La verdad no llegó como un golpe.
Llegó como una grieta.
No hizo ruido al abrirse, pero desde ese momento nada volvió a estar del todo entero.
Caleb se quedó dormido con un brazo rodeándome la cintura, respirando lento, como si por primera vez en días su cuerpo hubiera encontrado descanso. Yo, en cambio, permanecí despierta, mirando el techo, contando las sombras que se movían con la luz de la calle.
No podía dejar de pensar en sus palabras.
“Tengo miedo de hacerte lo mismo.”
No había dicho que todavía la amara.
No había dicho que quisiera volver con ella.
Pero tampoco había dicho que el pasado ya no lo alcanzaba.
Y ese silencio… era lo que más dolía.
A la mañana siguiente, el espacio entre nosotros era distinto. No físico. Emocional. Como si ambos estuviéramos caminando sobre un suelo recién resquebrajado, midiendo cada paso para no caer.
—Voy a llegar tarde hoy —dijo mientras se abotonaba la camisa.
Asentí desde la cocina, con la taza de café entre las manos.
—Está bien.
Demasiado bien.
Caleb se detuvo un segundo, como si esperara algo más. Una pregunta. Un reproche. Una escena.
No le di nada de eso.
Y eso pareció inquietarlo más.
—Anoche… —empezó.
—No tenés que explicarme nada ahora —lo interrumpí, sin mirarlo—. De verdad.
Se acercó, apoyó una mano en la mesada.
—No quiero que pienses cosas que no son.
Levanté la vista entonces. Mis ojos se encontraron con los suyos, cansados, sinceros… y todavía cerrados en algún rincón.
—No pienso cosas que no son, Caleb —respondí—. Pienso en lo que sí es. Y en lo que todavía no me contás.
Su expresión se endureció apenas.
—No todo tiene que decirse.
—Para vos, tal vez —contesté—. Para mí, el silencio también habla.
No discutimos.
Nunca lo hacíamos.
Pero esa calma nueva era incómoda, llena de palabras no dichas flotando entre nosotros.
Cuando se fue, la casa quedó demasiado grande.
Pasé el día entera con una sensación rara en el pecho, como si algo se estuviera preparando para romperse pero todavía no supiera cuándo. Me descubrí revisando el teléfono más de lo normal, esperando un mensaje que no llegaba.
Y cuando finalmente llegó, fue frío.
“Reunión. No me esperes despierta.”
Nada más.
Esa noche entendí que la confesión no nos había unido.
Nos había dejado expuestos.
Cuando volvió, ya era tarde. Se movía en silencio, como si temiera despertarme, pero yo estaba despierta desde hacía horas.
—Caleb —lo llamé desde la cama.
Se quedó quieto un segundo antes de girarse.
—Pensé que dormías.
—No.
Se sentó al borde de la cama, pasó una mano por su rostro.
—Estoy cansado.
—Yo también.
El silencio volvió a instalarse, pesado.
—¿Te arrepentís de haberme contado lo de ella? —pregunté al fin.
No respondió enseguida.
—No —dijo finalmente—. Me arrepiento de no saber qué hacer con lo que siento ahora.
Eso fue peor que cualquier mentira.
—¿Y qué sentís? —susurré.
Me miró. De verdad. Pero no habló.
Y ahí lo entendí.
No era que no confiara en mí.
Era que todavía no se animaba a enfrentarse a sí mismo.
—No puedo ser tu lugar seguro si siempre me dejás afuera —dije, con la voz temblando—. No puedo amarte a medias.
Sus ojos se oscurecieron.
—Nunca quise hacerte sentir así.
—Pero lo estás haciendo.
Caleb se levantó, dio unos pasos, volvió a sentarse. Parecía un hombre atrapado en su propia mente.
—Tengo miedo de perderte —admitió.
Una parte de mí se rompió con esa confesión.
—Entonces no me pierdas en silencio —respondí.
No hubo abrazo esa noche.
No hubo besos.
Solo dos personas acostadas espalda con espalda, separadas por
todo lo que todavía no sabían cómo decir.
Y mientras miraba la oscuridad, me hice la pregunta que no quería formular: