Dormí poco.
Soñé peor.
Soñé con pantallas que se rompían, con historias que se escribían solas y con Caleb mirándome desde lejos, como si supiera algo que yo todavía no. Cuando desperté, el sol apenas se filtraba por la ventana de la habitación improvisada. El silencio del edificio era extraño a esa hora, casi reverencial.
Me levanté despacio, tratando de no pensar en el hecho de que él estaba a pocos metros de distancia.
La cocina estaba en penumbras. Caleb ya estaba ahí, apoyado contra la mesada, con una taza de café entre las manos. Tenía el cabello revuelto, ojeras más marcadas que de costumbre y esa expresión ausente de quien no durmió nada.
—Buenos días —dije.
—¿Dormiste? —preguntó.
—Un poco.
Mintió con la cabeza.
—Yo tampoco.
Nos quedamos en silencio. No era incómodo. Era expectante.
—Caleb —dije finalmente—. Necesito entender algo.
—No —respondió de inmediato.
—Ni siquiera sabés qué voy a preguntar.
—Sí —dijo—. Vas a preguntarme por qué pasan cosas malas cuando estoy cerca.
Lo miré fijo.
—¿Y vas a decirme que son coincidencias?
—Voy a decirte que no importa.
—Para mí sí.
Caleb apoyó la taza con cuidado excesivo.
—No quiero que armes teorías —dijo—. No quiero que me mires como si fuera… distinto.
—Ya sos distinto —respondí—. Eso no es malo.
—Lo es cuando todo lo que toco se rompe.
Respiré hondo.
—Escuchame —dije—. Sos programador. Vivís de patrones, de lógica, de probabilidades. Sabés mejor que nadie que el cerebro humano busca conexiones incluso donde no las hay.
—Eso no explica por qué siempre estoy ahí cuando algo sale mal.
—Tal vez porque estás siempre esperando que salga mal —repliqué—. La expectativa también moldea la experiencia.
Caleb me observó con atención.
—¿Creés que lo provoco?
—Creo que lo atraés —dije—. Pero no por magia. Por miedo.
El silencio se volvió denso.
—Mi padre decía que pensar en desgracias era llamarlas —murmuró Caleb—. El día que murió, lo había imaginado todo el camino a casa.
Mi corazón se encogió.
—Eso no te hace culpable.
—Lo sé —dijo—. Pero no lo siento así.
Me acerqué despacio, sin invadir su espacio.
—La mala suerte no es un superpoder —continué—. Es una historia que te contaste para sobrevivir.
Caleb apretó la mandíbula.
—¿Y si te equivocas?
—Entonces me equivoco —respondí—. Pero prefiero creer eso a vivir huyendo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No tenés miedo.
—Claro que tengo —admití—. Pero no de vos.
Algo cambió en su expresión. Como si una defensa se resquebrajara.
Volvimos al trabajo, pero ya no de la misma manera. Cada escena que escribíamos ahora tenía una capa más profunda. Hablábamos de culpa, de destino, de decisiones tomadas desde el miedo. El juego empezó a parecerse demasiado a Caleb… y a mí.
—Este personaje —dijo él señalando la pantalla—. Cree que está condenado.
—Y por eso se aísla —agregué—. Para no arrastrar a nadie.
—Exacto.
—Pero el jugador puede elegir acercarse igual —dije—. Aun sabiendo que puede perder.
Caleb se quedó quieto.
—Eso cambia todo.
—No —respondí—. Solo cambia la forma de perder.
La tarde avanzó sin incidentes. Nada se rompió. Nadie cayó. Nadie perdió nada.
—¿Ves? —dije, medio en broma—. Un día entero sin desastres.
—Todavía no terminó —murmuró.
—Tenés que dejar de decir eso.
—No es tan fácil.
Al caer la noche, me animé a decir algo que llevaba horas dando vueltas en mi cabeza.
—¿Por qué me dejaste quedarme acá?
Caleb dudó.
—Porque no quería que estuvieras sola.
—Eso no encaja con tu teoría de proteger a los demás.
—Lo sé —admitió—. Por eso me asusta.
Sonreí apenas.
—Tal vez estás escribiendo una historia nueva.
—O cometiendo un error.
—A veces es lo mismo.
Nos quedamos mirándonos, demasiado conscientes del espacio compartido. De la cercanía. De lo que estaba creciendo.
—Ellie… —dijo Caleb—. Si esto termina mal…
—Termina —lo interrumpí—. Todas las cosas terminan.
—No me dejés ser el motivo.
Me acerqué un paso más.
—No sos el motivo —dije—. Sos parte de la historia.
Caleb cerró los ojos un segundo, como si esa idea le doliera.
Esa noche, por primera vez desde que lo conocía, algo no salió mal.
Y esa fue, paradójicamente, la señal que más miedo nos dio a los dos.