El mensaje llegó un martes a la tarde, cuando el cielo estaba cubierto y el aire parecía cargado de una tormenta que nunca terminaba de caer.
No era de Caleb.
Era de la empresa.
> “Necesitamos que vengas. Caleb no está bien. No responde. No quiere ver a nadie.”
Leí esas palabras con el corazón acelerado. Durante días me había repetido que la distancia era necesaria, que no podía volver a correr hacia alguien que todavía no sabía quedarse. Pero esa idea se desmoronó en segundos.
Porque una cosa es tomar distancia para protegerse.
Y otra muy distinta es abandonar a alguien cuando se está rompiendo.
Cuando llegué al estudio, el lugar estaba en silencio. Demasiado. El tipo de silencio que no es productivo, sino expectante. Me guiaron hasta una sala pequeña, alejada del área principal. Ahí estaba Caleb.
Sentado en el suelo.
La espalda apoyada contra la pared.
Los ojos rojos. Perdidos. Vacíos.
—No tenías que venir —dijo sin mirarme.
—Sí —respondí con firmeza—. Tenía que hacerlo.
Levantó la vista lentamente. Parecía más joven. Más frágil. Como si el hombre que siempre fingía tener el control hubiera desaparecido por completo.
—Arruiné todo —murmuró—. El juego. Nosotros. Todo.
Me senté frente a él, a la misma altura. No quise tocarlo todavía.
—No estoy acá para hablar del juego.
Soltó una risa amarga.
—Siempre termina siendo lo único que sé hacer bien.
—No —lo corregí—. Lo único que aprendiste a hacer para no sentir.
Eso lo quebró.
Caleb llevó las manos al rostro y respiró hondo, como si cada bocanada de aire le costara.
—Nunca le conté esto a nadie —dijo—. Porque decirlo en voz alta lo vuelve real.
—Ya es real —susurré—. Aunque no lo digas.
Cerró los ojos.
—Mi mamá era estricta. Fría. Controladora. O eso creía yo —empezó—. El día que murió, discutimos por una tontería. Yo quería salir. Ella no me dejaba. Le dije que me asfixiaba. Que ojalá no fuera mi madre.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
—Minutos después… —tragó saliva— el accidente. Estaba con ella. Escuché el golpe. Los gritos. La sirena. Todo. Yo salí ileso.
Sus manos temblaban.
—Durante años pensé que mis palabras la habían matado.
Sentí un nudo en la garganta.
—Después vino mi hermano —continuó—. Siempre fue el rebelde. Yo lo cubría. Mentía por él. Sabía que se drogaba. Sabía que necesitaba ayuda. Pero estaba cansado de ser el responsable.
Su voz se quebró.
—Lo encontraron muerto en su departamento. Sobredosis. Y ahí entendí algo que me destruyó: cada vez que dejaba de cuidar a alguien, algo horrible pasaba.
Me miró, desesperado.
—Por eso tengo miedo de quererte. Porque si te quiero, siento que te expongo. Como si el amor fuera una sentencia.
Las lágrimas corrían libres ahora.
—Cuando escribo tragedias, todo funciona. El dolor vende. El caos tiene sentido. Pero cuando imagino algo bueno… mi mente entra en pánico.
Me acerqué despacio y apoyé mi mano sobre la suya.
—No sos una maldición, Caleb —dije con firmeza—. Sos un sobreviviente que se culpa por seguir vivo.
Eso lo hizo llorar como nunca antes.
—No sé cómo dejar de sentir culpa —susurró—. No sé cómo perdonarme.
—No tenés que hacerlo solo —respondí—. Pero tampoco puedo hacerlo por vos.
Me miró, entendiendo. Por primera vez, sin defensas.
—No te pido que vuelvas —dijo—. Solo… gracias por escucharme.
Asentí, con el corazón hecho pedazos.
Pe
ro esta vez, los pedazos ya no cortaban.
Esta vez, estaban listos para ser reconstruidos.