No debería haber ido a esa fiesta.
Lo supe desde el momento en que crucé la puerta.
La música estaba demasiado alta, las luces demasiado bajas y había demasiada gente fingiendo ser feliz.
Valmont en su máximo esplendor.
—Por favor, intenta divertirte por cinco minutos —dijo Camille mientras me arrastraba hacia el interior de la mansión.
—Me estoy divirtiendo.
Ella me miró.
—Tu cara dice lo contrario.
Suspiré.
La verdad era que ni siquiera sabía por qué había aceptado venir.
Bueno, sí lo sabía.
Porque desde hacía días mi cabeza era un desastre.
Por las fotos.
Por los mensajes.
Por Adrian.
Especialmente por Adrian.
Y necesitaba distraerme.
Aunque claramente este lugar no estaba ayudando.
—Voy por algo de tomar —dijo Camille antes de desaparecer entre la gente.
Perfecto.
Ahora estaba sola.
Me apoyé contra una pared observando el lugar.
Todos parecían conocer a todos.
Todos menos yo.
Entonces sentí una mirada.
Levanté la vista.
Y ahí estaba.
Adrian.
Al otro lado de la habitación.
Mirándome.
El corazón me dio un pequeño salto.
Estúpido corazón.
Él llevaba una camisa negra y las mangas remangadas hasta los antebrazos. Se veía demasiado bien.
Lo cual era muy injusto.
Sostuvo mi mirada unos segundos.
Luego comenzó a caminar hacia mí.
No.
No.
No.
Antes de que llegara, me di la vuelta y caminé en dirección contraria.
Porque sí, soy muy madura emocionalmente.
Escuché pasos detrás de mí.
Genial.
Seguí caminando.
Los pasos también.
Perfecto.
Aceleré.
Y él también.
Solté un suspiro.
—¿Me estás siguiendo?
—Un poco.
Giré sobre mis talones.
—Eso es bastante raro.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Tú huiste primero.
—No estaba huyendo.
—Claro.
Rodé los ojos.
Odiaba cuando sonreía así.
Como si supiera algo que yo no.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—Podemos hacerlo mañana.
—¿Tienes planes?
—Dormir.
Él soltó una pequeña risa.
Y otra vez tuve que recordarme que aquel chico era un problema.
Uno enorme.
—Solo unos minutos.
Lo observé unos segundos.
No parecía dispuesto a irse.
Suspiré.
—Cinco minutos.
—Qué generosa.
—No lo arruines.
Adrian hizo un gesto como si se cerrara la boca con una llave invisible.
Idiota.
Terminamos saliendo al balcón.
El aire fresco se sintió mejor inmediatamente.
La ciudad estaba iluminada y por primera vez en toda la noche había silencio.
O algo parecido.
Me apoyé en la barandilla.
Adrian hizo lo mismo a mi lado.
Demasiado cerca.
Siempre demasiado cerca.
—¿Por qué me evitaste? —preguntó.
Lo miré.
—No te estaba evitando.
Levantó una ceja.
—Mientes fatal.
Aparté la mirada.
Porque sí, estaba evitándolo.
Y la razón era todavía peor.
La tarde en el banco.
Su mano en mi muñeca.
La forma en que había mirado mis labios.
Todo eso seguía dando vueltas en mi cabeza.
Y no me gustaba.
Para nada.
—¿Te hice algo? —preguntó después de un momento.
Su voz sonó extrañamente seria.
Y por alguna razón eso me hizo sentir un poco culpable.
—No.
Silencio.
—Entonces ¿por qué estás tan rara conmigo?
Porque no sé qué me estás haciendo.
Porque debería odiarte.
Porque cada vez que te acercas olvido todas las razones por las que vine a Valmont.
Pero obviamente no dije nada de eso.
—Estoy cansada.
Él me observó unos segundos.
Demasiados.
Luego suspiró.
—Esa también es una mentira.
Volví a mirarlo.
—¿Siempre analizas tanto a las personas?
—Solo a las que me interesan.
El corazón me dio otro pequeño salto.
Y sí.
Empezaba a odiar muchísimo a mi corazón.
—No deberías decir cosas así.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—¿Por qué?
Porque eres peligroso.
Porque yo también empiezo a sentir cosas extrañas.
Porque no quiero que esto se complique.
—Porque sí.
Él soltó una pequeña risa.
Y de repente me di cuenta de algo.
Se veía diferente esta noche.
Más relajado.
Más humano.
Menos perfecto.
Me gustaba más así.
Mierda.
No.
No me gustaba.
Definitivamente no.
—Estás pensando demasiado.
Su voz me hizo parpadear.
—¿Qué?
—Pones esa cara cuando piensas demasiado.
—¿Y ahora también sabes leer mentes?
—No. Solo te observo.
El corazón volvió a hacer cosas raras.
Necesitaba dejar de tener corazón.
—Eso sigue siendo un poco raro.
Sonrió.
Yo también terminé sonriendo.
Y eso fue un error.
Porque apenas lo hice, él se quedó mirándome.
En serio mirándome.
Como si acabara de descubrir algo.
—¿Qué? —pregunté.
No respondió enseguida.
—Deberías sonreír más.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Te queda bien.
Por alguna razón sentí calor en las mejillas.
No.
Absolutamente no.
—¿Acabas de coquetear conmigo?
—Tal vez.
—Qué valiente.
—¿Funcionó?
Lo miré unos segundos.
Después sonreí un poco.
—Todavía no.
Él sonrió también.
Y por un momento todo se sintió… fácil.
Demasiado fácil.
Entonces la puerta del balcón se abrió de golpe.
—¡Aquí estaban!
Era Camille.
Nos miró a ambos.
Después a mí.
Después otra vez a ambos.
Y sonrió de una manera sospechosa.
—¿Interrumpo algo?
—Sí —dije rápidamente.
—No —dijo Adrian al mismo tiempo.
Camille intentó no reírse.
Editado: 05.07.2026