Amor en Pausa

Capítulo 13: Rumores, nervios y el arte de no saber dónde poner las manos

Kang Minho

Hay cosas para las que nadie te prepara.

Exámenes finales.

Presentaciones frente a jurados.

Entrevistas con gente que juzga cada palabra que dices.

Todo eso lo sé manejar.

Lo que no sé manejar es despertar después de besar a Hana Yoo y darme cuenta de que ahora... absolutamente todo es distinto.

No en un sentido filosófico.

En un sentido práctico.

Por ejemplo: ¿cómo se camina junto a alguien a quien besaste sin parecer sospechoso?

Respuesta: no se puede.

Lunes – 8:12 a.m. – Campus

La vi desde lejos.

Hana caminaba hacia el edificio principal con su mochila colgando de un solo hombro y el cabello todavía un poco desordenado. Se veía... normal.

Demasiado normal para alguien que me besó bajo las luces del jardín la noche anterior.

Yo, en cambio, sentía que tenía un letrero en la frente que decía:

BESÉ A HANA YOO. REPITO. LA BESÉ.

Respira, Minho.

Camina normal.

No mires fijamente.

No sonrías como idiota.

La alcancé.

—Buenos días —dije, con voz extrañamente estable.

Ella se giró.

Y sonrió.

Sonrió esa sonrisa.

Mi cerebro se apagó durante exactamente tres segundos.

—Buenos días —respondió—. ¿Dormiste bien?

—No.

—¿Por el proyecto?

—No.

Silencio.

Incómodo.

Hermoso.

—Yo tampoco —dijo ella—. Yuri me interrogó hasta las tres de la mañana.

Mi estómago se contrajo.

—¿Interrogó... sobre qué?

—Sobre absolutamente todo —respondió—. Horarios, iluminación, ángulo del beso, duración emocional...

—¿Duración emocional? —repetí, alarmado.

—Según ella, fue "un beso de desarrollo de personaje".

No supe qué decir.

Así que asentí.

Porque, honestamente, tenía razón.

Ok.

Tranquilo.

No es que ahora sean oficialmente algo...

Pero tampoco son nada.

Pero se besaron.

Pero no hablaron.

Pero se miran raro.

Excelente.

Perfectamente manejable.

Pasillo del edificio de Economía

Caminábamos lado a lado.

Demasiado cerca.

No tan cerca como para tocarnos.

Pero lo suficiente para que mi brazo supiera exactamente dónde estaba el suyo.

—Minho —dijo de pronto.

—¿Sí?

—¿Te molesta si hoy... fingimos normalidad?

—¿Fingimos?

—Sí. Solo... hasta que mi corazón deje de latir como si hubiera corrido una maratón emocional.

Lo pensé.

—Me parece razonable —respondí—. Yo fingiré que sé qué hacer con mis manos.

—¿No sabes?

—Nunca.

Ella rió.

Y ese sonido me desarmó más que cualquier cosa.

Sala de estudio – 11:30 a.m.

Entramos juntos.

Error.

Grave error.

Porque el silencio fue inmediato.

Demasiado inmediato.

Cuatro personas levantaron la vista.

Una dejó caer su pluma.

Otra sonrió como si acabara de confirmar una teoría conspirativa.

—No —murmuré—. No puede ser.

Hana me miró.

—¿Qué?

—Creo que... —bajé la voz— ya saben.

—¿Saben qué?

—Nosotros.

—¿Qué "nosotros"?

En ese momento, Yuri apareció.

Con una sonrisa peligrosa.

Muy peligrosa.

—¡AH! —exclamó—. LOS PROTAGONISTAS.

Hana se cubrió la cara.

—Yuri, por favor...

—No, no —continuó—. Tranquilos. He sido muy discreta.

—Yuri —dije—. ¿A cuántas personas le dijiste?

Ella parpadeó.

—¿Decir qué?

—Yuri.

—Ok, ok... —levantó las manos—. Solo a mi grupo cercano.

—¿Cuántas personas son eso? —pregunté.

—Depende del día.

—Yuri.

—Unas... doce.

Hana emitió un sonido que podría considerarse un grito contenido.

—¡YURI!

—¿Qué? —se defendió—. ¡Esto es histórico! ¡El chico emocionalmente inaccesible besa a la chica caótica! ¡Es oro narrativo!

—No soy caótica —protestó Hana.

—Eres adorablemente caótica —corrigió Yuri—. Y tú —me señaló—, tienes cara de alguien que no durmió por pensar en ella.

Me quedé congelado.

Hana me miró.

—¿Es cierto?

—...Tal vez.

Ella sonrió.

Y ahí perdí toda dignidad restante.

Cafetería – 2:00 p.m.

La peor parte no fueron los rumores.

Fueron las miradas.

Las miradas que decían:

"Ajá."

"Lo sabía."

"Ese beso tuvo testigos energéticos."

Me senté frente a Hana.

Ella jugueteaba con su popote.

—Esto es raro —dijo.

—Sí.

—No en mal sentido.

—Lo sé.

—Pero siento que todos nos observan.

—Porque lo hacen.

—¿Te incomoda?

Pensé en su risa.

En su beso.

En la forma en que mi día se reorganizó alrededor de ella sin pedirme permiso.

—No —respondí—. Me pone nervioso. Pero no incómodo.

Ella levantó la mirada.

—A mí también.

Silencio.

—Minho...

—¿Sí?

—No estoy pidiendo definiciones hoy.

Exhalé, aliviado.

—Gracias.

—Pero tampoco quiero que esto se convierta en un "beso olvidado".ç

Mi corazón dio un salto.

—No lo será —dije sin pensarlo.

Ella arqueó una ceja.

—¿Eso fue una promesa?

—No —respondí—. Fue... una decisión.

Sonrió.

Y eso fue suficiente.

Tarde – Biblioteca

Estudiábamos.

O fingíamos hacerlo.

Yo llevaba diez minutos leyendo la misma frase.

Ella había escrito su nombre tres veces en el margen del cuaderno.

—Hana —dije—. ¿Estás escribiendo o diseñando una firma?

—Estoy nerviosa.

—Yo también.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que te mueves, pienso que alguien nos está mirando.

—¿Y eso es malo?

—No —admití—. Pero me distrae.

Ella se inclinó hacia mí.

Bajó la voz.

—¿Te distrae... cómo?

Tragué saliva.

—Mucho.

Se separó, satisfecha.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Me gusta que el señor "todo bajo control" esté igual de perdido que yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.