Hana Yoo
Hay silencios que son tranquilos.
Y hay silencios que pesan tanto que te aplastan el pecho.
Este... era del segundo tipo.
Desde el festival universitario, desde que me alejé de Minho entre globos y luces que ya no significaban nada, el campus se sentía distinto. Más grande. Más frío. Como si de pronto todos los caminos evitaran cruzarse con el suyo... o conmigo.
O tal vez era yo.
Tal vez era yo la que estaba evitando verlo.
Caminaba por los pasillos con los audífonos puestos, aunque no estuviera escuchando nada. Me sentaba en clase siempre al fondo. Salía rápido, sin quedarme a charlar. Yuri decía que estaba "en modo fantasma".
Yo lo llamaba supervivencia emocional.
Porque admitir que me dolía...eso era más difícil que cualquier examen final.
En la biblioteca, el martes por la tarde
Entré solo porque necesitaba un libro.
Uno cualquiera.
Algo que me diera una excusa para estar ahí.
El problema con la biblioteca es que está llena de recuerdos.
Nuestra mesa.
Nuestro rincón.
El lugar exacto donde Minho solía empujarme el café diciendo "no lo derrames".
Apreté los dedos alrededor de la correa de mi mochila.
—Solo cinco minutos —me dije—. Entras, tomas el libro y sales.
Mentira.
Porque ahí estaba.
Kang Minho.
Sentado. Solo. Con el ceño ligeramente fruncido y una hoja en blanco frente a él.
Mi corazón dio un salto estúpido.
No me había preparado para verlo.
Intenté girar, pero fue tarde.
Nuestros ojos se encontraron.
Y fue como si el mundo hiciera pausa.
No hubo sorpresa en su mirada.
Ni enojo.
Solo... cansancio.
Eso dolió más.
Bajé la mirada primero.
Porque si lo miraba un segundo más, iba a olvidar todas las razones por las que me alejé.
Caminé hacia los estantes, fingiendo buscar algo con mucho interés. Sentía su presencia como un peso constante en la espalda.
¿Me estaría mirando?
¿O ya habría vuelto a su hoja en blanco?
Tomé un libro al azar. Ni siquiera leí el título.
Cuando me giré para irme, su voz me alcanzó.
—Hana.
Solo mi nombre.
Dicho así, suave.
Me detuve.
No me giré de inmediato.
—¿Qué? —pregunté, cuidando que mi voz no temblara.
Escuché cómo se levantaba de la silla.
Sus pasos se acercaron, lentos. Como si no quisiera asustarme.
—No he podido hablar contigo —dijo.
—Eso fue decisión tuya —respondí, aún sin mirarlo.
Silencio.
—Lo sé.
Eso... no lo esperaba.
Me giré.
Estaba a un par de pasos de distancia. Sin su típica postura segura. Sin sarcasmo. Sin armadura.
—Entonces no entiendo por qué me detienes —dije—. Ya quedó claro todo.
—No quedó claro para mí.
Reí sin humor.
—Siempre dices eso.
Él apretó la mandíbula.
—Y siempre te molesta.
—Porque me cansa, Minho —admití—. Me cansa ser la que espera, la que entiende, la que justifica.
Su mirada se suavizó.
—Nunca quise ponerte en ese lugar.
—Pero lo hiciste.
Silencio otra vez.
Ese que grita.
—No te pedí que te fueras —dijo al fin.
—No —respondí—. Pero tampoco me pediste que me quedara.
Eso lo golpeó.
Lo vi en sus ojos.
Y por un segundo, quise abrazarlo. Decirle que todo iba a estar bien. Que no tenía que tener todas las respuestas.
Pero no.
Porque yo también estaba aprendiendo a no abandonarme.
—Hana... —dijo—. Estoy intentando entender lo que siento.
—Yo también —respondí—. Y lo que siento ahora es que no puedo seguir viviendo en un "tal vez".
Me acerqué un paso, lo suficiente para que me escuchara bien.
—No te estoy cerrando la puerta —continué—. Solo estoy dejando de quedarme parada frente a ella esperando que la abras.
Sus ojos brillaron.
No de lágrimas.
De miedo.
—Tengo miedo —confesó.
Eso me desarmó.
—Yo también —dije más bajo—. Pero la diferencia es que yo ya lo acepté.
Nos quedamos ahí, mirándonos, rodeados de libros y palabras que nunca iban a decir lo suficiente.
—No te odio —añadí—. Ni siquiera estoy enojada.
—Entonces... ¿qué somos ahora? —preguntó.
Respiré hondo.
—Dos personas que se importan... y que necesitan espacio para no hacerse daño.
Eso fue lo más honesto que pude ofrecer.
Me di la vuelta antes de que él pudiera responder.
Esta vez, no me detuvo.
Esa noche
No pude dormir.
Miraba el techo, repasando cada palabra, cada silencio, cada cosa que no dije.
¿Hice lo correcto?
¿O solo estaba huyendo?
Mi teléfono vibró.
Mensaje de Yuri.
No te voy a presionar. Pero... él está mal. Mucho.
Cerré los ojos.
Claro que lo estaba.
Yo también.
Escribí... borré... escribí otra vez.
No quiero que esté mal. Solo quiero que sea honesto. Incluso si eso significa que no soy yo.
No hubo respuesta inmediata.
Dejé el teléfono a un lado.
Las lágrimas llegaron sin permiso.
Porque nadie te enseña cómo soltar a alguien que todavía te importa.
Días después
Empezamos a coexistir.
Sin peleas.
Sin miradas largas.
Sin roces innecesarios.
Como dos planetas que alguna vez compartieron órbita... y ahora giraban separados.
A veces lo veía de lejos.
A veces sentía su mirada.
Nunca se acercaba.
Nunca me evitaba.
Era... respeto.
Y dolía.
Hasta que un viernes por la tarde, mientras salía de la cafetería, la señora Go me detuvo.
—Hana —dijo—. El chico serio.
—¿Minho?
—Sí. Vino hace rato. Te dejó esto.
Me entregó un vaso de café.
Caliente.
Sin azúcar.
Como me gustaba.
Y debajo, una nota doblada.
La abrí con manos temblorosas.
"No sé hacerlo bien. Pero estoy intentando no hacerlo mal.