Amor en juego

Capítulo 11 El punto de no retorno

La recaída no llegó de golpe.

Llegó como llegan las peores cosas: disfrazada de costumbre.

Caleb empezó a desaparecer de a poco. No físicamente —seguía yendo al estudio, seguía cumpliendo plazos—, sino emocionalmente. Sus mensajes se volvieron más breves. Sus respuestas, más medidas. Era como si hubiera levantado un muro invisible entre nosotros, uno que yo chocaba todos los días sin entender en qué momento se había construido.

Cuando apareció esa noche en mi departamento, supe que algo no estaba bien. No porque estuviera alterado, sino porque estaba demasiado tranquilo. Esa calma tensa que precede a las decisiones irreversibles.

—Decime qué te pasa —le pedí apenas cerró la puerta.

Se quedó parado, con las manos en los bolsillos, mirando el suelo como si ahí estuviera la respuesta.

—No sé si debería haber venido.

Sentí un pinchazo en el pecho.

—Entonces empezamos mal.

Levantó la vista. Sus ojos estaban cansados, apagados.

—Estoy hecho un desastre —dijo—. Y vos… vos no merecés esto.

Me crucé de brazos.

—No decidas por mí.

—Eso es justamente lo que estoy haciendo desde que te conocí —respondió, con amargura—. Decidir por vos. Pensar que te salvo alejándome.

—¿Y alguna vez pensaste en preguntarme qué necesito? —mi voz tembló, pero no retrocedí—. Porque te voy a decir algo, Caleb: no es que me estés protegiendo. Me estás dejando sola.

El silencio que siguió fue insoportable. Lo vi debatirse consigo mismo, abrir la boca, cerrarla. Dar un paso hacia mí y detenerse.

—No puedo darte lo que esperás —dijo al fin—. No ahora. Tal vez nunca.

Las palabras se me clavaron en la piel.

—Entonces decilo claro —susurré—. Decí que no querés intentarlo.

—No es eso —respondió rápido—. Es que si lo intento… tengo miedo de arruinarlo todo.

—Ya lo estás haciendo.

Nos miramos largo rato. Ninguno lloró. Ninguno gritó. Y eso fue lo que lo volvió definitivo.

—Tal vez sea mejor terminar acá —dijo, casi sin voz.

Asentí, aunque todo dentro de mí gritaba lo contrario.

—Tal vez.

No me abrazó al irse. No me besó. Solo abrió la puerta y se fue, llevándose consigo algo que no supe cómo nombrar.

Esa noche no dormí. Cambié el guion del juego. Hice que el protagonista eligiera la soledad. Que renunciara al amor por miedo. Nadie lo cuestionaba. Nadie lo salvaba.

Mientras escribía, entendí algo devastador:

Caleb no huía de mí.

Huía de

la posibilidad de ser feliz.




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