KAEL
Esta mañana mi padre me ordenó acabar con los patriotas de Eldoria.
Lo dijo sin levantar la voz, como si estuviera pidiendo algo insignificante. Como si no estuviera hablando de hombres, de vidas, de todo lo que vendría después.
Por lo visto, anoche quisieron intentar secuestrar a los nuestros. No lo lograron.
Pero igualmente ahora mi padre quiere acabar con ellos, con todos, sin ninguna excepcion.
Y yo sin poder hacer nada por impedirlo, o retractarme tengo que hacerlo.
Las órdenes de los comandantes no pueden simplemente no cumplirse, eso aquí, en Kryndor no existe.
La desobediencia no existe.
Aprieto las riendas con fuerza, sintiendo cómo el cuero se clava en mis manos.
—¿Cuál es nuestro destino, comandante? —pregunto sin apartar la vista del horizonte.
Cedric no tarda en responder.
—Yo sé nuestro destino… ¿no confía en mí? —dice con firmeza, casi sin mirarme.
Una sonrisa amarga se me escapa.
—Mi padre confía en usted.
—¿Y tú no confías en mí, comandante Kael?
Ahora sí gira el rostro, mirándome
Sostengo unos segundos el silencio antes de responder.
—Que usted habite en nuestras tierras… siendo de Eldoria —digo despacio— me parece un tanto difícil de creer.
El se queda en silencio durante unos minutos
—Eso fue hace años —responde—. Dejé de ser uno de ellos en el momento en que crucé la frontera.
—No se deja de ser algo así sin más —replico—. No se borra de la sangre.
Sus dedos se tensan apenas sobre las riendas.
—La sangre no decide quién eres. Tus actos sí.
Me inclino ligeramente hacia él.
—Usted no ha dejado Eldoria. Solo ha cambiado de bandera.
El silencio vuelve, más pesado que antes
—Nos acercamos —dice finalmente, cortando la conversación.
El terreno se abre ante nosotros: un valle estrecho, flanqueado por colinas rocosas.
—Demasiado silencioso —murmuro.
Levantó la mano.
—Dividíos en dos grupos. Rodead por la colina oeste y esperad mi señal.
Los soldados obedecen al instante.
Seguimos avanzando ambos con cuidado, observando todo a nuestro alrededor.
Frunzo el ceño, alerta y entonces un disparo rompe el silencio.
Mi caballo se encabrita violentamente y tengo que sujetarme con fuerza para no caer. Otro disparo impacta contra la roca a nuestra derecha.
—¡Emboscada! —grita Cedric.
Sombras que hace un segundo no estaban aparecen entre las rocas y detrás de los árboles, con las pistolas y los rifles en alto.
—¡Cubríos! — gritó con firmeza
Salto del caballo y me lanzo tras un arbol, el corazón golpeándome en el pecho. El aire se llena de disparos, gritos y ecos que rebotan por todo el valle.
—¡Ahora! —lanzó la señal.
Desde el flanco, nuestros soldados responden, disparando desde la colina oeste. Pero ya no tenemos la ventaja.
La hemos perdido desde el principio.
—Nos han rodeado —digo, asomándome lo justo para disparar—. Sabían que vendríamos.
Oigo a Cedric maldecir, y vuelvo detrás del árbol mientras sigo disparando.
—¡Kael! —
Asomo lo justo y lo veo unos metros más abajo, cubierto tras una roca, con dos hombres avanzando hacia su posición. Está atrapado.
Maldigo entre dientes.
Corro hacia el, esquivando varias balas
Llegó hasta Cedric y me lanzó a su lado, chocando contra la roca.
—Llegas en el peor momento —dice, sin dejar de disparar.
—Como siempre —respondo, recargando.
Me asomo y disparo dos veces. Uno de ellos cae.
Pero no es suficiente.
—Nos tienen fijados —dice Cedric—. Si no salimos de aquí—
No termina la frase.
Un golpe seco me atraviesa el costado, como si me hubieran golpeado con un martillo al rojo vivo.
Maldigo llevándome la mano al lado.
—Comandante —la voz de Cedric suena más cerca, más tensa.
Intento respirar, pero el aire no entra bien. Cada inhalación es un tirón brutal en el pecho.
—No… —gruño, apretando los dientes—. No es nada.
Cedric me agarra del uniforme y me arrastra hacia atrás, pegándome más a la roca.
—Eso no es “nada”, maldita sea.
Otro disparo impacta justo donde estaba mi cabeza un segundo antes.
Cada vez nos acorralan más.
—Tenemos que movernos —dice Cedric, mirando alrededor—. Si nos quedamos aquí, estamos muertos.
No le contesto.
Me obligo a no dejarme llevar por el dolor, tratando de incorporarme pero vuelvo a caer contra la roca
— Trata de irte tú, ve y busca refuerzos
Cedric me mira fijamente
—- Estaras bien?
—Trata de irte tú —murmuro, apretando los dientes—. Ve y busca refuerzos.
Cedric me mira fijamente. No duda. No parpadea.
—¿Estarás bien?
—Lo estaré.
Cedric mira alrededor, calculando rápido.
—No te muevas —dice al fin.
Desgarra parte de su propia tela y la presiona contra mi costado y me arrastra con fuerza hacia un hueco entre las rocas, una hendidura estrecha.
Luego se incorpora.
No espera respuesta, se gira y sale corriendo.
Lo veo desaparecer entre el humo y los disparos, esquivando varias balas, alejándose del valle en dirección contraria a la emboscada.
Cierro los ojos un instante, intentando soportar el dolor, pero la sangre sigue escapándose de la herida, cada vez más rápido.
La vista se me nubla poco a poco, los sonidos se alejan y el mundo comienza a desdibujarse hasta quedar reducido a una sola cosa: oscuridad.