Amor en guerra

Capitulo 5

KAEL

—Bienvenidos a nuestra casa —dijo mi padre con firmeza, observándolos a todos con una leve sonrisa—. A partir de ahora, este también es su hogar.

Se hizo a un lado con elegancia, extendiendo el brazo hacia el interior.

—Pasen —añadió—. Permítanme darles la bienvenida como es debido a la familia.

Entraron uno a uno, con miradas curiosas recorriendo cada rincón.

—A partir de hoy, estaréis bajo el cuidado de Kryndor. Vayáis a donde vayáis, nuestros soldados os acompañarán. Y si necesitáis algo, no dudéis en avisarnos —añadió mi padre con autoridad.

Dahlia dio un paso al frente, cruzándose de brazos. Su mirada era fría, desafiante.

—No necesitamos nada de eso —respondió con brusquedad—. Sabemos cuidarnos solos.

Mi padre voltea a mirarla con calma.

—Aquí las cosas no funcionan así —replicó con calma, aunque su voz seguía siendo firme—. Mientras estéis bajo este techo, aceptaréis nuestras normas.

Sin esperar respuesta, desvió la mirada hacia mi madre.

—Querida —dijo con suavidad—, ¿podrías enseñarles sus habitaciones?

Mi madre asintió con una sonrisa amable.

—Por supuesto. Venid conmigo —indicó con delicadeza.

Alysa agarra del brazo a sus hijas y acompañan a mi madre hacía sus habitaciones.

— Comandante Draven, no tome en cuenta las palabras de mi hija Dahlia.

—Tiene carácter —murmuró Draven, cruzándose de brazos—. Pero ese tipo de orgullo… puede ser un problema.

—No se preocupe, trataré de hablar con ella —respondió Cedric sin emoción alguna—.

Mi padre se volteó hacia mí, clavando sus ojos en los míos.

—¿Empezaste ya a descubrir quién es el que escribe esos artículos?

—Estamos en ello. Pero nos costará algunos días más saberlo —respondí, manteniendo la calma.

Draven frunció el ceño levemente.

—No tenemos días —dijo con sequedad—. Esos artículos estan generando mas fuerza y confianza al pueblo de Eldoria. No podemos permitir eso

—Lo sé, pero quien sea que escribe esos artículos es cuidadoso. Y, por lo visto… creo que hay más de uno.

Mi padre chasquea la lengua, molesto.

—Eso complica las cosas.

Guarda silencio unos minutos.

—Está bien, tú ocúpate de este asunto —dijo mi padre con firmeza—. Cualquier información que tengas, me avisas inmediatamente.

Luego giró la mirada hacia Cedric, con esa autoridad que hacía que todos nos detuviéramos a observar.

—Usted, Comandante Cedric, acompañe a mi despacho —ordenó, con la voz tranquila pero imponente.

Cedric asintió sin palabras y se puso a su lado, caminando hacia el despacho de mi padre.

Justo en ese momento veo a Dahlia bajando las escaleras hacia la puerta.

Me acerco rápidamente hacia ella, agarrándole del brazo.

—¿A dónde crees que vas? —le preguntó con brusquedad.

Ella me mira con desdén

—¿A ti qué te importa? —responde, con la voz cargada de desafío—.

—No irás a ningún lado. No saldrás de aquí —le afirmo, apretando un poco más su brazo—.

Dahlia se suelta de mi agarre con fuerza

—¿Y eso quién lo decide? —exclama—. No me quedaré en esta casa.

—Entonces tendrás que hacerte a la idea —respondo, con voz firme —. Porque vivirás aquí.

Ella da un paso hacia mí, la furia en su mirada ardía como fuego.

—No vivire bajo el techo del pueblo enemigo —dijo tratando de sonar con calma—.

Me acerco un paso también, acortando la distancia entre nosotros.

—En tu corazón… solo hay odio. —digo, con voz firme y baja, como un filo cortante—.

Ella frunce el ceño, como si quisiera replicar, pero no logra sacar palabra.

—Un corazón sin amor… —continúo, dejando que mis palabras caigan como golpes—. Es una tierra infértil, una tierra yerma. Nada crece ahí. Nada florece.

Su respiración se acelera y sus manos se cierran en puños, temblando, pero no retrocede.

—Y dime… —mi voz se vuelve más fría, más cortante—. ¿Cómo un corazón que no sabe amar… puede amar a su patria?

El silencio que sigue es pesado, casi insoportable. La humillación la golpea como un látigo invisible.

—Respóndeme —insisto, acercándome un poco más—.

Nada. Ni un murmullo, ni un gesto.

Su silencio me provoca una ligera sonrisa, apenas perceptible.

—Bien… —susurro para mí mismo, dando un paso atrás—.

Sin más, abro la puerta y salgo de la casa, dejándola allí, parada en medio del pasillo, con los puños aún apretados y la respiración agitada.

Una satisfacción me recorre de pies a cabeza. Cada paso que doy hacia el exterior parece afirmarme en mi propia certeza.

Esa chica… es desafiante, testaruda. No se deja doblegar fácilmente, pero yo lograre acabar con esa testarudez.

Me dirijo hacia los soldados, reuniéndolos en el patio trasero. Sus miradas se fijan en mí, haciendo una pequeña reverencia.

—Necesitaré que cada uno de ustedes investigue sobre ese tipo anónimo que escribe los artículos —les digo con voz firme—. Investigaréis en cada casa, en cada lugar, y en cada restaurante. No dejaremos ningún rincón sin revisar

—Quiero nombres, pistas, cualquier indicio —continúo—. Y no importa cuán pequeño o insignificante parezca. Cada detalle cuenta.

Uno de los soldados da un paso al frente.

—Entendido, señor. ¿Tenemos algún punto de partida?

Asiento, apoyando una mano en la empuñadura de mi espada.

—Comenzaremos por los mercados. Luego pasaremos a las casas y los restaurantes. Quiero mapas, nombres, horarios… todo lo que encuentren.

Otro soldado pregunta con un leve temblor en la voz:

—¿Y si se resisten?

—No busquen pelea —respondo con frialdad—. Observad, recopilad y reportad. La fuerza será el último recurso.

Los soldados asienten, sin decir nada mas

—Bien —digo finalmente, levantando la mano—. ¡Dispersaos y comenzad!

Ellos se dispersan rápidamente, formando grupos y avanzando hacia distintos puntos del pueblo. Yo me quedo en el centro del patio, observando cómo cada uno toma su dirección.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.