Amor en juego

Cap 9

Alessia

No sé cuando empecé a buscarlo con la mirada.

Quizás fue cuando entré al comedor.

O cuando escuché una risa parecida a la suya en uno de los pasillos.

O tal vez fue aquella noche en el balcón, cuando olvidé que Adrian Leclerc era la persona que debía evitar.

Lo peor era que ya no podía mentirme a mí misma.

Me gustaba estar cerca de él.

Y eso me aterraba.

—¿Vas a seguir mirando hacia allá o vas a desayunar?

La voz de Camille me sacó de la nube.

Parpadeé.

—¿Qué?

Ella señaló mi plato.

—Llevas diez minutos moviendo los huevos con el tenedor.

Miré hacia abajo.

Tenía razón.

—No tengo hambre.

—Claro.

Camille siguió mi mirada y sonrió.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—Camille.

—Solo digo que si sigues mirando a Adrian así, él probablemente vendrá.

—No lo estoy mirando.

—Alessia, literalmente acaba de mirarte.

Mi cabeza giró por reflejo.

Y ahí estaba.

Sentado al otro lado del comedor.

Adrian tenía un vaso y hablaba con un amigo, pero al vernos se quedó en silencio.

Me miró.

Yo lo miré.

Y durante unos segundos ninguno apartó la vista.

Hasta que Camille me dio un pequeño codazo.

—Disimula.

—No estoy haciendo nada.

—Claro que no.

Aparté la mirada sintiendo calor en las mejillas.

Genial.

Ahora también me sonrojaba por su culpa.

—Tengo que irme —dije levantándome.

—¿A dónde?

—A clase.

—Faltan veinte minutos.

—Entonces llegaré temprano.

Camille soltó una carcajada.

—Estás perdida.

—Cállate.

Tomé mi bolso y salí del comedor.

Pero apenas crucé la puerta escuché pasos detrás de mí.

No tuve que girar para saber quién era.

—¿Siempre huye cuando me ves?

Me detuve.

Cerré los ojos un segundo.

Luego giré lentamente.

Adrian estaba a unos pasos de mí.

—No estoy huyendo.

—Entonces quédate.

—Tengo clase.

—Yo también.

—Entonces ve.

—Después de ti.

Lo miré con incredulidad.

—Eres insoportable.

—Me lo han dicho.

Y ahí estaba otra vez esa sonrisa.

Esa maldita sonrisa.

No pude evitar sonreír también.

Y creo que él lo notó.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Estás mirándome raro.

—Estoy intentando entenderte.

—Buena suerte.

—La voy a necesitar.

Seguimos caminando por el pasillo.

Por un momento no dijimos nada.

Y extrañamente no fue incómodo.

Hasta que vi algo en su mano.

Un pequeño sobre negro.

Mi sonrisa desapareció.

HeartPlay.

Otra vez.

Adrian notó que lo había visto y guardó el sobre inmediatamente.

—¿Qué era eso?

—Nada.

—Mentiroso.

—Mira quién habla.

Me detuve.

—Adrian.

Él también se detuvo.

—¿Qué?

—Quiero saber qué está pasando.

Su expresión cambió ligeramente.

—No quieres saberlo.

—Eso no te corresponde decidirlo.

—Sí me corresponde si saberlo puede hacerte daño.

Lo miré fijamente.

—¿Por qué te importa?

Silencio.

Él bajó la mirada durante unos segundos.

Después volvió a mirarme.

—No lo sé.

Y esa respuesta me dejó sin palabras.

Porque por primera vez Adrian no tenía una frase ingeniosa.

No tenía una sonrisa arrogante.

No tenía una respuesta preparada.

Solo estaba ahí.

Mirándome.

Como si realmente tampoco entendiera qué estaba ocurriendo.

Entonces una voz nos interrumpió.

—Adrian.

Los dos giramos.

Valeria estaba al final del pasillo.

Su mirada pasó de él hacia mí.

Y por alguna razón sentí que acababa de entrar en medio de algo mucho más grande.

—Necesito hablar contigo —dijo ella.

Adrian suspiró.

—Ahora no.

—Es importante.

—Después.

Valeria lo observó unos segundos.

Adrian miró y sonrió.

Y sonrió.

No era una sonrisa amable.

Era una advertencia.

—Claro.

Se dio la vuelta y se marchó.

Esperé hasta que desapareció.

—¿Qué quería?

—Problemas.

—¿Ella siempre es así?

Adrian soltó una pequeña risa.

—Peor.

Adrian miró durante unos segundos.

—Ten cuidado con ella.

—¿Eso me lo dices tú?

—Sí.

—Entonces estamos empatados.

Sonreí.

Y por un segundo olvidé el juego por completo.

Olvidé la venganza.

Olvidé a Valeria.

Olvidé incluso las fotografías de Elena.

Solo estaba él.

Y yo.

Y esa sensación extraña que cada vez era más difícil de ignorar.

Hasta que sonó el timbre.

—Tengo que irme —dije.

—Nos vemos, Moreau.

—Nos vemos, Leclerc.

Me alejé por el pasillo.

Y cuando doblé la esquina, mi sonrisa desapareció.

Porque recordé por qué estaba allí.

No podía permitirme olvidar.

No podía enamorarme.

No podía.

Esa tarde

La biblioteca estaba casi vacía.

Perfecto.

Necesitaba información.

Me senté frente a una de las computadoras y comencé a buscar documentos antiguos de Valmont.

Nombres.

Fechas.

Eventos.

Todo.

Hasta que encontré algo.

Proyecto HeartPlay — Registro privado.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

Abrí el archivo.

Pero estaba protegido con contraseña.

—Vamos…

Probé algunas fechas.

Nada.

Nombres.

Nada.

Elena.

Nada.

Valeria.

Nada.

Adrian.

Me quedé quieta.

No quería hacerlo.

Pero finalmente escribí su nombre.

La pantalla se quedó cargando.

Y entonces…

ACCESO DENEGADO.

Fruncí el ceño.

Eso era extraño.

¿Por qué su nombre estaba registrado?

Intenté entrar otra vez.

Nada.

Hasta que escuché pasos detrás de mí.

Me giré.




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