Amor en juego

Capítulo 3 - El hombre de la nube negra

Después del accidente de la lámpara, nada volvió a sentirse igual.

No fue grave. Nadie salió herido. La empresa continuó funcionando como si nada hubiera pasado, como si una estructura cayendo del techo fuera apenas una anécdota más en un edificio lleno de cables, pantallas y distracciones. Pero para mí, algo se había desplazado. Como si una pieza invisible del rompecabezas hubiera encajado demasiado bien.

Caleb no dijo una palabra.

Trabajó el resto de la tarde con una concentración casi obsesiva, escribiendo código a una velocidad que me resultaba inhumana. Sus dedos se movían con precisión mecánica, como si programar fuera lo único que lo mantenía a salvo de algo más.

Yo intenté seguir escribiendo, pero las palabras se me quedaban atascadas.

—La escena del colapso —dije al fin—. Fue exactamente igual.

Caleb no levantó la vista.

—Las coincidencias existen.

—¿Siempre tan oportunas?

Silencio.

Lo observé con más atención. La forma en que apretaba la mandíbula. El leve temblor en su pierna. No parecía sorprendido. Parecía… cansado.

—¿Te pasa seguido? —pregunté con cuidado—. Que las cosas que imaginás… se parezcan tanto a la realidad.

Esta vez sí me miró.

Sus ojos claros tenían algo distinto. No dureza. No ironía. Algo más frágil. Algo que no esperaba compartir.

—No empieces —dijo—.

—No estoy juzgándote.

—Eso es exactamente lo que estás haciendo.

Me recliné en la silla, levantando las manos en señal de rendición.

—Soy escritora —respondí—. Si algo raro ocurre, mi trabajo es hacer preguntas.

—Entonces escribí esto —replicó—: no hay nada especial en mí. Solo soy bueno imaginando desgracias.

Algo en su voz se quebró apenas. Lo suficiente para que yo lo notara.

No insistí.

Esa noche nos pidieron quedarnos más tiempo. El cronograma ya estaba retrasado y la presión comenzaba a sentirse como una presencia física en la sala. Afuera, el cielo se oscurecía lentamente, y la ventana reflejaba nuestro cansancio multiplicado.

—Podemos seguir mañana —sugerí—. No vamos a rendir así.

—Yo sí —dijo Caleb—. Dormir no cambia nada.

—Todo cambia con sueño —repliqué—. Incluso las tragedias.

Esbozó una sonrisa mínima. La primera que le vi.

—Eso decís porque todavía creés que las cosas pueden mejorar.

No supe qué responder.

Seguimos trabajando hasta que el edificio quedó casi vacío. El silencio era espeso, interrumpido solo por el zumbido de las computadoras y el tecleo constante. A cierta hora, el cansancio empezó a borrarme los filtros.

—¿Por qué aceptaste este proyecto? —le pregunté sin pensarlo.

Caleb dudó.

—Porque soy bueno en esto.

—No es suficiente.

—Lo es cuando no sos bueno en nada más.

Esa respuesta me dolió de una manera extraña, como si hablara de mí también.

—Yo acepté porque necesitaba probarme que no me había equivocado —confesé—. Que no desperdicié años de mi vida.

Caleb me miró largo rato.

—La gente que se equivoca no duda tanto —dijo—. Los que dudamos… somos los que todavía esperamos algo.

Esa frase se me quedó clavada.

La noche avanzó y, con ella, algo empezó a cambiar entre nosotros. No fue cercanía. Fue reconocimiento. Como si estuviéramos viéndonos por primera vez sin la armadura.

Fue entonces cuando ocurrió el segundo incidente.

Un mensaje llegó a mi celular. Un aviso del banco. Un cobro duplicado. Luego otro. Y otro más. El saldo bajando en tiempo real.

—No puede ser… —murmuré.

—¿Qué pasó? —preguntó Caleb.

—Me cobraron tres veces el alquiler.

Se levantó de inmediato, tenso.

—¿Cuándo lo mencionaste?

—¿Qué cosa?

—El problema económico —insistió—. ¿Cuándo lo pensaste?

—Hace un rato… cuando hablábamos de errores —respondí, confundida.

Caleb se pasó una mano por el cabello rubio, respirando hondo.

—Ellie… —dijo, usando mi apodo por primera vez—. Necesito que me escuches.

El modo en que pronunció mi nombre me erizó la piel.

—Las cosas malas pasan —continuó—. Todo el tiempo. Pero cuando estoy cerca… parecen alinearse.

—Eso es absurdo.

—Lo sé. Por eso no hablo de ello.

—¿Creés que sos responsable?

—No —respondió rápido—. Pero tampoco soy inocente.

El silencio volvió a caer entre nosotros, pesado.

—¿Por eso estás solo? —pregunté en voz baja.

No me miró.

—Estoy solo porque la gente termina lastimada —dijo—. Y porque aprendí que imaginar finales felices es una forma elegante de sufrir dos veces.

Algo se rompió dentro de mí en ese instante.

Me levanté despacio y me acerqué a él, sin tocarlo.

—Yo no creo que seas una maldición —dije—. Creo que sos alguien que ha perdido demasiado.

Caleb cerró los ojos.

Por primera vez, la nube negra que parecía rodearlo se sintió real. No como un poder. Como un duelo mal cicatrizado.

—No me mires así —susurró—. No quiero que te hagas una idea equivocada.

—Tal vez ya la tengo —respondí—. Y no es mala.

Cuando finalmente salimos del edificio, la noche estaba fría y silenciosa. Caminamos juntos hasta la puerta sin decir nada más. Antes de separarnos, Caleb se detuvo.

—Si algo malo te pasa —dijo—, decime.

—¿Para qué?

—Para irme.

Lo miré, sorprendida.

—No —respondí con firmeza—. No voy a tratarte como si fueras peligroso.

Sus ojos se encontraron con los míos. Vulnerables. Asustados.

—Eso es lo que más miedo me da —admitió.

Mientras lo veía alejarse, entendí algo que me heló la sangre y me aceleró el corazón al mismo tiempo:

No estaba trabajando con mi némesis.
Estaba trabajando con alguien que llevaba el desastre tatuado en el alma.

Y aun así…
yo ya no quería mantener distancia.




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