Tomar distancia no fue una decisión impulsiva.
Fue una acumulación.
De silencios.
De miradas que se esquivaban.
De palabras que se quedaban atrapadas en la garganta porque decirlas implicaba aceptar que algo no estaba bien.
Me levanté antes que Caleb esa mañana. No porque tuviera prisa, sino porque no soportaba despertar a su lado fingiendo que nada había cambiado. Preparé café en silencio, cerré la valija con cuidado y dejé la casa exactamente como estaba. Como si mi ausencia pudiera pasar desapercibida.
Sabía que no iba a ser así.
Dejé una nota sobre la mesa. Nada dramático. Nada definitivo.
Necesito unos días. Para pensar. Para respirar. No es un adiós. Pero tampoco puedo quedarme así.
Salir fue más difícil de lo que había imaginado.
No lloré en el ascensor.
No lloré en la calle.
Lloré recién cuando el taxi dobló la esquina y la casa desapareció de mi vista.
Porque alejarse de alguien a quien amás no se siente como libertad.
Se siente como amputación.
Los primeros días fueron extraños. Demasiado silenciosos. El departamento prestado donde me quedé no tenía su risa seca, ni su forma de caminar descalzo, ni el sonido constante de su teclado trabajando incluso de madrugada.
Tenía paz.
Y aun así, dolía.
Caleb no escribió el primer día.
Ni el segundo.
Al tercero, apareció un mensaje.
¿Estás bien?
Nada más.
Lo leí varias veces antes de responder.
Sí. Necesitaba espacio.
El “lo siento” nunca llegó.
Y aunque no era justo esperarlo, esa ausencia pesó más que cualquier reproche.
Volví a escribir. A trabajar. A concentrarme en el guion. La historia del juego empezaba a cambiar de tono sin que yo lo notara: menos tragedia, más silencios. Personajes que se alejaban porque no sabían quedarse.
Me di cuenta tarde de que estaba escribiéndonos.
Una noche, mientras corregía una escena, mi celular vibró.
No sé cómo hacer esto sin vos cerca.
Cerré los ojos.
Yo tampoco —respondí—. Pero quedarme sin entenderte me estaba rompiendo.
Tardó en contestar.
Estoy intentando ordenar cosas que duelen.
Yo también.
No hubo reproches.
No hubo promesas.
Solo una verdad compartida desde lados opuestos.
Los días pasaron. La distancia se volvió rutina. Y aunque el dolor no se fue, aprendí a convivir con él sin perderme a mí en el intento.
Hasta que una tarde, inesperadamente, alguien tocó la puerta.
No estaba preparada para verlo.
Caleb estaba ahí. Más delgado. Más cansado. Con la mirada de alguien que había pasado noches enteras despierto, peleando consigo mismo.
—No vine a pedirte que vuelvas —dijo de inmediato—. Vine a decirte lo que no supe decir antes.
Mi corazón empezó a latir con fu
erza.
La distancia había hecho su trabajo.
Ahora era el turno de la verdad.