Amor en juego

Capítulo 5 - El primer desastre compartido

La oscuridad no fue inmediata.

Primero, el zumbido de las computadoras se extinguió como un suspiro cansado. Luego, el silencio. Finalmente, la negrura absoluta, densa, inesperada. La ciudad entera pareció contener la respiración.

—Genial —murmuró Caleb—. Justo ahora.

—Respirá —dije, levantándome del sofá—. Es solo un corte de luz.

—Nunca es solo eso.

Su voz no era irónica. Era tensa. Casi asustada.

Busqué mi celular a tientas y encendí la linterna. El haz de luz iluminó la sala de forma irregular: los escritorios enfrentados, la pizarra a medio llenar, el sofá desordenado. Todo parecía igual… y, al mismo tiempo, completamente distinto.

—Hay generador —dije—. No debería tardar mucho.

Caleb estaba de pie junto a la ventana, mirando la ciudad apagada. La luz de mi celular apenas delineaba su perfil: la mandíbula rígida, el ceño fruncido, los hombros tensos como si esperara un impacto.

—No debería —repitió—. Pero siempre tarda.

Me acerqué despacio.

—¿Querés sentarte?

—No.

—Caleb…

—Ellie, por favor —dijo, sin mirarme—. Dame un segundo.

Me detuve. Algo en su postura me indicó que no era el apagón lo que lo alteraba, sino lo que representaba. La confirmación de una teoría que llevaba años construyendo en silencio.

El generador no arrancó.

Pasaron cinco minutos. Diez.

Mi celular vibró: corte masivo en la zona. Tiempo estimado de restitución: indeterminado.

—Bueno —dije, intentando sonar tranquila—. Parece que estamos oficialmente atrapados.

Caleb soltó una risa breve, sin humor.

—Siempre lo estamos.

—No digas eso.

—Es verdad.

La batería del celular comenzó a preocuparme. Apagué la linterna y dejé el teléfono boca arriba sobre la mesa, usando la pantalla como única fuente de luz. La penumbra volvió todo más íntimo. Más real.

—Vení —le dije—. No tiene sentido que estés ahí parado.

Caleb dudó unos segundos, pero finalmente se acercó y se sentó en el sofá, dejando una distancia prudente entre nosotros. Demasiada, considerando el espacio reducido.

—¿Te pasó algo durante un apagón? —pregunté en voz baja.

No respondió de inmediato.

—El día que murió mi padre —dijo al fin— se cortó la luz.

Mi pecho se contrajo.

—Caleb…

—No lo provoqué —agregó rápido—. No pensé nada. No imaginé nada. Pero igual pasó.

—Eso no significa que tenga que ver con vos.

—Eso es lo que todos dicen —respondió—. Hasta que empiezan a sumar coincidencias.

Guardé silencio. No quería discutir su dolor. Solo acompañarlo.

—¿Y tu madre? —pregunté con cuidado.

—Se fue —dijo—. No soportaba vivir en una casa llena de recuerdos… ni conmigo.

Esa confesión quedó suspendida entre nosotros, frágil como vidrio.

Me acerqué un poco más. Él no se movió.

—Yo también perdí cosas —dije—. No personas… pero sueños. Versiones de mí que creía seguras.

—No es lo mismo.

—No —admití—. Pero el vacío se parece.

Caleb bajó la mirada. Sus manos estaban entrelazadas con fuerza, los nudillos blancos.

—Tengo miedo de acostumbrarme a esto —confesó—. A que estés acá. A que no pase nada malo.

—¿Por qué?

—Porque cuando algo bueno se siente real… la caída duele más.

Mi corazón latía con fuerza.

—No tenés que protegerme de vos —le dije—. Yo elijo estar acá.

—Eso es lo que me asusta.

Un ruido seco nos hizo sobresaltar. Algo cayó en la cocina contigua. Mi celular vibró al mismo tiempo, como si el universo se burlara de nosotros.

—Tranquila —dijo Caleb, levantándose—. Voy a ver.

—No —respondí, agarrándolo del brazo sin pensar.

El contacto fue eléctrico.

Se giró hacia mí. Estábamos demasiado cerca. Pude verle las pecas suaves sobre la nariz, el cansancio acumulado en los ojos claros, la grieta invisible por donde se escapaba todo lo que sentía.

—Ellie… —susurró.

—No vayas solo.

Asintió. Caminamos juntos hacia la cocina. Una taza había caído del estante, hecha trizas en el suelo.

—Nada grave —dije, soltando el aire.

—Todavía —repitió él.

Me agaché para juntar los pedazos, pero Caleb me detuvo.

—No —dijo—. Te podés cortar.

—Siempre estás esperando lo peor.

—Porque suele llegar.

Lo miré. De verdad lo miré.

—Y aun así —dije— seguís creando cosas hermosas.

Sus labios se entreabrieron, sorprendido.

—No me digas eso.

—Es verdad —insistí—. Tus juegos duelen porque son honestos. Porque vienen de alguien que sobrevivió.

El silencio se volvió espeso. Intenso.

—Ellie… —dijo, con la voz baja—. Si me quedo cerca… voy a querer cosas que no puedo permitirme.

—Tal vez no tengas que permitírtelas —respondí—. Tal vez solo tengas que sentirlas.

La luz volvió de golpe.

El generador finalmente arrancó, inundando la sala con claridad artificial. El momento se rompió, pero algo ya había cambiado. Irreversiblemente.

Nos separamos despacio, como si el espacio entre nosotros fuera una herida recién abierta.

—Deberíamos… —empezó Caleb.

—Sí —dije—. Deberíamos.

No terminamos la frase.

Esa noche dormimos en habitaciones separadas.
Pero por primera vez desde que comenzó el proyecto, ninguno de los dos descansó.

Porque el verdadero desastre ya no era el apagón.
Era la certeza de que algo estaba naciendo…
y que ninguno sabía cómo detenerlo.




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