Luego de ser echado de emergencias, no tuvo más opción que llamar a su suegro. Las cosas habían dado un giro mucho más grande de lo esperado, le habían advertido que ella no duraría mucho tiempo en ese lugar y que rogaría para que alguien fuera a buscarla.
Jamás esperó encontrarse con una escena donde ella estuviera tan protegida y mucho menos por tantos hombres.
Eso le hirvió la sangre ya que él era el único que la entendía por completo.
Para hacer la llamada decidió alejarse del molesto ruido de las sirenas. Aquel hospital, además de viejo, contaba con ambulancias viejas que solo empeoraban el martilleo en su cabeza.
Fue entonces cuando divisó de reojo a alguien intentando abrir su vehículo. La poca paciencia que le quedaba explotó.
—¡Oye! Aléjate de mi auto.
La otra persona dio un brinco, mirando con nerviosismo el coche y al hombre de traje una y otra vez.
—¡Oh, lo siento! Pensé que era el mío...
El hombre trajeado soltó una carcajada arrogante.
—¿De este auto? ¿Tienes idea de cuánto cuesta?
—Yo...
—Voy a llamar a la policía.
—No, es que yo...
—Increíble. No llevo ni dos minutos aquí y ya intentan robarme.
La realidad era que aquella persona no era ningún ladrón, sus lentes de contacto le habían causado una severa irritación y apenas podía ver a medias. Al tener un auto también negro, se había confundido por completo, pasando un largo rato intentando forzar la cerradura con su llave antes de ser descubierto.
Pero, aunque su visión era borrosa logró distinguir un haz de luz y una silueta que se aproximaba a gran velocidad.
—¡Cuidado! —Chilló lanzándose a un costado.
—¡No vas a huir!
El reclamo no llegó lejos ya que una motocicleta embistió al hombre de traje a toda velocidad, aplastándolo contra la carrocería de su propio auto. El impacto fue seco y brutal, quedó atrapado en medio del metal mientras un hilo espeso de sangre comenzaba a brotar de su boca.
El caos se desató en segundos.
La gente corrió a rodear la escena y los paramédicos no tardaron en aparecer con una camilla.
Al ingresar a urgencias, la doctora encargada sintió que el corazón se le detenía. No podía creer que el mismo hombre al que acababa de maldecir minutos antes, estuviera ahora frente a ella de esa manera, debatiéndose entre la vida y la muerte.
Editado: 19.05.2026