La casa estaba en penumbra cuando entramos. No prendimos las luces enseguida. No hacía falta. Había algo sagrado en ese silencio compartido, en la calma que se instala después de una tormenta larga.
Caleb dejó las llaves sobre la mesa y se quedó quieto, como si no supiera cuál era el siguiente paso.
—¿Estás bien? —pregunté.
Asintió.
—Estoy… presente —respondió—. Y eso es nuevo para mí.
Me acerqué despacio. No había urgencia. No había ansiedad. Solo una cercanía que se sentía merecida.
—Hoy fue importante —dije—. No solo por el juego.
—Lo sé —susurró—. Sentí que algo se cerraba. Y algo se abría.
Nos abrazamos. No fue un abrazo desesperado, ni uno que pidiera salvación. Fue un abrazo largo, profundo, como si ambos estuviéramos confirmando que el otro seguía ahí.
Caleb apoyó la frente en mi cuello.
—Tengo miedo de que esto sea lo mejor que me pase —confesó—. Y de no saber cuidarlo.
Lo tomé del rostro.
—No tenés que cuidarlo solo —le dije—. El amor no es vigilancia. Es presencia.
Me besó entonces. Lento. Con una ternura que me desarmó. No había prisa, ni necesidad de demostrar nada. Era un beso que decía estoy acá, no me voy, te elijo.
Nos movimos hacia el dormitorio sin dejar de tocarnos, como si el contacto fuera una forma de anclarnos al presente. Nos desvestimos sin apuro, mirándonos, reconociendo cada gesto como algo valioso.
Cuando nos recostamos, Caleb pasó una mano por mi espalda, con cuidado.
—Quiero que sepas algo —dijo—. No te amo porque me salvaste. Te amo porque me quedaste al lado cuando tuve que aprender a salvarme solo.
Sentí las lágrimas arder.
—Y yo te amo —respondí— no porque dejaste de tener miedo… sino porque decidiste no dejar que el miedo mande.
Hicimos el amor como se ama después de haber sobrevivido. Con pausas. Con miradas. Con silencios que no incomodaban. Cada caricia era una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.
Después, nos quedamos abrazados, respirando juntos.
—¿Sabés qué es lo más raro? —dijo Caleb.
—¿Qué?
—Que por primera vez, cuando pienso en el futuro… no veo un final.
Sonreí, apoyando la cabeza en su pecho.
—Entonces vamos bien.
Y en esa quietud, entendí que no todas las historias necesitan grandes giros para cerrarse.
Algunas solo necesitan que alguien,
por fin, decida quedarse.