Amor en juego

Capítulo 4 - Tres semanas. Sin excusas

El confinamiento comenzó oficialmente un lunes a las ocho de la mañana.

Tres semanas.
Veintiún días.
Quinientas cuatro horas encerrados en el mismo espacio, escribiendo una historia que parecía empeñada en imitarnos.

La empresa había preparado todo con una eficiencia casi militar. Nos asignaron una sala exclusiva —más grande que la anterior—, con escritorios enfrentados, una pizarra nueva, una pequeña cocina y un sofá que parecía pensado para noches largas y cuerpos rendidos. Incluso había una habitación contigua con dos camas individuales “por si el proyecto lo requería”.

Lo requería.

—Esto es ridículo —murmuré al cerrar la puerta detrás de mí—. Parece un experimento social.

Caleb dejó su mochila en el suelo sin responder. Vestía de negro, como siempre, con una sudadera holgada y el cabello rubio ligeramente despeinado. Parecía alguien que ya había aceptado el encierro mucho antes de que se lo impusieran.

—No tenemos opción —dijo finalmente—. Si salimos del cronograma, el juego se cancela.

—Y con él, mi carrera recién nacida —agregué.

—Y la mía —replicó—. Aunque no lo parezca.

Eso me hizo mirarlo.

Caleb no solía hablar de sí mismo en términos tan humanos. Siempre se colocaba un paso atrás, como si su presencia fuera prescindible. Como si el éxito de sus juegos no le perteneciera del todo.

Encendimos las computadoras. El sonido simultáneo me recordó a una cuenta regresiva.

—Necesitamos dividir tareas —dije, intentando sonar profesional—. Arco principal, secundarios, decisiones clave, ramificaciones…

—Ya lo hice —respondió él, girando la pantalla hacia mí.

Todo estaba esquematizado con una precisión inquietante. Personajes numerados. Eventos trágicos marcados en rojo. Finales posibles, ninguno completamente bueno.

—¿Nunca dejás espacio para la esperanza? —pregunté.

—La esperanza es una variable —dijo—. Inestable.

—La gente vive de eso.

—La gente sobrevive a pesar de eso.

Chocamos miradas.

—Este juego no puede ser solo sufrimiento —insistí—. Tiene que haber una razón para avanzar.

—La hay —respondió—. Descubrir cuánto estás dispuesto a perder.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Trabajamos horas sin darnos cuenta del paso del tiempo. A pesar de nuestras diferencias, el flujo creativo era brutal. Yo escribía diálogos cargados de emociones contenidas; él los traducía en mecánicas que castigaban cada elección. Nos interrumpíamos. Discutíamos. Nos corregíamos.

Y funcionaba.

Demasiado bien.

—Esto —dije señalando una escena—. Si el jugador elige salvar a este personaje, pierde al otro.

—Exacto.

—Pero duele más si primero se encariña.

Caleb me observó en silencio.

—Sos cruel —comentó.

—Soy honesta.

Algo parecido a una sonrisa cruzó su rostro.

A media tarde, el cansancio empezó a pasar factura. Me levanté a buscar café y, apenas di dos pasos, tropecé con una caja mal ubicada. El café salió disparado y cayó directo sobre mis apuntes.

—¡Genial! —exclamé—. Perfecto. Justo hoy.

Caleb se levantó de inmediato.

—¿Te quemaste?

—No… solo arruiné medio día de trabajo.

Se acercó demasiado rápido, demasiado cerca. Tomó las hojas con cuidado, como si fueran frágiles.

—Puedo recuperar esto —dijo—. Lo digitalizaste.

—No todo —respondí, frustrada—. Algunas notas las escribo a mano porque… no sé. Me ayudan a pensar.

Caleb bajó la mirada.

—Perdón.

—No fue tu culpa.

—Siempre lo es —murmuró.

Lo miré con atención. Había tensión en cada gesto suyo, como si esperara que algo más saliera mal. Como si el desastre fuera una certeza y no una posibilidad.

—Caleb —dije suavemente—. No pasó nada grave.

—Todavía.

Ese “todavía” quedó flotando entre nosotros.

La noche nos encontró agotados. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, indiferente a nuestro encierro. Adentro, el aire se había vuelto más denso. Más íntimo.

—Deberíamos descansar —propuse—. Mañana no vamos a servir si seguimos así.

—Cinco minutos más.

—Dijiste eso hace una hora.

—Y tenía razón —respondió sin levantar la vista.

Suspiré, pero me senté en el sofá con la notebook. El silencio se instaló cómodo, distinto al de los primeros días. No incómodo. Cargado.

—Ellie —dijo de pronto.

—¿Sí?

—Si esto sale mal… —dudó—. No quiero que pienses que fue porque no sos suficiente.

Mi pecho se apretó.

—No pienso eso.

—Yo sí pienso eso de mí —admitió.

Cerré la notebook y lo miré.

—No sos una nube negra —le dije—. Sos alguien que aprendió a esperar lo peor para no romperse cuando llega.

Caleb se quedó quieto. Vulnerable. Humano.

—No te acerques demasiado —susurró—. No quiero arrastrarte conmigo.

—Tal vez no me estés arrastrando —respondí—. Tal vez solo estamos caminando juntos.

Nuestros ojos se encontraron. Por un segundo, todo lo demás desapareció: el proyecto, el tiempo, el miedo.

Y entonces, como si el universo necesitara recordarnos dónde estábamos, se cortó la luz.

La sala quedó a oscuras.

—¿Ves? —dijo Caleb en la penumbra—. Siempre pasa algo.

Mi corazón latía desbocado.

—O tal vez —respondí— pasa porque estamos vivos.

No sabía si hablaba del apagón…
o de nosotros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.