(Quédate)
Gael
Emma está en UCI. Lo siento.
Cuando veo el mensaje de Isabella, siento como mi mundo entero se derrumba. El miedo por perder a Emma invade mi cuerpo. No puedo hablar. No puedo moverme.
Es como si trataran de arrancarme el alma.
Ella no, por favor.
Respiro lentamente y trato de tranquilizarme. Salgo de la casa hacia la calle para tomar un taxi. Veo cómo los carros van de un lado a otro y ninguno se detiene.
Camino con el celular en la mano y me planto en la autopista. El claxon de un auto suena y se detiene con fuerza a unos metros delante de mí.
—¿Estás loco? —grita el chofer.
No respondo, solo abro la puerta, pero dentro hay dos pasajeros. Una madre y su niña.
—¿Estás bien, joven? —pregunta la señora.
—Mi novia… —Digo —. La van a ingresar a UCI.
Ella me observa preocupada. Se lleva las manos a la cara sorprendida. La niña está un poco asustada, pero no dice nada.
—Necesito que me lleve al hospital —le digo al chofer.
No sé qué responde, pero vuelvo a hablar:
—Por favor.
Veo cómo la señora baja del taxi y toma a su niña del brazo y le dice algo al conductor.
—Sube —me dice la mujer desde el otro lado del auto—. Sube rápido.
Entonces eso hago. El taxista arranca y sale a toda prisa.
A los diez minutos llegamos al hospital, saco de mi billetera un cheque y no espero por el vuelto. Voy de prisa a la entrada; ahí un guardia intenta detenerme. Hago lo posible para cruzar, y en tanto bullicio que se forma por mi actitud, viene otro guardia y me ve. Es un señor que conoce a Emma. Apenas me ve, les dice que me dejen pasar.
Una vez dentro, voy a la sala de emergencia. Corro tanto que apenas puedo respirar. Las enfermeras se cruzan de un lado a otro y choco con algunas. Una señorita me pide los datos de mi familiar.
—Emma Ruiz —digo—. Me dijeron que la están por ingresar a UCI.
—Le está faltando el aire —murmura—. Le cuesta respirar, por eso la pasaron para UCI. Solo tiene que esperar.
—Necesito verla, señorita —suplico—. Por favor.
—Eso es imposible —dice.
Estoy tan agotado que ya no soporto más y lo hago, me derrumbo. No me importa que me estén viendo. Rompo en lágrimas en medio del pasillo y me desplomo de rodillas en el piso. Lo único que siento es angustia, desesperación y miedo.
Miedo. Mucho miedo de perderla.
Lloro como un niño pequeño. Siento un dolor horrible en mi pecho. Me cuesta respirar, ya no puedo más. Quiero despertar de esta pesadilla. Deseo que todo esto se trate de una ilusión, pero sé que no es así; es la más cruda realidad haciéndome pedazos.
Mientras mi mirada se encuentra en el piso, siento una mano en mi hombro. Alzo la vista y veo a una enfermera. Ella es muy joven, de cabello negro y piel trigueña.
—Lo siento —susurra.
—¿Quién eres? —pregunto con la voz rota.
—Del equipo de la doctora Emma.
La mujer empieza a llorar. Se gira hasta estar frente a frente. Me ofrece su mano y la tomo.
—Dime que ella va a despertar —le digo sin importarme que sea una desconocida para mí.
Se limpia las lágrimas con un pañuelo.
—No lo sé —responde y la suelto—. Lo siento.
Me levanto del piso y me pego contra la pared.
Los minutos pasan lentamente. Es un tiempo muy angustiante. Siento un cúmulo de piedras formándose en mi interior. No se lo deseo a nadie esta situación. Nadie merece pasar por esta agonía. Absolutamente nadie.
Todo va a estar bien. Todo va a estar bien.
Alzo la vista cuando las puertas de cuidados intensivos se abren. Un doctor de estatura alta se me acerca. Está forrado completamente de blanco. Se parece a los astronautas que llegaron a la Luna.
—¿Familiar de la doctora, Ruiz? —pregunta.
—Soy yo, doctor.
Veo cruzar la lástima por sus ojos un breve momento.
—Lo siento. La doctora acaba de fallecer.
No es cierto.
Díganme que no es cierto. Todo debe tratarse de una broma de mal gusto. Niego repetidas veces, pero no hay mentira en el rostro de aquel hombre.
Acabo de recibir un tremendo rayo.
Apenas logro reaccionar; corro hacia UCI empujando al doctor en el proceso. El golpe de mi cuerpo con la puerta de metal hace eco en toda la sala. Ingreso a UCI y entonces la veo.
La veo postrada en la cama sin vida. Su cuerpo se encuentra inerte entre las sábanas. Ya no se encuentra conectada al tubo de oxígeno.
—La doctora se contagió, tuvo un paro cardiaco —anuncia la enfermera a cargo.
Sus palabras se reproducen una y otra vez en mi cabeza. No puedo sostener el dolor, así que lo suelto. Empiezo a llorar de manera descontrolada, no me importa que me estén viendo. El amor de mi vida ya no se encuentra respirando el mismo aire que yo. Se ha ido.
Me dejó.
Avanzo para tomarle de la mano, pero dos enfermeros se plantan delante de mí. Intento llegar a ella como sea; incluso los empujo en la desesperación. Uno de ellos me coge de los brazos y me detiene.
—¡Emma! —grito—. No es cierto. Ella está viva.
Con todas mis fuerzas, una vez más intento llegar al lado de ella. Incluso hago caer algunas cosas en mi nulo intento de tomarle la mano.
—Sáquenlo —ordena alguien que no conozco.
—No, por favor. No.
El corazón empieza a oprimirme el pecho. No puedo respirar.
Ella batalló contra un enemigo invisible. Se quedó hasta el último momento con sus pacientes; nunca renunció. Desempeñó con orgullo su labor como médico. Sé que desde el cielo seguirá cuidándonos. Ahora es una heroína de la medicina.
A veces me pregunto si algo hubiese cambiado si el gobierno hubiera invertido en la salud. Por supuesto que hubiera marcado la diferencia. Pero todo queda en el quizás, en el hubiera.
Nunca pensé que algo podría doler tanto. Aún escucho su risa, veo sus ojos en mi mente y siento sus besos. Todo mi mundo se ha derrumbado.