos necesitan —señalo a los pacientes—. Sabes que nuestro deber es salvar vidas a toda costa.

Ella me observa y una sonrisa se forma debajo de su mascarilla.

El olor a antiséptico llena la habitación de la UCI. La doctora mira nuevamente su Tablet y teclea unas cuantas veces. Cuando nuevamente me mira veo que continúa sonriendo. Es una sonrisa amable.

—¿Pasa algo? —cuestiono, dejando el algodón en recipiente.

La doctora niega con la cabeza, mientras sostiene el aparato tecnológico contra su pecho.

—No, es que nunca había conocido a alguien que tuviera una gran vocación por la salud—hace una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Me contaron que eres una excelente doctora, yo diría que la mejor. Te admiro, Emma.

—No creo que sea así —respondo, tomando el frasco de alcohol—. Todos los que trabajan en este hospital son buenos doctores.

—Talvez —dice—. Pero tú tienes algo especial, lo he podido notar en unos cuantos minutos, me recuerdas a mi madre.

Me quedo en silencio por unos minutos.

—Gracias —expreso mi gratitud por sus palabras—. Por favor haz lo posible para obtener más ayuda.

—Hare lo posible, Emma.

—Prométemelo —digo por alguna extraña razón.

—Esta bien —me da un apretón en el hombro—. No descansare hasta tener los equipos. Te noto algo rara ¿estás bien?

—Sí-ii —susurro con voz débil.

Siento un bajón en mi cuerpo.

Empiezo a sudar frío; es como si mi cuerpo fuera depositado en una congeladora. No puedo pensar con claridad; un nudo se instala en mi garganta. Todo está en silencio, no puedo escuchar lo que la doctora está diciendo a mi costado.

Todo se paraliza; necesito sentir la calma.

Pero la calma nunca llega.

Siento una presión en el pecho. El aire se me va.

El dolor en la espalda es una tortura; parece que algo golpea por dentro mi caja torácica. Intento sostenerme del carrito de medicina, pero solo ocasiono que los medicamentos caigan al suelo.

Suelto un suspiro cansado.

Veo todo a mi alrededor borroso, tan oscuro.

Siento a la intensivista acercarse; extiende su brazo suavemente contra mi cintura para evitar que caiga de bruces. Llevo mi mano hacia mi cara para retirar la mascarilla que me impide respirar.

—¡Emma! ¿Estás bien? —oigo su voz desesperada.

Solo veo sombras borrosas a mi alrededor.

Mi cuerpo poco a poco cae en el piso. No siento dolor de la caída porque todo el tiempo soy sostenida por la doctora.

No respiro. No respiro.

Me encuentro en un bucle desconocido.

Pienso en mi mamá y en Gael. Por más que intento seguir consciente, no puedo; el sueño me vence. Cierro los ojos dejándome llevar por la oscuridad.

El silencio agonizante me recibe al final de esa oscuridad.

❀❀❀❀❀

Isabella

Termino de poner una inyección y mi teléfono empieza a sonar. Cuando estoy ocupada, suelo no contestar, pero esta vez lo hago de mala gana. El número no está agendado.

—¿Hola? —respondo.

—Doctora, Isabella. Le hablamos del hospital. Como no hemos podido localizar al novio de la doctora Emma, le llamamos.

—Sí, ¿dígame qué pasa con ella?

—La doctora acaba de ser internada y pronto será entubada; si conoce algún familiar, para que se comunique con nosotros, por favor.

Por un momento dejó de respirar.

Emma. Emma. Emma.

—Voy para allá —es todo lo que digo.

Lo primero que hago es llamar a Gael, pero no responde, así que le dejo un mensaje.

Emma está en UCI. Lo siento.



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En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 03.09.2026

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