No me gusta cómo está respirando mi hijo.
Hace unos minutos estaba dormido, cansado pero tranquilo y ahora su pecho sube y baja demasiado rápido. Me inclino hacia él y le toco la frente, está húmeda, sus labios tienen un color que no me gusta y cuando abre los ojos me mira como si quisiera decir algo pero no tuviera fuerzas.
—Alex…
El monitor empieza a sonar distinto. No sé leer esos números pero sé cuándo algo no está bien. Aprieto el botón para llamar a la enfermera y siento que el corazón me late en la garganta.
—¡Por favor! —Digo cuando entra—. Algo le pasa.
Ella se acerca rápido mira la pantalla toca el brazo de mi hijo y su expresión cambia apenas. No dice nada alarmante pero sale al pasillo y la escucho llamar a alguien.
Los pasos llegan antes de que pueda pensar más. Un doctor entra con seguridad directo a la cama. Lo reconozco, es el doctor Rhoades quien cuida de mi niño. Revisa el monitor escucha su pecho y habla:
—¿Ya le administraron la dosis? —Pregunta hacia las enfermeras.
La enfermera duda.
—Doctor… el medicamento no llegó en la tanda de este mes.
Siento que algo frío me recorre la espalda.
—¿Cómo que no llegó? —Su voz sigue firme pero más tensa.
—Nos informaron que el pedido fue reducido... Estamos esperando reposición.
Mi hijo vuelve a jadear y el monitor emite un sonido agudo que me perfora los oídos.
—Busquen en farmacia central —Ordena el doctor—. Verifiquen si queda alguna unidad.
—Ya revisamos esta mañana…
Mi cabeza comienza a dar vueltas... ¿Qué pasa si no hay medicamento? Siento un mareo tan grande y gritos en mi dirección cuando todo se pone oscuro a mi alrededor.
Editado: 09.03.2026