Amor en juego

Capítulo 14: El día en que el juego salió al mundo

El día del lanzamiento amaneció gris, como si el cielo todavía no hubiera decidido si acompañarnos o ponerse en contra.

Caleb estaba despierto desde antes del amanecer. Lo supe porque cuando abrí los ojos, él ya estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada contra el respaldo, mirando la pantalla apagada de su celular como si fuera un oráculo silencioso.

—No dormiste —dije, incorporándome despacio.

—Un poco —mintió—. Lo suficiente.

No insistí. Había aprendido que algunas batallas no se ganan interrogando, sino quedándose cerca.

El estudio estaba lleno cuando llegamos. Demasiado lleno. Productores, programadores, diseñadores, gente que había trabajado meses —años— en ese proyecto y que ahora sonreía con una mezcla de orgullo y terror. En una de las pantallas gigantes, el contador marcaba los últimos minutos antes de que el juego estuviera disponible en todo el mundo.

Observé a Caleb desde un costado. Estaba tenso, pero no cerrado. No era el hombre de antes, el que se refugiaba en la ironía o el silencio. Se dejaba ver nervioso. Vulnerable. Humano.

—Pase lo que pase —le dije en voz baja—, esto ya existe. Y eso importa.

Me miró. Sonrió apenas.

—Nunca había tenido tanto miedo de que algo salga bien.

Eso me rompió un poco.

Cuando el contador llegó a cero, nadie habló. Durante unos segundos eternos, el estudio entero quedó en silencio. Luego empezaron a llegar los primeros números. Descargas. Comentarios. Reseñas tempranas.

Y algo cambió en el aire.

—Mirá esto —dijo alguien, señalando una pantalla.

Me acerqué. Leí.

“No esperaba llorar jugando.”

“El final me desarmó.”

“Por primera vez, un juego que no castiga al personaje por elegir quedarse.”

“No es una historia sobre perder. Es una historia sobre no huir.”

Sentí que el pecho se me llenaba de algo cálido y doloroso a la vez.

Caleb no hablaba. Leía. Una y otra vez. Como si necesitara asegurarse de que no estaba imaginando nada.

—Les gustó —susurré.

Negó con la cabeza, todavía procesándolo.

—No… —tragó saliva—. Entendieron.

Eso era más importante.

En el juego, el protagonista llegaba al último nivel cargando culpas, decisiones equivocadas, pérdidas irreparables. Podía elegir huir. Siempre había sido así. Pero ahora había otra opción. Quedarse. Amar. Arriesgarse sin garantías.

El mundo estaba respondiendo a esa elección.

Y por primera vez, Caleb no parecía sentir que eso fuera una amenaza.

—No sabía que necesitaba escribir ese final hasta que lo escribí —me dijo más tarde, cuando el estudio empezó a vaciarse—. Es como si… como si me hubiera permitido algo.

—¿Qué cosa?

Me miró con los ojos brillantes.

—No castigarme.

Salimos del edificio cuando ya era de noche. El cielo seguía gris, pero ahora no importaba. Caminamos sin hablar durante unas cuadras, tomados de la mano.

—Gracias —dijo de repente.

—¿Por qué?

—Porque cuando todo esto empezó, yo creía que solo sabía escribir tragedias —respondió—. Y vos me enseñaste que no siempre hay que ser coherente con el dolor.

Apreté su mano.

—A veces, escribir algo distinto es el acto más valiente.

Caleb se detuvo. Me miró.

—Quiero ir a casa —dijo—. Con vos.

Y en esa frase simple, entendí que el verdadero lanzamiento no habí

a sido el del juego.

Había sido el suyo.




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