Cuando trajeron los platos, no pude evitar sorprenderme.
Había una variedad tan amplia de alimentos que por un momento olvidé todo lo demás. Colores, aromas y presentaciones que nunca había visto antes llenaban la mesa.
Tomé un bocado con curiosidad… y luego otro.
Y otro más.
El sabor era exquisito.
Sin darme cuenta, terminé comiendo hasta no poder más.
Mientras descansaba ligeramente en la silla, escuché un murmullo cercano.
—Dicen que el emperador tiene una concubina personal…
—Sí, la favorita…
Las voces eran bajas, casi imperceptibles. Pero suficientes.
Una concubina.
Mis ojos se entrecerraron.
Eso cambiaba las cosas.
Si lograba que el emperador se casara con esa mujer… entonces podría liberarme de este matrimonio sin levantar sospechas.
Un divorcio sería la salida perfecta.
—Interesante… —murmuré, levantándome con calma.
Sin perder tiempo, regresé a mi habitación.
Apenas entré, cerré las puertas con firmeza.
—No quiero que nadie entre hasta mañana —ordené.
—Sí, su majestad —respondieron desde afuera.
El silencio volvió a envolver todo.
Ya era tarde.
Me senté en la cama y cerré los ojos, intentando reconstruir cada detalle de la historia original. Cada evento, cada personaje, cada decisión importante…
Pero algo no encajaba.
Había espacios en blanco.
Detalles que no recordaba… o que simplemente no existían antes.
Fruncí el ceño.
Eso no era buena señal.
Si la historia estaba cambiando, entonces ya no podía confiar completamente en mis recuerdos.
De pronto—
Toc, toc.
El sonido en la puerta rompió el silencio.
Abrí los ojos de inmediato.
—¿Quién es? —pregunté con firmeza.
Hubo una breve pausa.
Y entonces…
—Mamá…
La palabra cayó como un golpe.
Mi cuerpo se tensó al instante.
Esa voz…
Era infantil, pero había algo extraño en ella. No sonaba inocente. Era demasiado firme, demasiado controlada.
Mi mente comenzó a girar rápidamente.
¿Mamá?
Eso no tenía sentido.
En la historia original nunca se mencionó que la emperatriz tuviera un hijo.
Nunca.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Esto no estaba en el libro… —pensé.
Y si eso había cambiado…
Entonces todo podía cambiar.
Respiré hondo, intentando calmarme.
No podía mostrar duda. No podía mostrar miedo.
Fuera quien fuera… debía enfrentarlo.
Me levanté lentamente y caminé hacia la puerta.
Por un instante dudé.
Pero solo fue un instante.
Apreté el pomo y abrí.
Al otro lado, un niño de mirada oscura me observaba en silencio.
Sus ojos no tenían brillo infantil.
Eran profundos… y extrañamente parecidos a los de su padre.
El emperador.
Sentí cómo el aire se volvía pesado.
—Madre —repitió el niño, sin apartar la mirada.
Y en ese momento lo entendí.
Esto…
No era parte de la historia.
Y eso lo hacía aún más peligroso.