DAHLIA
El aire frío me golpea el rostro en cuanto cruzó la puerta, menos mal que mi madre esta mañana se fue temprano al hospital y mi hermana no está en casa; así todo ha sido más fácil, sin preguntas, sin miradas, sin tener que dar explicaciones de a dónde voy.
Dobló la esquina de la plaza sin detenerme, hasta llegar al callejón estrecho que se esconde entre dos edificios viejos.
Nadie pasa por aquí
Perfecto.
Avanzo sin dudar, con los pasos más lentos ahora, más cuidadosos. La luz tenue al fondo ya está encendida.
Eso significa que han llegado antes que yo.
Empujo la puerta con suavidad y entro.
El murmullo de voces me recibe al instante.
—Pensábamos que no vendrías —dice una de ellas.
Dejo mi abrigo en una de las perchas sin apresurarme y me acerco a la mesa.
—Tenía que venir —murmuro, dejando caer una hoja frente a ellos.
Todos bajan la mirada al papel.
Uno de ellos lo toma entre sus manos y empieza a leer en voz baja. El silencio se vuelve denso, pesado.
—Dahlia… —empieza, pero niega con la cabeza—. No podemos hacer artículos ahora mismo.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué no? —pregunto, con una mezcla de confusión y molestia.
Se miran entre ellos, guardando silencio
—Dahlia… te están buscando —dice finalmente—. Están buscando por todas partes a quien escribe estos artículos.
El aire se queda atrapado en mis pulmones.
—¿Qué…? —susurro, casi sin voz.
—Han ido casa por casa —añade otro—. Preguntando, revisando… incluso han pasado por la imprenta.
Aprieto la mandíbula.
—No pueden saber que soy yo.
—No lo saben —responde—. Pero tarde o temprano lo descubrirán
—Esto ya no es un juego —dice otra voz, más seria—. Si te descubren… no solo tu pagarías el precio, si no todos nosotros
Guardo durante unos minutos silencio, procesando sus palabras y entonces me enderezo de nuevo mirándolos con firmeza.
—Está bien… —suspiro—. Tendremos más cuidado a partir de ahora.
Sus miradas no se suavizan.
—Pero no vamos a dejar de escribir los artículos.
El silencio cae de nuevo, más pesado que antes.
—Y si nos descubren… —añado, bajando ligeramente la voz— seré la única que pague el precio. Vosotros os iréis.
—No —responde alguien al instante.
—Ni hablar —dice otro, negando con la cabeza—. No vamos a dejarte sola en esto.
Aprieto los labios.
—Esto empezó por mí —insisto—. Fui yo quien empezó a escribir, yo soy quien decidió seguir, no voy a arrastraros conmigo si sale mal.
—Ya estamos dentro, Dahlia —dice una de ellas, clavando los ojos en mí—. No puedes decidir eso por nosotros.
Los miro y siento como la culpa y el miedo se mezclan dentro de mi.
Si nos descubren los arrastrare a todos conmigo… No puedo hacerlo, no puedo condenarlos así…
Sin decir nada más, solo asiento y vuelvo a tomar la hoja, guardándola de nuevo.
—Entonces tendremos que ser más listos —murmuró al final, casi para mí misma.
Alzó la mirada.
—Nada de rutinas. Cambiaremos los lugares, los horarios… y nadie vendrá solo.
—¿Y los artículos? —pregunta uno de ellos.
Dudo apenas un segundo.
—Los seguiremos escribiendo… pero no aquí.
Un leve murmullo recorre la sala.
—Es demasiado arriesgado —añade otra voz—. Si ya están registrando sitios…
—Precisamente por eso —interrumpo—. Si esperan encontrarnos aquí, no lo harán.
Abro la boca para hablar de nuevo pero un golpe seco rompe la puerta.
Enseguida un grupo de soldados entran con armas en sus manos, entre ellos logró distinguir a Kael
Mis compañeros rápidamente se levantan dando pasos hacia atrás, alarmados.
—¿Qué demonios estáis haciendo? —gritó con furia, adelantándome un paso y plantándome frente a ellos—. ¡Bajad las armas!
Kael avanza entre los suyos sin dudar, ignorando al resto de la sala. Sus ojos se clavan en los míos.
—¿Qué haces aquí? —su voz es baja, tensa.
Suelto una risa corta, sin humor, llena de rabia.
—¿Que qué hago yo aquí? —repito, incrédula—. ¿Qué haces tú aquí? ¿Quién te ha dado derecho a entrar así?
Un silencio pesado cae entre nosotros.
Kael aprieta la mandíbula.
—Estoy cumpliendo una orden —responde tenso—. Y ahora aparta.
Da otro paso hacia mí.
Pero no me muevo.
—¿Orden de qué? —escupo, sin bajar el tono—. ¿De entrar rompiendo puertas y apuntando a gente que no ha hecho nada?
Detrás de él, los soldados se dispersan por la sala, asegurando el perímetro.
El aire se vuelve más pesado en cuanto Kael da otro paso.
Su voz baja, peligrosa, llena de una paciencia que ya se está rompiendo.
—Dahlia… no me obligues a usar la fuerza contigo. Muévete de una puta vez.
Trago saliva, pero no retrocedo.
—¿La fuerza? —repito, con incredulidad, forzando una sonrisa tensa—. ¿Así es como solucionas todo ahora?
—No estoy aquí para discutir contigo.
—Pues ya has empezado tarde.
Kael exhala por la nariz, como si estuviera conteniéndose desde hace demasiado tiempo. Da un paso más cerca.
—Se acabó.
Antes de que pueda reaccionar, su mano baja con rapidez agarrandome con fuerza la muñeca.
—Kael, suéltame —espeto, tirando de mí hacia atrás.
—No —responde seco.
Intento zafarme, pero su agarre no cede. En un movimiento rápido me gira el brazo hacia mi espalda, inmovilizándome.
El aire se me corta de golpe.
—¡¿Qué estás haciendo?! —grito, forcejeando.
—Quedas bajo arresto por obstrucción, resistencia a la autoridad y conspiración contra el protocolo de seguridad.
Las palabras me atraviesan como si fueran irreales.
—¿Conspiración? —repito, incrédula—. ¡Estás loco! ¡Kael suéltame!
Intento girarme, pero él me retiene con más fuerza
—No hagas esto peor —advierte en voz baja.
—¡Ya lo es! —le suelto, con la respiración agitada.