Amor en Pausa

Capítulo 10: Las cosas que no dijo (pero hizo)

Hana Yoo

Hay personas que saben amar con discursos largos, con palabras bien ensayadas y frases que suenan perfectas en una canción romántica.

Y luego está Kang Minho.

El tipo que se queda callado.

El que duda.

El que no sabe cómo decir lo que siente... pero que, cuando decide actuar, lo hace de una forma tan silenciosa y precisa que te rompe por dentro.

Yo no lo noté de inmediato.

Porque estaba ocupada intentando estar bien.

Convenciéndome de que el espacio era lo correcto.

De que había hecho lo mejor para ambos.

Pero Minho...

Minho no se fue.

Solo cambió la forma de estar.

Llegué tarde a clase, como siempre.

Con el cabello aún húmedo, la mochila medio abierta y esa sensación constante de que mi vida universitaria era un caos funcional.

Me deslicé hasta mi asiento esperando lo peor.

Pero ahí estaba.

Un café.

Sobre mi mesa.

Mi café.

Vaso mediano, tapa bien cerrada, exactamente a la temperatura correcta. No demasiado caliente. No tibio.

Lo reconocí incluso antes de ver la etiqueta.

Sin azúcar.

Mis dedos temblaron un poco al tomarlo.

Había algo escrito a mano, con letra pequeña y ordenada.

"No lo derrames."

Levanté la vista de inmediato.

Minho estaba sentado unas filas adelante, completamente serio, concentrado en la clase, como si no acabara de desordenarme el corazón.

No me miró.

Ni una sola vez.

Y aun así, sentí que ese café era una conversación completa.

Sonreí como tonta el resto de la clase.

Después, en la biblioteca, intenté concentrarme.

De verdad lo intenté.

Pero cuando abrí mi cuaderno de economía, algo cayó al suelo.

Una nota doblada con cuidado.

La abrí.

"Página 143. El ejemplo está mal explicado.

Hice una corrección al margen."

—¿Qué...? —susurré.

Busqué la página.

Ahí estaba.

Su letra.

Limpia. Precisa. Con flechas, fórmulas corregidas... y al final, casi escondida, una carita mínima. Ridículamente pequeña.

Me llevé la mano a la boca.

—No puede ser...

Levanté la mirada.

Minho estaba al otro lado de la biblioteca, aparentemente absorto en un libro.

Pero su oreja... su oreja estaba roja.

No aguanté.

Reí bajito, tapándome la boca como si eso pudiera ocultar lo evidente.

En la cafetería, el día fue un desastre.

La máquina de espresso decidió traicionarnos, la fila no avanzaba y yo estaba a punto de perder la paciencia... y la dignidad.

—Hana.

Levanté la vista.

Minho.

Con las mangas remangadas y una expresión concentrada.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—La máquina está fallando —dijo—. Vi el modelo. Puedo arreglarla.

—¿Desde cuándo sabes de eso?

—Desde que me cansé de tomar café malo.

Antes de que pudiera protestar, ya estaba detrás del mostrador, revisando piezas, ajustando tornillos, murmurando cosas técnicas que no entendí.

—Oye —dije—. Esto no es tu trabajo.

—Lo sé.

—Entonces—

—Déjame hacerlo.

No fue arrogante.

Fue firme.

Decidido.

Cuando la máquina volvió a funcionar, la señora Go casi le aplaudió.

—Joven Kang —dijo—, si algún día deja la economía, tiene trabajo aquí.

—Gracias —respondió él—. Pero solo arreglo máquinas cuando es importante.

Me miró.

Solo un segundo.

Y se fue.

Yo me quedé ahí, con el corazón golpeándome el pecho como si hubiera corrido una maratón emocional.

El cielo se nubló esa tarde.

Y claro... empezó a llover.

Yo no llevaba paraguas.

Otra sorpresa inexistente en mi vida.

Corría intentando cubrirme cuando un paraguas negro apareció sobre mí.

—Te vas a enfermar —dijo una voz que ya conocía demasiado bien.

—No soy de azúcar —respondí.

—Pero eres descuidada.

—Eso sí.

Caminamos juntos bajo el paraguas.

Demasiado cerca.

Nuestros hombros se rozaban, y yo sentía cada paso como si fuera importante.

—No tienes que hacer esto —dije.

—Lo sé.

—Entonces... ¿por qué lo haces?

Se detuvo.

La lluvia seguía cayendo.

—Porque no soy bueno hablando —dijo—. Pero sí observando.

Lo miré.

—¿Observando qué?

—A ti.

Mi respiración se quedó a medio camino.

—Sé cómo tomas el café.

—continuó—

—Sé cuándo finges que estás bien.

—Sé que te muerdes el labio cuando estás nerviosa.

—Y sé que no te gustan las promesas que no se cumplen.

Tragué saliva.

—Minho...

—No te estoy pidiendo nada —dijo—. Solo... quiero que sepas que no dejé de sentir.

No me besó.

No me tocó.

Solo ajustó el paraguas para cubrirme mejor... aunque él terminara mojándose.

Y eso fue injustamente romántico.

Más tarde, en el salón, encontré algo dentro de mi mochila.

Un termo.

Mi termo.

El que había perdido semanas atrás.

Dentro había una nota.

"Lo encontré en la sala de estudio. Lo lavé.

No estaba roto. Como tú."

Me cubrí la cara.

—Eres increíblemente peligroso —murmuré.

—¿Eso es bueno o malo? —preguntó una voz.

Levanté la vista.

Minho estaba apoyado en la puerta.

Me acerqué sin pensarlo.

—Eres injusto —le dije.

—¿Por qué?

—Porque haces que sea imposible no quererte... incluso cuando no dices nada.

Se quedó quieto.

—No digo nada porque aún estoy aprendiendo —respondió—. Pero no quiero dejar de demostrar.

Lo miré a los ojos.

—No digo que todo esté resuelto —dije—. Pero tampoco puedo ignorar lo que haces.

Respiró profundo.

—Entonces... ¿puedo seguir? —preguntó—. ¿Seguir demostrando?

Sonreí.

—Mientras no me derrames café encima.

Rió.

Una risa real. Abierta. Hermosa.




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