Dahlia
El sonido de las explosiones retumba detrás de nosotras mientras el suelo tiembla bajo mis pies. Apenas puedo respirar; el humo llena el aire y me arde en la garganta, pero no puedo detenerme.
—¡Más rápido, Dahlia! —grita mi madre delante de mí.
Agarró con fuerza mi bolso donde llevo varios medicamentos y vendas y corro detrás de mi madre, hacia el hospital.
Hace unos minutos nos llamaron y tuvimos que salir corriendo al enterarnos sobre que de nuevo Kryndor nos está atacando. Varios soldados estan heridos, otros incluso muertos, las personas estan corriendo de un lado a otro mientras otros ya estan heridos en el suelo.
Todo es un caos.
Llegamos al hospital donde enseguida vemos a una multitud en la puerta cortando el paso.
Mi madre me mira con preocupación y rápidamente trata de entrar al hospital mientras me agarra del brazo.
—No te separes de mí —dijo con firmeza.
Asiento, aunque mis ojos no pueden dejar de moverse por todas partes.
El interior del hospital es aún peor que lo que se veía desde fuera.
El aire está cargado de humo, sangre y el fuerte olor de los desinfectantes.
Por un momento me quedo paralizada.
—Dahlia —la voz de mi madre me obliga a reaccionar—. Necesito que me escuches.
La miro rápidamente.
—Traeme vendas limpias y alcohol. Todo lo que encuentres. Hoy no va a haber suficientes manos para ayudar.
Asiento.
Voy rápidamente hacia los baños donde me cambio mi ropa, por el uniforme del hospital, me miro al espejo y me echo agua fría en la cara.
No puedo permitirme debilidad.
No ahora, no cuando mi ciudad más me necesita.
Salgo en busca de el alcohol y las vendas y se lo llevo a mi madre, donde la veo ocupándose de detener una hemorragia de uno de los soldados.
—- Dahlia, yo me ocuparé de este soldado, tu ocúpate de los demás! —- dijo mi madre agarrando las vendas y el alcohol—-.
Asiento y me dirijo hacia uno de los soldados pero no es de Eldoria.
Un soldado de Kryndor.
La rabia me inunda en segundos
—-Qué crees que haces en este hospital?—- le grito con rabia—.
—- Yo…
— Esto es Eldoria, —digo entre dientes, —¡y aquí los soldados de Kryndor no reciben ayuda!, vosotros sois los que hicisteis todo esto y crees que te voy a ayudar?
—¡Hija, basta! —gritó mi madre, con la voz temblando entre la rabia y la angustia—. Es un humano. Ayudarlo no es una traición… es compasión.
— Madre…— trato de decir pero me interrumpe—.
— Dahlia… eres enfermera. Y no importa si es de Kryndor o de Eldoria. Lo ayudarás, es tu deber hacerlo.— dijo mi madre tratando de hacerme entrar en razón—.
Asiento lentamente, el peso de mis emociones clavado en el pecho, mientras tomo un par de vendas y frascos de alcohol.
Me acerco al soldado de Kryndor, que todavía me observa con recelo. La rabia sigue quemándome por dentro, pero intento apartarla. Está herido. Asustado. Y aunque todo en mí grite que debería echarlo del hospital, mi deber como enfermera es más fuerte que cualquier sentimiento. Aquí no hay enemigos. Solo personas que necesitan ser salvadas.
—-¿Dónde están tus comandantes? ¿No tuvieron el valor de venir ellos mismos a enfrentarse a lo que han causado? —mi voz tiembla entre la rabia y el miedo, mientras mis manos aún sostienen las vendas
El hombre se mantiene firme, sin responderme.
Abro la boca para seguir hablando, pero alguien me agarra del brazo por detrás con fuerza.
Kael Blackthorn.
Su mano rodea mi muñeca con firmeza, obligándome a girarme hacia él.
—¿Qué crees que haces? —le digo, fulminándolo con la mirada.
Sus ojos oscuros me observan con frialdad.
—La pregunta es qué crees que haces tú —responde con voz baja, controlada—. ¿Con qué derecho le hablas así a un soldado de Kryndor?
Siento cómo la rabia me sube por el pecho.
—¡Porque vosotros sois los responsables de esto! —le grito, soltándome de su agarre de un tirón—.
Señalo el hospital detrás de mí.
—¡Mira a tu alrededor! ¡Personas destrozadas, niños heridos! ¡Todo por vuestra guerra!
Kael da un paso hacia mí, acercándose.
—Baja la voz.
—¡No!
Mi respuesta sale más fuerte de lo que esperaba.
—¡Vosotros habláis de patria y honor mientras dejáis que la gente muera! ¡Que defendáis vuestra patria no significa que podáis matar a personas inocentes!
Su mandíbula se tensa.
—Ten cuidado con lo que dices.
—¿O qué? —lo desafío—. ¿Vas a matarme a mí también?
Sus ojos se endurecen.
—Te arrestaré. Así que te advierto que no sigas por ese camino.
Mi corazón da un golpe fuerte.
—¿Detenerme? —repito incrédula—. ¿Por decir la verdad?
—Por incitar disturbios.
—Hazlo.
La palabra sale antes de que pueda detenerla.
Sus ojos se oscurecen.
—No me pongas a prueba, enfermera.
— Vuelve a tu trabajo y deja de meterte donde no te llaman— añade con brusquedad
Aprieto los puños
— Y tú vuelve a tu guerra matando a personas inocentes
Sin decir nada más, Kael se aleja con los puños apretados, su silueta rígida bajo la luz parpadeante del hospital. Yo respiro hondo y vuelvo mi atención al soldado frente a mí
Con manos firmes pero cuidadosas, limpio cada corte, aplicó ungüento y coloco las vendas con precisión, intentando que el dolor sea lo menos intenso posible.
—Espero que te recuperes —digo con frialdad—.
Sin esperar respuesta, me incorporo y me muevo entre camillas y camillas, atendiendo a otros soldados, algunos conscientes, otros murmurando entre dolor y confusión.
Después de bastantes horas tratando a los soldados y demás heridos, mis músculos están rígidos, mis manos cubiertas de vendajes manchados de sangre seca. El pasillo, antes lleno de gritos y caos, ahora solo guarda un silencio pesado, interrumpido de vez en cuando por un gemido o un tosido.