DAHLIA
Llevo dos días encerrada, dos malditos días en los cuales no he salido y nose si mi artículo se publicó.
Nadie sabe que yo soy la que escribe esos artículos en los periódicos, y no soy la única. Hay muchas personas que me ayudan a hacerlo, yo escribo esos articulos como una persona anónima y los demás se encargan de publicarlo y hacerlo llegar fuera.
Nadie sabe que soy yo, y así debe seguir.
Si llega a enterarse alguien, estaría arruinada. Si los de Kryndor averiguan que yo, hija del comandante Cedric, escribe esos artículos, me matarían sin dudarlo.
— Iremos al hospital —dijo mi hermana al entrar.
No levanto la mirada. Sigo escribiendo.
— Bien… que os vaya bien —respondo sin mirarla.
Escucho sus pasos acercarse por detrás.
— ¿Qué estás escribiendo? —pregunta, asomándose por encima de mi hombro.
Rápidamente doblo el papel y lo guardo. Me giro hacia ella.
— A ti qué más te da. No seas cotilla.
Su expresión cambia apenas un segundo, entre molestia y curiosidad
—Como si me importara lo que escribes —murmura, apartándose un poco.
No respondo.
El silencio se queda entre nosotras, tenso e incómodo.
—En fin… —añade, encogiéndose de hombros—. Me voy.
Camina hacia la puerta y al salir cierra la puerta con llave
Suspiro y desdobló el papel y sigo escribiendo.
Escribo durante un rato y al mirar mi reloj me doy cuenta de que ya es de noche.
Guardo finalmente el papel y suspiro al darme cuenta de que mi madre todavía no a regresado.
— Genial… — digo frustrada sentandome en la cama —-.
Cierro los ojos durante un momento y entonces escucho un golpe.
Me quedo en silencio frunciendo el ceño y esta vez lo vuelvo a escuchar mas claro. Mas fuerte
Mi cuerpo se tensa.
Me quedo completamente inmóvil, conteniendo la respiración.
—¡Traidores!
La voz atraviesa las paredes.
El corazón me da un vuelco y me levanto de la cama.
—¡Sabemos que estáis dentro!
— ¡Sois unos traidores!
Una piedra estalla contra el cristal y suelto un grito dando otro paso atrás asustada
Me acerco rápidamente a la puerta para abrirla, pero no cede.
Maldigo entre dientes, la desesperación me sube por la garganta.
Corro hacia la ventana y, al asomarme, veo la multitud. Una masa de sombras moviéndose bajo la luz de las antorchas, lanzando piedras, gritando.
—¡Parad, por favor! ¿¡Qué estáis haciendo!? —grito, mi voz quebrándose entre la ira y el miedo.
Me alejo de la ventana y de repente, alguien lanza una antorcha directamente hacia la ventana.
—¡No! —grito, pero es demasiado tarde.
El fuego atraviesa el marco, tocando las cortinas. En segundos, las llamas empiezan a crecer, devorando todo a su paso.
Otra antorcha cae. Luego otra.
El humo entra en la habitación, denso, ardiente, quemando mis pulmones. Toso sin control, tratando de cubrirme la cara, pero las llamas se extienden rápidamente sin control.
El calor me golpea con fuerza. Mis manos tiemblan, los ojos me arden, y la habitación parece encogerse a mi alrededor.
Golpeó la puerta, desesperada.
—¡Abrid! ¡Por favor! —Mi voz se quiebra entre el humo y la desesperación.
Estoy atrapada.
Trato desesperada de abrir la puerta y entonces escucho la voz de mi madre desde afuera
—¡Dahlia! —mi madre grita, su tono lleno de miedo.
Intento acercarme a la puerta, golpearla con más fuerza, llamarlas, pero el humo me quema la garganta y me ciega.
Toso con fuerza y, sin fuerzas, caigo de rodillas.
Todo se vuelve negro.
Cuando abro los ojos me doy cuenta de que estoy en los brazos de alguien.
Parpadeo varias veces, tratando de enfocar, y entonces lo veo:
Kael.
Sus ojos recorren mi rostro con rapidez
Lo miró un instante y sin poder sostenerle la mirada cierro de nuevo los ojos.
Siento como el me agarra más fuerte y empieza a moverse hacia la salida
Finalmente el aire frio nos golpea cuando salimos por la puerta
—- Dahlia! — escucho gritar a mi madre desesperada —.
Abro nuevamente los ojos y siento como Kaell me deposita con cuidado en el suelo.
— ¿Estás bien? — Me pregunta apartando los mechones que me caen en la frente —.
Asiento con cuidado, aun temblando por el miedo y el cansancio.
El aire frío me hace toser varias veces, y mi garganta aún arde por el humo. Cada respiración se siente pesada, pero al menos estoy fuera.
Kael no dice nada más, solo asiente y se aleja un poco.
Mi madre corre hacia mí, y antes de que pueda reaccionar, me envuelve en un abrazo fuerte y tembloroso. Llorando sin parar
—¡Dahlia, mi niña! —solloza, apretándome contra su pecho—.
Intento devolverle el abrazo, aunque mis brazos tiemblan, todavía adoloridos.
—Mamá… estoy bien —susurro, casi sin voz, intentando calmarla—. Tranquila…
A mi lado, mi hermana se acerca, los ojos rojos por el llanto. Me toma de la mano y deja pequeños besos sobre ella, temblando.
—Pasé mucho miedo, hermana —susurra entre sollozos—.
—Está bien… tranquilas —digo, apretando suavemente su mano—. Estoy bien.
Pasan unos minutos en silencio, solo el crujir distante de las llamas y los murmullos de la multitud en la calle nos acompañan.
—- A partir de hoy, viviréis conmigo — dijo mi padre con firmeza —.
Dejo de abrazar a mi madre, y miro a mi padre incrédula
—- No viviremos contigo — dijo mi madre con firmeza —.
Mi padre suspira y se acerca a nosotras
—- Sigues siendo mi esposa y tu lugar es estar a mi lado. Y ahora tampoco tenéis casa — dijo tratando de hacer entrar en razón a mi madre —.
Mi madre cierra los ojos, respira hondo.
Miro a mi hermana y veo como le brillan los ojos de la ilusión
Finalmente, suspira y asiente lentamente.
—Está bien —dice—. Pero solo hasta que arreglen nuestra casa.