Hana Yoo
Hay una teoría no comprobada —pero absolutamente cierta— que dice que cuando tu vida emocional está hecha un desastre, el universo decide observarte como si fueras una serie dramática de viernes por la noche.
Con palomitas.
Ese día, el universo estaba cómodamente sentado.
Yo lo sabía porque todo se sentía... demasiado tranquilo.
Demasiado sospechoso.
No tropecé camino a clases.
No derramé café.
Y Minho no me evitó... ni me persiguió.
Lo cual, honestamente, era más inquietante que cualquier discusión.
Clase de Economía – 3:10 p.m.
Llegué justo a tiempo. Milagro número uno.
Busqué asiento y, por supuesto, el único libre estaba a su lado.
Kang Minho.
Con su cuaderno perfectamente alineado, su pluma cara y esa expresión seria que ahora sabía que era una mentira parcial.
—¿Está ocupado? —pregunté, señalando la silla.
—Solo si planeas derramar algo —respondió sin mirarme.
—Estoy teniendo un día sorprendentemente funcional.
—Eso es preocupante.
Me senté.
Nuestros brazos se rozaron.
Retiré el mío como si me hubiera electrocutado.
Él hizo exactamente lo mismo.
Nos miramos.
—Fue un accidente —dije.
—Claramente —respondió.
Cinco segundos después, nuestros codos volvieron a tocarse.
Esta vez, ninguno se movió.
Yo fingí tomar apuntes.
Él fingió entender la macroeconomía.
Nadie ganó.
Pensamientos internos de Hana Yoo
Ok.
Respira.
No es gran cosa.
Solo estás sentada junto al chico que te defendió frente a medio comité académico y luego te besará en algún punto del futuro si este fuera realmente un k-drama bien escrito.
Tranquila.
Biblioteca – 6:40 p.m.
Entré buscando concentración.
Salí encontrándome con él.
Minho estaba en nuestra mesa. La que nadie más usaba porque, según Yuri, tenía "energía romántica reprimida".
—Hola —dije, demasiado fuerte.
Varias personas nos miraron.
—Hola —respondió él, bajito.
Me senté frente a él y abrí un libro al azar.
Lo puse al revés.
Él lo notó.
—Está al revés —dijo.
—Lo sé. Es... lectura abstracta.
—Claro.
Intenté cambiar de tema antes de morir de vergüenza.
—¿Por qué estás aquí tan tarde?
—Pensé que vendrías.
Mi cerebro dejó de funcionar exactamente tres segundos.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Y si no venía?
—Entonces habría esperado un poco más.
Tragué saliva.
—Eso no es muy eficiente —intenté bromear.
—No todo lo importante lo es.
Silencio.
Peligroso.
—Por cierto —añadió—, la señora Go dijo que si vuelves a romper la máquina de espresso, nos expulsan a ambos del campus.
—¿"Nos"? —arqueé una ceja.
—Asumo responsabilidad compartida.
—Wow —reí—. Esto sí es compromiso.
Él sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Real.
Mi corazón hizo una voltereta ilegal.
Salimos cuando la biblioteca cerró, afuera en el jardín del campo.
El cielo estaba oscuro, pero las luces del campus hacían que todo pareciera... íntimo. Caminábamos despacio, como si ninguno quisiera ser el primero en despedirse.
—Minho —dije—, ¿puedo preguntarte algo raro?
—Esa frase siempre termina mal.
—¿Te arrepientes?
Se detuvo.
Yo también.
—¿De qué exactamente? —preguntó.
—De... todo esto —dije, señalándonos—. De complicarte la vida conmigo.
Se giró por completo hacia mí.
—No —respondió sin dudar—. Me arrepentiría más de no haberlo intentado.
—Eso sonó peligrosamente maduro.
—No lo repitas. Arruinarías mi reputación.
Reí.
Y entonces tropecé.
Sí.
Tropecé.
El universo no podía resistirse.
—¡Ah! —exclamé, cerrando los ojos.
Pero no caí.
Dos manos me sostuvieron.
Firmes.
Calientes.
Minho.
—¿Estás bien? —preguntó, demasiado cerca.
—Sí —respondí—. Solo... dignamente humillada.
—Es tu estado natural —dijo con seriedad.
—¡Oye!
Sonrió.
Y no me soltó.
No de inmediato.
Nos quedamos así.
Demasiado cerca.
—Hana —dijo más bajo—. Ya no quiero seguir dudando cuando se trata de ti.
Mi respiración se volvió irregular.
—Eso suena importante.
—Lo es.
Levantó una mano y la llevó a mi mejilla con cuidado, como si yo fuera algo frágil.
—No sé hacerlo perfecto —continuó—. Pero sé que cuando no estás, todo se siente... mal organizado.
Solté una risa nerviosa.
—¿Acabas de describir sentimientos como si fueran hojas de cálculo?
—Es lo mejor que puedo hacer.
—Entonces lo estás haciendo bien.
Se inclinó lentamente.
Tan lento que tuve tiempo de pensar: ah, así se siente cuando el tiempo se rinde.
Nuestros labios se rozaron apenas.
Se detuvo.
—¿Está bien? —susurró.
Asentí.
Y entonces me besó.
Despacio.
Con cuidado.
Como si el beso fuera una pregunta y no una afirmación.
Fue suave.
Cálido.
Nada exagerado.
Nada apresurado.
Solo... correcto.
Mis manos se aferraron a su abrigo.
Él suspiró contra mis labios.
El mundo desapareció.
Cuando nos separamos, apoyó su frente en la mía.
—Esto... —dijo— no estaba en mi plan.
—El mío tampoco —respondí—. Pero me gusta.
Sonrió.
Una sonrisa completa.
—A mí también.
Y justo cuando el momento era perfecto...
—¡Hana! —gritó Yuri desde lejos—. ¡TE VI!
Me separé de Minho como si me hubieran descubierto cometiendo un crimen.
—¡YURI! —grité.
—¡NO TE PREOCUPES! —respondió—. ¡SOY FELIZ POR TI! ¡PERO LUEGO HABLAMOS!
Minho carraspeó.
—¿Siempre es así?
—Peor —suspiré—. Mucho peor.
Él rió.
Rió de verdad.
Y en ese momento supe algo con absoluta claridad: