Amor en Emergencias

Capítulo 30

(Sobreviviendo a la tormenta)

Gael

Nos despertamos como un día cualquiera. Los rayos del sol iban iluminando los bosques, los cerros y edificios. Los pájaros aleteaban sus alas entonando maravillosos cantos. Las mariposas se posaban sobre las flores suavemente.

¿Quién pensaría meses atrás que nos tocó vivir una pandemia?

La mamá de Emma se desmayó al recibir la noticia de la muerte de su hija. Isa se ha encargado de ella todo este tiempo; la vi la última vez cuando recibió la noticia. No sé cómo voy a continuar con mi vida; dejaste una huella imborrable en mí. Aún no puedo respirar con facilidad al recordar tu nombre. No sé qué me depare el futuro, solo sé que tú eras mi futuro.

El virus se originó el 31 de diciembre de 2019 en la ciudad de Wuhan (Hubei, China); se catalogó como una neumonía desconocida. A continuación, 30 de enero de 2020: se confirmaron 9.700 casos en China y 106 en otros países. El 11 de febrero se denominó al virus como COVID-19. Se confirmó que el virus se transmitía de humano en humano mediante las secreciones.

El 5 de marzo en el Perú se confirmó el primer caso de COVID-19. El 16 de marzo se decretó el estado de emergencia por el presidente de la Nación. El covid-19 se llevó las vidas de muchas personas alrededor del mundo. La falta de atención del gobierno; la realidad sanitaria no fue atendida. No hubo estrategias, no hubo una respuesta rápida.

Me hubiese gustado escribir el guion de la historia.

Me encuentro en la casa en la que vivíamos juntos. Sostengo el anillo de compromiso entre mis dedos.

Es tuyo.

Sé que tú querrías que continuara con mi vida. Que me enamore y me case… no es nada fácil para mí. Aún puedo oírte en cada letra de tus canciones favoritas. Veo tu rostro en mis sueños, la forma en que tus ojos grises se llenaban de emoción al verme, cómo tus labios formaban una hermosa sonrisa. Me lastima pensar que ya no estás aquí, pero tampoco quiero olvidarte.

Me cuesta sacarte de mi mente, me cuesta aceptar que ya no vas a llegar después del trabajo con tu característico uniforme blanco. Te fuiste cuando estábamos a punto de cumplir nuestro sueño.

El silencio abrumador de nuestra habitación me provoca una sensación insoportable; me estoy consumiendo por dentro. Me aferro a tu almohada como si mi vida dependiera de ello; no pude ver tu rostro por última vez y eso me mata. Por más que intenté que me dieran la autorización para verte en el hospital, no me dejaron debido a los protocolos. Este virus te arrancó de mi lado, fue el peor villano de nuestra historia; no pude despedirme de ti.

Respiro con dificultad. El aire es como un veneno en estos momentos. No puedo seguir respirando, porque sé que tú ya no respiras.

Observo tu foto en mi celular y mi pecho se contrae por el dolor. Se supone que íbamos a casarnos, que íbamos a formar la familia que tanto quisiste, pero ya no estás. Yo solo quiero que esto se trate de un sueño; sin embargo, sé que no es así. Mi mundo entero se ha detenido, mi mente solo se encuentra contigo. Ahora solo soy un ser sin corazón porque el que tenía murió contigo.

En lo único que puedo pensar es en la escena del hospital. Tu rostro pálido, tus labios resecos y tu cabello esparcido en la sábana blanca. Tu cuerpo inerte, completamente muerta. ¿Cómo borro esa imagen de mi cabeza?

—Gael —Sebastián ingresa a la habitación—. El señor del alquiler quiere saber si vas a seguir alquilando la casa.

No lo pienso, porque sé mi respuesta.

—Sí lo hare —digo.

Se que a mi amigo no le gusta la idea. Todos creen que debo volver a la casa de mis padres, pero no puedo, me reusó a dejar el lugar que compartí con Emma.

—Gael, no creo que sea adecuado quedarte aquí. Sino quieres ir con tus padres puedes quedarte en mi departamento.

—Por favor no insistas, voy a estar bien —miento.

—Está bien, pero yo te voy a acompañar.

Asiento.

—Ahora entiendo a mis pacientes —mi voz sale ronca—. No existe nada que pueda aliviar el dolor.

Sebastián me observa preocupado.

—Solo el tiempo; ya verás que más adelante ya no será tan doloroso, Gael.

—No puedo. Ni siquiera puedo dormir.

—Tienes que vivir por ella.

Tiene razón, a Emma le hubiese gustado que continuara por ella, pero este dolor es tan intenso, tan profundo, que no puedo calmarlo con nada.

No puedo dejarla ir. No quiero dejarla ir.

Sostengo mi celular contra mi pecho, sin quererlo soltar. Esto ha sido difícil; es como si una espina se hubiese instalado en mi pecho, causando dolor.

Observo mi mano algo temblorosa y acaricio el anillo que encontré en una caja debajo de la cama. Ese anillo lo compró Emma para mí, pero nunca llegó a dármelo. No puedo evitar soltar más lágrimas.

Sé que el dolor no se irá mágicamente; debo apoyarme en ese dolor para levantarme.

Sebastián abre la ventana de par en par; el sol está por ocultarse, veo cómo se va ocultando al final del mar. La hora gris cubre el cielo de colores naranjas y rojos. La brisa choca contra mi rostro y, por primera vez en días, inspiro hondo, sintiendo que el aire llega a mis pulmones sin causarme dolor. No sé cómo voy a continuar, no sé si voy a lograrlo, pero bien se dice que la resiliencia es la capacidad de adaptarse, resistir y recuperarse frente a situaciones difíciles.



#1110 en Thriller
#368 en Suspenso
#2401 en Otros
#142 en No ficción

En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 03.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.