Amor en las alturas

1

Presioné el botón del interfon y acerqué el micrófono a mis labios mientras la estructura del avión vibraba por la desaceleración sobre la pista. Miré a todos los pasajeros del vuelo 235.

—Damas y caballeros, bienvenidos al Aeropuerto Peretola de Florencia —anuncié—. La hora local es la una y veinte de la tarde. Por su seguridad, les pedimos permanecer sentados con el cinturón de seguridad abrochado y el equipaje de mano resguardado hasta que el avión se detenga y la señal luminosa de cinturones se apague. Recuerden mantener sus dispositivos en modo avión hasta la apertura de puertas. A nombre de AeroVane y de toda nuestra tripulación, les agradecemos por elegir volar con nosotros.

Respiré profundo.

—Que tengan una excelente estancia en Italia.

Colgué el receptor en su soporte en la pared del galley posterior y aseguré las trabas del carrito de servicio. Escuché como aplaudían, algo banal y sin sentido, pero que a las personas les gustaba.

Verifiqué que cada seguro de la cocina de a bordo estuviera fijado para evitar que los compartimentos se abrieran con el frenado final y mis compañeras repitieron lo del cinturón de seguridad, así como levantaron las mesitas para que no se sacudieran con el descenso.

Una vez que el avión se acopló a la pasarela y se escuchó el pitido que apagaba la señal de cinturones, tomé mi posición junto a la puerta principal de la cabina. Ajusté la pañoleta de mi uniforme, me erguí y mantuve la postura. Una gran sonrisa se asomó en mis labios y miré como uno a uno se levantaban de sus asientos.

Los pasajeros de primera clase y cabina principal comenzaron a avanzar hacia la salida cargando sus equipajes de mano.

—Muchas gracias por la atención, señorita. Excelente vuelo —dijo un ejecutivo al pasar a mi lado, con un fuerte aroma a roble.

—Fue un placer. Que tenga un buen día —respondí con una ligera inclinación de cabeza—. Muchas gracias por preferirnos.

—Gracias por la ayuda con el equipaje arriba, querida —comentó una mujer mayor al salir, ayudada con su hija Mercy.

—Para servirle. Disfrute mucho su viaje —le devolví la sonrisa.

Uno a uno, fueron saliendo, despidiéndose y agradeciendo.

—Gracias, buen trabajo —añadió un pasajero más al cruzar el umbral hacia el pasadizo con un maletín de laptop colgado.

—Gracias por volar con AeroVane, hasta pronto —repetí.

Cuando el último pasajero cruzó la pasarela y la cabina quedó vacía, me quedé de pie junto a las otras dos aeromozas que terminaban de revisar los asientos. Las conocía poco. Desde que me había cambiado de agencia, pocas veces compartía con las mismas chicas o chicos. La mayoría se rotaban dependiendo de la zona a la que se dirigía el vuelo. Lo único que sabía era que Carly, la chica más gordita y con mejillas llenas de pecas, llevaba cinco años trabajando en AeroVane, y que Tori llevaba cerca de tres meses y que aun tenía miedo cuando el avión se sacudía en las turbulencias.

—¿Qué vas a hacer este fin de semana? —me preguntó Tori mientras se soltaba el moño del peinado que solía apretarse mucho.

Saqué mi maleta de mano del compartimento de tripulación y la puse sobre las ruedas. Amaba mi maleta rosada de brillantes. Era la que usaba cuando sabía que podría quedarme a recorrer los lugares. Y si era honesta, era la razón por la que elegí esa profesión, porque podía conocer lugares y arriesgar a morir a diez mil pies de altura,

—Solo recorrer Italia —respondí.

—Que lo disfrutes —dijo guiñándome un ojo antes de girarse hacia los asientos para terminar de revisar. Era obsesiva con eso.

Tiré del asa de mi equipaje y caminé a través del túnel de desembarque hacia la terminal. Amaba salir por ese túnel. El murmullo de la masa de viajeros llenaba el pasillo cuando, de pronto, un par de brazos fuertes me sujetaron por la cintura desde atrás, pegando mi espalda contra un torso firme.

Sonreí de inmediato al sentir su calor, oler su aroma, sentirlo.

—¿Disfrutó su vuelo, señorita? —murmuró cerca de mi oído.

Cerré los ojos al calor de su aliento.

—Estuvo bien —dije girándome entre sus brazos sin soltar la maleta y viendo esos perfectos ojos grises hermosos—. Aunque el capitán atravesó la turbulencia como si fuese Zeus.

Russel dejó escapar una carcajada baja.

—Quizá no lo soy, pero me gustan los desafíos.

Reí contra sus labios mientras nos poníamos en marcha, no sin antes dejar que nuestras bocas se encontraran en un beso que debido a los reglamentos era indebido. Salimos juntos de la terminal hasta la zona de descargas, donde un auto negro con chófer nos esperaba con el motor encendido. Subimos a la parte trasera y Russel se quitó la gorra de capitán, dejándola a un lado.

Me pegué más a su costado, buscando la comodidad de su hombro. Cuando estaba cerca, todo parecía encajar.

—¿Estás lista para conocer a mi familia? —preguntó deslizando los dedos entre los míos. Su tacto era cálido, de confort.

Respiré profundo.

—Sí, aunque estoy nerviosa.

—Ya conoces a mi hijo menor, y él te ama —recordó tranquilo, y eso me recordó que cuando lo conocí temía que pensara que su padre estaba enfermo por salir con una chica muchos años menor que él y de la edad de su hijo—. Solo necesitas conocer al resto.




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