Hana Yoo / Kang Minho
Hana Yoo
Nunca he sido buena para los conflictos.
No porque no tenga carácter, sino porque aprendí temprano que defenderte cansa. Que explicar quién eres, lo que vales y por qué mereces respeto puede agotarte más que quedarte callada.
Por eso, cuando entré a la sala de juntas del edificio administrativo, no esperaba nada fuera de lo normal.
Una reunión más.
Opiniones cruzadas.
Egos disfrazados de argumentos académicos.
Lo típico.
Lo que no esperaba... era sentirme tan pequeña.
La mesa era larga. Demasiado para mi gusto. Me senté cerca del extremo, con mis apuntes ordenados y el corazón tranquilo. Minho estaba unos asientos más allá, serio, callado, observando como siempre.
Eso me tranquilizaba.
Hasta que habló Hyejin.
—Creo que debemos ser más cuidadosos con los proyectos que vamos a respaldar oficialmente —dijo, con su tono suave—. Algunos tienen buenas intenciones, pero carecen de rigor técnico.
Levantó la mirada.
Hacia mí.
No fue directo.
Fue peor.
—No podemos permitir que el entusiasmo sustituya a la preparación —continuó—. Especialmente cuando sabemos que ciertas propuestas dependieron demasiado del trabajo de otros.
Sentí el golpe.
No fue fuerte.
Fue preciso.
Como un comentario lanzado para que pareciera casual... pero no lo era.
—¿Te refieres a mi proyecto? —pregunté, manteniendo la espalda recta.
Ella sonrió apenas.
—Si te identificas, no necesito aclararlo.
Algunas personas intercambiaron miradas incómodas. Nadie dijo nada.
Yo apreté el bolígrafo.
—Mi propuesta fue evaluada y aprobada por un jurado —respondí—. No fue una decisión impulsiva.
—Claro —dijo—. Con el apoyo adecuado, cualquiera puede destacar.
Ahí fue cuando sentí algo peor que enojo.
Vergüenza.
No por mí.
Sino porque estaba acostumbrada a que esto pasara... y a enfrentarme sola.
Kang Minho
No planeaba intervenir.
De verdad.
Las reuniones me resultan un ejercicio de paciencia. Mucha charla. Pocas soluciones. Mucho ego.
Pero cuando escuché su nombre implícito entre líneas... algo dentro de mí se tensó.
Observé a Hana.
La forma en que sostuvo la mirada.
Cómo apretó el bolígrafo.
Cómo respiró hondo antes de responder.
La conocía lo suficiente para saber cuándo estaba aguantando más de lo que debía.
Y entonces Hyejin dijo eso.
"Con el apoyo adecuado".
Ahí me levanté.
No lo pensé.
Simplemente ocurrió.
—Eso no es justo —dije.
Mi voz resonó más fuerte de lo que esperaba.
Todas las miradas se giraron hacia mí.
Incluida la de Hana.
Y esa mirada... me atravesó.
—Minho —dijo Hyejin, sorprendida—. No quise—
—Sí quisiste —interrumpí, sin levantar la voz—. Y no voy a quedarme callado.
Respiré hondo.
—Hana no "dependió" de nadie. Ella creó la idea original, sostuvo el proyecto cuando fue criticado y lo defendió frente al jurado con argumentos sólidos.
Miré a la mesa completa.
—Si alguien quiere hablar de rigor, hablemos con datos. No con insinuaciones.
Hyejin se removió en su asiento.
—Solo expresé una preocupación —dijo.
—No —respondí—. Expresaste un prejuicio.
El silencio cayó pesado.
—Hana trabajó más horas que cualquiera en este proyecto —continué—. Y si hoy está aquí, es porque lo merece. No porque yo la haya "respaldado".
La miré.
—Y no voy a permitir que se la minimice para elevar a otros.
Eso fue todo.
Me senté.
El corazón me latía como si hubiera corrido.
Pero no me arrepentí.
Ni por un segundo.
Hana Yoo
No sabía qué sentir.
El orgullo me apretaba el pecho.
La sorpresa me dejó sin palabras.
Y la emoción... esa fue la más peligrosa.
Minho.
De pie.
Sereno.
Defendiéndome sin pedir permiso.
No exageró.
No gritó.
No me reemplazó.
Solo dijo la verdad.
Y lo hizo frente a todos.
La reunión terminó poco después. Nadie tenía ganas de seguir discutiendo.
Salí rápido.
Necesitaba aire.
Sentí las lágrimas subir sin aviso.
No de tristeza.
De algo mucho más intenso.
—Hana.
Me giré.
Minho estaba ahí.
—No tenías que hacer eso —dije, casi sin voz.
—Sí tenía.
—Te expusiste.
—No me importa.
—A mí sí —respondí—. No quiero que tengas problemas por mí.
Me miró con una calma que me desarmó.
—No fue por "ti" —dijo—. Fue por lo que es justo.
—Eso es peor —murmuré—. Porque nadie hace eso sin sentir algo.
Él guardó silencio.
—¿Estás molesta? —preguntó.
—No —respondí—. Estoy... conmovida. Y un poco asustada.
Sonrió apenas.
—Yo también.
Y esa honestidad... me rompió.
Kang Minho
La acompañé hasta el jardín.
No sabía si debía decir algo más.
No quería presionarla.
—No esperaba aplausos —dije—. Ni agradecimientos.
—Lo sé.
—Solo... cuando alguien intenta hacerte sentir menos, algo dentro de mí se rebela.
Se detuvo.
—¿Por qué? —preguntó.
Esa pregunta me dejó expuesto.
—Porque te respeto —respondí—. Porque admiro cómo sigues adelante incluso cuando te subestiman. Y porque no soporto la idea de que pienses que estás sola.
Sus ojos brillaron.
—Eso no es justo —dijo, riendo con lágrimas—. Estás haciendo que me enamore de ti sin pedir permiso.
Mi corazón casi se detuvo.
—¿Eso es una queja? —pregunté.
—Es una advertencia.
Me acerqué un poco.
—No soy bueno prometiendo cosas —dije—. Pero sí soy bueno quedándome. Defendiendo. Eligiendo.
Tragué saliva.
—Y hoy te elegí sin dudar.
Nos miramos.
Tan cerca.