Por un momento dudé…
—Dime —respondí finalmente.
El niño me miró con seriedad. Sus ojos no tenían rastro de inocencia.
—Por fin despertaste.
Lo observé con atención, esperando que dijera algo más… pero no lo hizo.
No mostró interés.
Ni emoción.
Nada.
Su mirada recorrió mi cuerpo de pies a cabeza con frialdad, como si me evaluara… y, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se fue.
La puerta se cerró suavemente.
Y yo me quedé ahí, inmóvil.
En shock.
Un hijo…
No podía creerlo.
Eso lo cambiaba todo.
Mi plan de escapar ya no sería tan sencillo como había imaginado.
No ahora.
No con esto.
Mi mente comenzó a llenarse de preguntas.
¿Por qué no estaba en la historia?
¿Desde cuándo existía?
¿Y por qué era tan… frío?
Me llevé una mano a la frente.
—Esto se está complicando…
Me quedé paralizada unos momentos, intentando procesarlo todo, hasta que un leve sonido me hizo girar la cabeza.
—Señorita, la cena está lista —dijo una sirvienta con respeto.
Parpadeé, regresando a la realidad.
—Ah… sí, ya voy.
Salí de la habitación y comencé a bajar las grandes escaleras del palacio.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Pensaba… y pensaba…
Pero no encontraba una respuesta clara.
En la novela original, ese niño no existía.
Y eso solo significaba una cosa:
El destino ya había cambiado.
Cuando llegué al comedor, el ambiente era tan imponente como siempre.
Allí estaba él.
Mi peor enemigo.
El hombre que me había quitado la vida sin dudar.
Kai
Sentado con elegancia, como si el mundo entero le perteneciera.
Ni siquiera me miró al entrar.
Más lejos, en silencio…
Estaba el niño.
El mismo que me había llamado “mamá”.
No sabía su nombre.
No recordaba haberlo visto jamás en la historia.
Y eso me inquietaba más de lo que quería admitir.
Respiré hondo y avancé.
—Es un placer verlo hoy, su majestad —dije con cortesía.
Kai apenas me echó un vistazo… y continuó comiendo como si yo no existiera.
Apreté ligeramente los dedos, pero no dije nada.
Seguí caminando y tomé mi asiento.
La cena transcurrió en un silencio incómodo.
Nadie hablaba.
Nadie se atrevía.
El ambiente, poco a poco, se volvió más tenso, casi asfixiante.
Era como si todos evitaran romper una calma que en realidad no existía.
Terminé de comer sin decir una palabra.
Y, en cuanto fue posible, me levanté.
—Con su permiso.
Nadie respondió.
Salí del comedor y, por fin, al estar sola en el pasillo… respiré.
Profundamente.
Como si hubiera estado conteniendo el aire todo ese tiempo.
Regresé a mi habitación y cerré la puerta detrás de mí.
Esta vez, no dudé.
Me senté y comencé a ordenar mis pensamientos.
Divorciarme… seguía siendo una opción.
Pero ahora ya no era tan simple.
Había un problema nuevo.
Un factor que no podía ignorar.
Ese niño.
Si realmente era mi hijo…
Entonces no podía abandonarlo así sin más.
Y además…
Sabía algo con certeza.
El emperador no lo cuidaría.
No alguien como él.
Cerré los ojos un instante.
Tal vez…
Ese niño estaba destinado a convertirse en alguien oscuro.
En un villano.
Pero si eso era así…
Entonces yo podía cambiarlo.
Una leve sonrisa apareció en mis labios.
—Primero… me ganaré su confianza.
Abrí los ojos, decidida.
—Y después… su cariño.
No sabía su nombre.
No sabía su historia.
Pero había algo que tenía claro.
Esta vez…
No solo cambiaría mi destino.
También cambiaría el suyo.