La apuesta
No pude dormir en toda la noche.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a leer el mismo mensaje.
"Y tú eres la apuesta."
Intenté convencerme de que era una broma estúpida de alguien aburrido en Valmont, pero algo dentro de mí decía que no era tan simple.
Y honestamente… eso me aterraba.
La lluvia seguía golpeando las ventanas del apartamento cuando salí de mi habitación cerca de las seis de la mañana. Todo estaba en silencio. Camille todavía dormía, probablemente atravesada en la cama como siempre.
Fui directo a la cocina y preparé café intentando despejar mi mente.
Pero no funcionó.
Porque seguía pensando en él.
En Adrian Leclerc.
Odiaba eso.
Ni siquiera lo conocía realmente y ya ocupaba demasiado espacio en mi cabeza.
Tomé el teléfono otra vez revisando los mensajes desconocidos.
No había nada nuevo.
Por un momento pensé en bloquear el número.
Aunque… ¿cómo bloqueas algo que desaparece cada vez que intenta contactarte?
Perfecto. Más creepy imposible.
Suspiré cansada apoyándome contra la encimera.
Necesitaba dejar de sobrepensar.
Quizás Camille tenía razón y Valmont simplemente estaba lleno de gente rara con demasiado dinero y tiempo libre.
Sí.
Seguro era eso.
Definitivamente eso.
Aunque mi intuición gritara lo contrario.
El ambiente en Valmont estaba extraño esa mañana.
Más de lo normal.
Las personas susurraban demasiado cuando yo pasaba cerca.
Y empezaba a notarlo.
Caminé por los jardines ajustando mejor mi abrigo mientras intentaba ignorar las miradas.
Hasta que alguien se colocó frente a mí bloqueándome el paso.
—Vaya… así que tú eres Alessia.
Levanté la mirada lentamente.
Cabello rubio perfecto.
Labios rojos.
Uniforme impecable.
Y una expresión tan falsa que daba ganas de reír.
Valeria Sinclair.
Incluso antes de que dijera su nombre ya sabía quién era.
Tenía energía de problema.
—Depende. ¿Quién pregunta?
Ella sonrió apenas.
Pero sus ojos no lo hicieron.
—Valeria.
—Ah.
—¿“Ah” qué?
—Nada. Solo escuché tu nombre antes.
Sus brazos se cruzaron lentamente.
—Déjame adivinar… ¿Camille?
—Y otras personas.
Valeria dio un paso más cerca.
—Entonces ya sabes quién soy.
—La exnovia de Adrian.
Por primera vez algo cambió en su expresión.
Molestia.
Interesante.
—Ten cuidado con él.
Casi me reí.
Todo el mundo decía exactamente lo mismo.
—¿También viniste a advertirme?
—No. Vine a advertirte sobre ti.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué significa eso?
Ella inclinó un poco la cabeza observándome de arriba abajo.
Como analizándome.
—Las chicas como tú siempre creen que serán diferentes.
—¿Las chicas como yo?
—Las que piensan que pueden arreglarlo.
Solté una pequeña risa seca.
—Créeme, arreglar hombres emocionalmente rotos no está en mi lista de hobbies.
Eso pareció tomarla por sorpresa.
Y honestamente me alegró un poco.
Valeria se acercó todavía más bajando la voz.
—Entonces aléjate antes de que sea tarde.
—¿Eso fue una amenaza?
—Un consejo entre mujeres.
Sí, claro.
Sonaba más a amenaza elegante.
Antes de que pudiera responder algo más, escuché varias voces detrás de nosotras.
Y apenas giré la cabeza lo vi.
Adrian.
Venía caminando con varios chicos mientras hablaba distraídamente. Pero en cuanto notó nuestra presencia, su atención cambió inmediatamente hacia nosotras.
O más específicamente…
hacia mí.
Valeria retrocedió apenas.
Y eso me dijo demasiado.
Adrian se acercó tranquilo, metiendo una mano en el bolsillo de su pantalón.
—¿Interrumpí algo?
—Para nada —respondió Valeria rápidamente.
Mentira.
El ambiente literalmente olía a tensión.
Sus ojos claros se movieron hacia mí.
Y otra vez sentí esa sensación incómoda.
Como si me estuviera estudiando demasiado.
—Buenos días, Alessia.
Odiaba que mi nombre sonara tan bien cuando él lo decía.
—Adrian.
Valeria nos observó unos segundos.
Claramente incómoda.
Y sinceramente… eso me dio un poquito de satisfacción.
—Tengo clases —dijo ella finalmente antes de irse.
Pero antes de marcharse me dedicó una última mirada.
Una de esas miradas que prometen problemas.
Genial.
En cuanto Valeria desapareció, Adrian volvió a mirarme.
—¿Te molestó?
—¿Quién?
—Valeria.
—Puedo defenderme sola.
Él sonrió apenas.
—No lo dudo.
Por un momento ninguno habló.
Y el silencio se sintió extrañamente pesado.
Los amigos de Adrian terminaron alejándose discretamente, dejándonos solos en medio del jardín.
Lo cual definitivamente NO ayudó a mis nervios.
—¿Siempre haces eso? —pregunté.
—¿Qué cosa?
—Aparecer de repente como personaje misterioso de serie adolescente.
Una pequeña risa escapó de sus labios.
Y otra vez… sonó real.
Maldita sea.
—Intentaré verme menos interesante la próxima vez.
—Te costará trabajo.
Eso provocó que levantara apenas una ceja.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te emociones.
Adrian me observó unos segundos más.
Demasiados segundos.
—Te ves cansada.
Mi cuerpo se tensó un poco.
Porque sí lo estaba.
Mucho.
Pero odiaba que las personas lo notaran.
—Dormí poco.
—¿Pesadillas?
No respondí enseguida.
Y creo que eso fue suficiente.
Él desvió la mirada hacia el cielo gris.
—A veces dormir empeora las cosas.
Por primera vez desde que lo conocí… pareció genuinamente cansado.
No arrogante.
No manipulador.
Solo cansado.
Y eso me confundió todavía más.
Porque era más fácil odiarlo cuando parecía perfecto.
—¿Siempre hablas como si ocultaras un trauma? —pregunté intentando romper la tensión.
Adrian soltó una risa baja.
—¿Siempre intentas bromear cuando algo te incomoda?
Touché.
Lo peor era que tenía razón.
Y odiaba que alguien que apenas conocía pudiera leerme tan rápido.
Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró.
Vi cómo miraba la pantalla.
Y cómo algo en su expresión se endurecía apenas.
Guardó el móvil enseguida.
—Debo irme.
—Entonces ve.
Pero antes de alejarse volvió a mirarme.
Directo a los ojos.
—¿Confías en mí, Alessia?
La pregunta me tomó completamente desprevenida.
Parpadeé confundida.
—¿Qué?
—Solo responde.
Solté una pequeña risa incrédula.
—Apenas te conozco.
—Eso no responde la pregunta.
No sabía por qué el ambiente de repente se sentía tan serio.
Tan intenso.
Mi corazón empezó a latir más rápido sin razón lógica.
O quizás sí había una razón.
Porque una parte de mí sentía que esa pregunta escondía algo más.
Algo importante.
Lo observé unos segundos antes de responder finalmente.
—No.
Adrian sostuvo mi mirada.
Y por alguna razón… pareció aliviado.
Literalmente aliviado.
Eso me confundió todavía más.
Él dio un pequeño paso hacia atrás.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Sigue así.
Y luego simplemente se fue.
Dejándome completamente sola y todavía más confundida que antes.
Más tarde, durante el almuerzo, Camille prácticamente se lanzó sobre la mesa.
—¡¿QUÉ FUE ESO?!
Casi me atraganto con el jugo.
—¿Qué fue qué?
—TÚ. ADRIAN. JARDÍN. TENSIÓN SEXUAL. TODO.
—No hubo tensión sexual.
Camille me miró como si acabara de decir la estupidez más grande del mundo.
—Alessia, literalmente los vi desde la ventana y sentí el drama desde allá.
Rodé los ojos.
—Solo hablamos.
—Claro. Y Titanic era una amistad acuática.
No pude evitar reír un poco.
Pero mi risa desapareció cuando recordé la pregunta de Adrian.
"¿Confías en mí?"
¿Por qué preguntaría algo así?
Y más importante…
¿por qué parecía importarle tanto la respuesta?
Mientras pensaba en eso, sentí una mirada encima.
Levanté la vista.
Adrian estaba sentado al otro lado del comedor.
Mirándome.
Y en cuanto nuestros ojos se encontraron…
desvió la mirada primero.
Eso no ayudó en absoluto a mi confusión.
Editado: 31.05.2026