Amor en juego

Cap 1

Las personas también mienten con la mirada

La lluvia caía sobre la ciudad como si quisiera borrar algo.

Las gotas golpeaban las ventanas de los edificios, los techos de los autos y las calles iluminadas por luces blancas y anuncios gigantes. Era una noche fría, elegante y vacía. De esas que parecían sacadas de una película triste donde todos fingían estar bien.

Y quizás así era.

Porque en algún lugar de aquella ciudad, una chica estaba aprendiendo a sobrevivir.

Y en otro, un chico estaba destruyéndose lentamente sin que nadie lo notara.

El sonido del tren llenó el ambiente mientras Alessia Moreau mantenía la mirada perdida en la ventana empañada. Afuera apenas podían verse las luces de los edificios atravesando la lluvia.

Suspiró cansada.

Tenía los audífonos puestos, aunque la música ya había terminado hacía varios minutos. Le gustaba fingir que no escuchaba al mundo. Era más fácil así.

Con cuidado, bajó la manga de su abrigo para cubrir los moretones tenues que todavía quedaban en su muñeca.

No quería pensar en eso.

No quería pensar en él.

Mucho menos quería recordar aquella última discusión donde escuchó las palabras:

"Nadie va a quererte como yo."

Cerró los ojos apenas un segundo.

Mentira.

La gente como él no amaba.

Controlaba.

El teléfono vibró entre sus manos.

—¿Ya llegaste? —decía el mensaje de Camille Dubois.

Alessia respondió rápido.

"Casi."

Camille era la única razón por la que aceptó ir a Valmont.

Bueno… esa y la necesidad desesperada de empezar de cero.

La prestigiosa Academia Valmont no era un lugar para chicas como ella. Todos allí tenían dinero, apellidos importantes y vidas perfectas de revista. Alessia apenas tenía una beca sospechosamente generosa y demasiados problemas escondidos bajo la piel.

A veces sentía que era un error entrar allí.

Como si estuviera infiltrándose en un mundo que tarde o temprano terminaría expulsándola.

El tren se detuvo.

Alessia tomó su pequeña maleta negra y salió bajo la lluvia. El frío golpeó su rostro inmediatamente.

La ciudad nocturna era hermosa.

Pero también se sentía peligrosa.

Caminó varias cuadras observando enormes edificios de cristal y cafeterías todavía abiertas pese a la hora. Algunas parejas reían bajo paraguas compartidos. Otras discutían.

El amor siempre parecía complicado.

Demasiado complicado.

Entró finalmente al pequeño edificio donde viviría temporalmente con Camille. El ascensor estaba roto, así que subió las escaleras lentamente hasta el cuarto piso.

Cuando abrió la puerta, el aroma a pizza y perfume dulce la recibió.

—¡ALESSIA! —gritó Camille lanzándose sobre ella.

Alessia casi cae al suelo.

—Sigues igual de exagerada…

—Y tú sigues igual de depresiva. Perfecto, nada cambió.

Una pequeña sonrisa escapó de sus labios.

Camille era rubia, energética y hablaba demasiado rápido. Parecía el tipo de persona incapaz de sentirse triste por más de cinco minutos.

—Ven, ven, tienes que contarme todo.

—No hay mucho que contar.

—Claro que sí. Te mudaste a otra ciudad, entrarás a la academia más elitista del país y literalmente ignoraste mis mensajes por tres semanas.

Alessia dejó la maleta junto al sofá.

—Necesitaba pensar.

Camille bajó un poco la voz.

—¿Él volvió a buscarte?

Silencio.

Eso bastó como respuesta.

Camille suspiró.

—Ese imbécil no te merece.

Alessia desvió la mirada hacia la ventana.

La lluvia seguía cayendo.

—Ya no importa.

Pero sí importaba.

Porque algunas personas dejan marcas que no desaparecen rápido.

Y Alessia estaba cansada de fingir que todo estaba bien.

Quería empezar otra vida.

Otra versión de sí misma.

Una donde no tuviera miedo de revisar el teléfono.

Una donde pudiera dormir tranquila.

Una donde nadie decidiera por ella.

—Mañana iremos de compras —dijo Camille intentando animarla—. Necesitas ropa nueva para Valmont.

—Tengo ropa.

—Sí, pero ropa de “chica misteriosa con traumas”. Necesitamos ropa de “chica misteriosa que arruina vidas”.

Alessia soltó una pequeña risa.

Y por primera vez en semanas… se sintió un poco humana otra vez.

A varios kilómetros de allí, la música retumbaba dentro de una mansión llena de luces azules.

Botellas caras.

Perfume.

Dinero.

Mentiras.

La fiesta estaba completamente fuera de control.

Pero a nadie parecía importarle.

—¡Adrian! ¡Otra ronda!

—¡No seas cobarde!

—¡Dile quién ganó la apuesta!

Las risas llenaron el enorme salón mientras Adrian Leclerc permanecía recostado sobre un sofá de cuero, con una copa entre los dedos y expresión aburrida.

Parecía un rey cansado de su propio reino.

Una chica sentada junto a él acariciaba lentamente su cuello intentando llamar su atención.

Él ni siquiera la miraba.

—Estás distraído —dijo ella.

—Estoy aburrido.

—Eso es peor.

Adrian soltó una risa seca.

Quizás tenía razón.

Todo empezó a aburrirle hacía tiempo.

Las fiestas.

Los romances rápidos.

Las apuestas.

Las personas.

Especialmente las personas.

Tomó un trago mientras observaba el caos alrededor. Algunos bailaban sobre mesas. Otros se besaban sin siquiera saber sus nombres.

Vacío.

Todo se sentía vacío.

—Perdiste tu toque, Leclerc —comentó un chico acercándose—. Antes disfrutabas romper corazones.

Adrian levantó apenas una ceja.

—Sigue siendo fácil.

—Entonces demuestra que sigues siendo el mejor.

El chico dejó un sobre negro sobre la mesa.

Varios alrededor guardaron silencio inmediatamente.

Interés.

Expectativa.

Peligro.

Adrian observó el sobre unos segundos.

Sabía lo que significaba.




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