La lluvia había vuelto.
Valmont siempre se veía diferente cuando llovía. Más oscuro. Más elegante. Más falso.
Las gotas resbalaban lentamente por las enormes ventanas de la biblioteca mientras el murmullo de los estudiantes llenaba apenas el ambiente. Algunos fingían estudiar. Otros aprovechaban el silencio para coquetear discretamente entre mesas.
Y en medio de todo eso, Alessia Moreau intentaba ignorar el extraño presentimiento que llevaba persiguiéndola desde hacía días.
El mensaje desconocido seguía rondando su cabeza.
"Ten cuidado con HeartPlay."
No sabía qué era exactamente HeartPlay.
Pero sabía que algo no estaba bien en Valmont.
Y mientras más observaba a las personas allí… más segura estaba de ello.
Pasó lentamente la página del libro frente a ella, aunque realmente no estaba leyendo nada. Su mente seguía distraída recordando las miradas extrañas del comedor, las cartas negras sobre la mesa de Adrian y esa sensación incómoda de que todos parecían esconder algo.
Entonces escuchó pasos acercándose.
No les prestó atención al principio.
Hasta que alguien ocupó el asiento frente a ella sin pedir permiso.
Alessia levantó la mirada.
Y el tiempo pareció detenerse apenas un segundo.
Adrian Leclerc.
De cerca era incluso más intimidante.
No solo porque era absurdamente atractivo.
Sino porque tenía esa clase de mirada que parecía leer demasiado.
Como si estuviera acostumbrado a descubrir debilidades ajenas.
Llevaba una chaqueta negra ligeramente abierta, cadenas plateadas y esa tranquilidad peligrosa de alguien que jamás dudaba de sí mismo.
Varias chicas alrededor comenzaron a observar discretamente la escena.
Claro.
El chico popular hablando con la nueva.
Cliché perfecto.
Adrian apoyó uno de sus brazos sobre la mesa mientras la observaba con aparente calma.
—Eres difícil de encontrar.
Alessia arqueó una ceja.
—Ni siquiera sabía que me estabas buscando.
—Ahora lo sabes.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Ella cerró lentamente el libro.
—¿Necesitas algo?
—Tal vez.
—¿Y eso significa…?
Adrian sonrió apenas.
Esa sonrisa.
La misma sonrisa que parecía ocultar problemas.
—Que todavía no lo decido.
Alessia sostuvo su mirada unos segundos antes de suspirar.
—Escucha, no sé cómo funcionan las cosas contigo aquí, pero yo no estoy interesada en juegos raros.
Algo brilló fugazmente en los ojos de Adrian al escuchar la palabra “juegos”.
Interesante.
—¿Quién dijo que estoy jugando?
—Tu cara.
Eso provocó una pequeña risa en él.
Y honestamente… esa risa tomó a Alessia por sorpresa.
Porque sonaba real.
No falsa como las sonrisas que mostraba frente a los demás.
Adrian inclinó apenas la cabeza.
—¿Siempre eres así de directa?
—¿Siempre invades espacios personales en bibliotecas?
—Solo cuando la persona vale la pena.
Alessia intentó ignorar el pequeño calor incómodo que esas palabras provocaron.
Probablemente decía lo mismo a todas.
Chicos como él siempre tenían frases preparadas.
Era parte del encanto.
O de la manipulación.
—Bueno, ya invadiste mi espacio personal. ¿Ahora qué?
Adrian observó unos segundos el libro frente a ella.
—Ni siquiera estabas leyendo.
—¿Me vigilas mucho?
—Lo suficiente.
Eso no le gustó.
Para nada.
Alessia tomó el libro rápidamente y empezó a guardar sus cosas.
—Debo irme.
—¿Te incomodo?
Ella levantó la mirada hacia él.
—No confío en personas como tú.
Silencio.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Pero curiosamente Adrian no pareció ofendido.
Solo… intrigado.
—¿Y cómo son las personas como yo?
Alessia dudó apenas un segundo.
Arrogantes.
Manipuladores.
Peligrosamente encantadores.
Exactamente como su exnovio había sido al inicio.
Perfecto por fuera.
Tóxico por dentro.
Pero obviamente no iba a decir eso.
—Demasiado seguros de sí mismos.
Adrian sonrió otra vez.
—¿Eso es malo?
—Normalmente sí.
Ella terminó de guardar todo y se levantó de la silla.
Pero justo cuando iba a irse, él habló nuevamente.
Y esta vez su tono cambió un poco.
Más serio.
—Ten cuidado en Valmont, Alessia.
Ella se detuvo.
Lentamente volvió a mirarlo.
—¿Eso fue una amenaza?
—Un consejo.
—No acepto consejos de desconocidos.
—Entonces considéralo curiosidad.
Alessia frunció ligeramente el ceño.
—¿Curiosidad sobre qué?
Adrian sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.
—Sobre cuánto tiempo podrás seguir siendo diferente aquí.
Y esa frase le dejó un extraño escalofrío.
Porque por primera vez desde que llegó a Valmont… sintió que alguien realmente la estaba observando.
No su apariencia.
No su ropa.
No su beca.
A ella.
Lo odiaba.
O quizás lo que odiaba era que una parte de ella quisiera entenderlo.
Sin responder nada más, Alessia salió de la biblioteca.
Y aun así podía sentir la mirada de Adrian siguiéndola incluso después de cruzar la puerta.
Esa misma tarde, el ambiente en Valmont estaba especialmente extraño.
Demasiados susurros.
Demasiadas miradas.
Demasiados teléfonos escondidos entre manos.
Camille Dubois prácticamente apareció corriendo junto a Alessia mientras caminaban por el patio principal.
—¿QUÉ demonios hiciste?
Alessia la miró confundida.
—¿Respirar?
—Peor. Adrian Leclerc habló contigo.
—No exageres.
—Alessia, ese hombre es literalmente un desastre emocional con buena mandíbula.
Ella soltó una pequeña risa.
—No parece tan terrible.
Camille se detuvo en seco.
Editado: 13.05.2026