El día siguiente comenzó sin palabras.
No fue un silencio incómodo. Fue uno cargado. Cada movimiento, cada roce accidental, cada respiración compartida parecía decir lo que ninguno se animaba a pronunciar. La luz de la mañana entraba por la ventana como si nada hubiera pasado la noche anterior, y eso me resultó casi ofensivo.
Yo sí había cambiado.
Caleb estaba sentado frente a su computadora, concentrado, con el ceño fruncido y una taza de café intacta a su lado. Vestía una camiseta gris clara que dejaba ver sus antebrazos tensos, las venas marcadas por la presión constante. Parecía tranquilo, pero no lo estaba. Lo sentía.
—Tenemos que avanzar —dijo sin mirarme—. El segundo arco está retrasado.
—Lo sé —respondí, acomodando mis papeles—. Estuve pensando en el personaje principal.
—Siempre estás pensando —murmuró.
—Es mi trabajo.
No sonrió.
Empezamos a trabajar de nuevo, pero algo era distinto. Cada escena trágica que escribíamos se sentía demasiado cercana. Cada pérdida ficticia resonaba con fuerza real. Yo ya no podía separar del todo la historia del hombre que tenía enfrente.
—Esta escena no funciona —dije señalando la pantalla—. Es cruel sin propósito.
—El propósito es mostrar que no todo tiene sentido —replicó.
—Eso es nihilismo barato.
Caleb alzó la vista, molesto.
—¿Y qué proponés? ¿Un milagro de último momento?
—Propongo humanidad —respondí—. Que el dolor tenga peso. Que duela porque importa.
—El dolor siempre importa —dijo él—. Incluso cuando nadie lo mira.
—No cuando se repite sin pausa.
Se levantó de golpe.
—¿Querés que te diga la verdad? —dijo, caminando por la sala—. Es más fácil escribir tragedias que creer en algo bueno.
—Porque creer duele más —respondí.
Se detuvo.
—Exacto.
Nos miramos largo rato. Había rabia. Había miedo. Había algo más, algo que no sabíamos dónde colocar.
—No puedo escribir esto con vos —dijo finalmente—. No así.
—¿Así cómo?
—Así… sintiendo.
Mi corazón dio un vuelco.
—Entonces no escribas —respondí—. Vivilo.
El silencio que siguió fue peligroso.
Caleb se pasó una mano por el cabello, respirando hondo.
—Ellie, no entiendes lo que estás pidiendo.
—Lo entiendo perfectamente —dije, acercándome—. Lo que no entiendo es por qué te castigás tanto.
—Porque si me equivoco, el daño es real.
—Siempre es real —susurré—. La diferencia es si estás solo o no.
Estábamos demasiado cerca. Sentía el calor de su cuerpo, el pulso acelerado, la tensión contenida. Su mirada bajó a mis labios. La mía no se movió de sus ojos.
—No hagas esto —pidió—. No conmigo.
—No estoy haciendo nada —respondí—. Solo estoy acá.
Eso fue suficiente.
Caleb dio un paso atrás abruptamente.
—Tenemos que concentrarnos —dijo, volviendo a su escritorio—. El juego no se va a escribir solo.
—Ni la vida —murmuré.
Trabajamos en silencio durante horas. El deseo no desapareció; se transformó en algo más peligroso: negación.
A media tarde, recibí un llamado. El tono insistente del celular rompió el clima tenso.
—¿Sí? —respondí.
La voz del otro lado me heló la sangre.
—Ellie, soy la propietaria del departamento. Tenemos un problema con la cañería. Vas a tener que desalojar unos días.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Hoy, si es posible.
Colgué despacio.
—¿Qué pasó? —preguntó Caleb.
—Mi casa —dije—. Otra vez.
No hizo falta explicar más.
Caleb cerró los ojos.
—Lo siento.
—No digas eso —respondí, cansada—. No es tu culpa.
—Nunca lo es —murmuró—. Hasta que lo es.
Me senté en el sofá, derrotada.
—No tengo dónde ir —confesé—. Y no puedo perder este trabajo.
Caleb dudó. Lo vi luchar consigo mismo.
—Podés quedarte acá —dijo finalmente—. En la habitación libre. Es temporal.
Lo miré, sorprendida.
—¿Estás seguro?
—No —respondió—. Pero es lo correcto.
Mi pecho se llenó de algo parecido a gratitud… y miedo.
—Gracias.
Esa noche, el confinamiento dejó de ser profesional.
Dormir bajo el mismo techo, compartir silencios largos, saber que él estaba al otro lado de una pared delgada cambió todo. Me acosté con los ojos abiertos, escuchando cada sonido, cada paso lejano.
Porque escribir tragedias era una cosa.
Pero vivir una…
y enamorarse en el proceso…
era otra muy distinta.