—“No me importa a quién elijas delante de todos…”
Mi voz sale baja, casi temblando… pero no me detengo.
—“porque al final… siempre serás mía, Seraphina.”
El silencio cae pesado en la habitación.
Mis dedos se quedan inmóviles sobre la página.
—“Puedes mirarlo a él…” —continúo, con un nudo en la garganta—
—“…pero sé que en algún momento… vas a pensar en mí.”
Cierro los ojos un segundo.
—“Y cuando eso pase… no voy a dejarte ir.”
El aire se me escapa lentamente.
Bajo la mirada al libro abierto entre mis manos. Las palabras están ahí… intactas… como siempre.
Pero nunca se sienten suficientes.
Aprieto el libro contra mi pecho.
—…¿Cómo pudiste? —susurro.
Mi voz tiembla más de lo que quiero.
—Seraphina… ¿cómo pudiste rechazarlo?
Siento una presión en el pecho.
Molesta. Persistente.
—Él era mejor que ese caballero…
Las palabras salen solas.
Sin pensarlas.
Más sinceras de lo que deberían.
Frunzo el ceño, mirando otra vez la página.
—Al menos él no fingía…
No prometía cosas perfectas.
No sonreía como si todo fuera fácil.
Él sentía de verdad.
Aunque doliera.
Aunque estuviera mal.
—Tú no lo viste…
Mis dedos rozan su nombre, escrito entre las líneas.
—…pero yo sí.
Mi respiración se vuelve más lenta.
Más pesada.
—Yo sí te habría elegido.
El silencio regresa.
Pero esta vez… no se siente vacío.
Se siente… extraño.
Como si las palabras no se hubieran quedado solo en la habitación.
Como si alguien más… las hubiera escuchado.
El silencio vuelve.
Pero esta vez… se siente distinto.
Más pesado.
Más… atento.
Frunzo ligeramente el ceño.
—…¿qué?
Bajo la mirada otra vez al libro.
Las palabras siguen ahí.
Exactamente iguales.
Suelto una pequeña risa, nerviosa.
—Ya…
Claro.
Estoy exagerando.
Paso la página.
Luego otra.
Buscando… no sé exactamente qué.
Hasta que llego otra vez a esa escena.
La confesión.
Mi respiración se detiene un segundo.
—Otra vez…
No debería doler tanto.
Ya sé cómo termina.
Ya sé lo que ella va a decir.
Ya sé cómo él… pierde.
Aun así, mis ojos recorren las líneas lentamente.
—“Aunque el mundo entero se ponga en mi contra…” —leo en voz baja—
Pero me detengo.
Parpadeo.
Frunzo el ceño.
—…no.
Algo está mal.
Me inclino un poco más hacia el libro.
Mis dedos rozan la página, como si pudiera comprobarlo mejor.
Las palabras… no son exactamente las mismas.
—“Aunque el mundo entero se ponga en mi contra…”
Eso está igual.
Mi corazón empieza a latir más rápido.
Sigo leyendo.
—“…aunque tu nombre esté destinado a otro…”
También.
Trago saliva.
—“…yo seguiré eligiéndote…”
Mi respiración se vuelve más corta.
—“…incluso si no eres tú quien me escucha.”
…
El mundo se queda en silencio.
Completo.
—…¿qué?
Mi voz apenas sale.
Eso… no estaba.
Eso nunca estuvo.
Sacudo ligeramente la cabeza.
—No… no, esto no es así…
Paso la página hacia atrás.
Luego hacia adelante otra vez.
Buscando la versión correcta.
La que siempre ha estado ahí.
Pero no aparece.
Solo esa.
Esa frase.
Diferente.
Mis manos empiezan a temblar.
—Estoy recordando mal…
Tiene que ser eso.
Tiene que ser eso.
Pero en el fondo… sé que no.
Porque esa frase…
no es parte de la historia.
Es parte de esto.
De mí.
De esta habitación.
De este momento.
Un escalofrío me recorre la espalda.
Levanto la mirada lentamente.
El cuarto sigue igual.
La lámpara.
La cama.
El escritorio.
Todo en su lugar.
Y aun así…
ya no se siente igual.
Bajo la mirada otra vez al libro.
Las letras parecen… más oscuras.
Más profundas.
Como si acabaran de escribirse.
Mi corazón golpea con fuerza contra mi pecho.
—…esto no es normal.
Cierro el libro de golpe.
El sonido corta el aire.
Respiro hondo.
Una vez.
Dos.
—Tranquila…
Intento convencerme.
—Solo… estás cansada.
Sí.
Eso tiene sentido.
He leído demasiado.
He pensado demasiado.
Me levanto lentamente de la cama.
—Necesito distraerme…
Mi mirada se desliza hacia el escritorio.
La pantalla de mi computadora sigue encendida.
La página sigue ahí.
Esperando.
“Accede a tu Realidad Deseada”
Mi estómago se contrae.
—…no.
Doy un paso.
Luego otro.
Sin darme cuenta.
—No voy a hacer esto…
Pero ya estoy frente a la pantalla.
El formulario sigue abierto.
Incompleto.
Como lo dejé.
El cursor parpadea.
Justo en la última pregunta.
“¿Estás dispuesta a aceptar las consecuencias?”
Mi corazón late más fuerte.
—Esto es ridículo…
Pero mis dedos se mueven.
Lentos.
Dudosos.
Y aun así…
no se detienen.
—…sí.
Presiono la tecla.
El cursor desaparece un segundo.
Nada pasa.
Parpadeo.
—…¿ya?
Espero.
Uno… dos… tres segundos.
Entonces—
Error al enviar.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
La página se recarga sola.
El formulario… sigue ahí.
Igual.
Como si no hubiera hecho nada.
Suelto una risa corta, sin gracia.
—Claro…
Muevo el mouse con más fuerza de la necesaria.
—Obvio no iba a funcionar.
Intento otra vez.
Clic.
La pantalla parpadea.
Por un segundo… parece que algo va a pasar.
Pero no.
Fallo de conexión. Inténtalo de nuevo.
—En serio…
Aprieto los dientes.
—Ni para esto sirve…
Respiro hondo, tratando de calmarme.
—Ya, déjalo.
Pero no lo dejo.
Vuelvo a intentarlo.
Clic.
La pantalla se queda congelada.
El cursor no se mueve.
—…no.
Golpeo suavemente el mouse.
—No me hagas esto.
La luz de la pantalla titila.
Una vez.
Dos.
Y de pronto—
Negro.
La computadora se apaga.
El cuarto queda en silencio.
Mi reflejo apenas se dibuja en la pantalla oscura.
Me quedo ahí, mirándola.
Inmóvil.
—…wow.
Suelto el aire lentamente.
—Qué sorpresa.
Me dejo caer en la silla, pasando una mano por mi cara.
—¿De verdad esperaba algo diferente?
Niego con la cabeza.
Una pequeña risa amarga escapa de mis labios.
—Ya no soy una niña…
Mi mirada se desvía hacia el libro sobre la cama.
—Como si estas cosas fueran a pasar.
Como si pudiera entrar ahí.
Como si pudiera verlo.
El silencio se vuelve pesado otra vez.
Más real esta vez.
Más frío.
—…qué ridícula.
Me levanto lentamente y camino hacia la cama.
Tomo el libro, pero no lo abro.
No lo necesito.
Ya sé cada palabra.
Cada escena.
Cada decisión que odio.
Mis dedos se tensan ligeramente sobre la portada.
—Y aun así… no puedo cambiar nada.
Trago saliva.
—Ni una sola cosa.
Exhalo despacio.
—Siempre igual.
Siempre mirando.
Siempre sabiendo lo que va a pasar…
Y sin poder hacer nada.
Mis labios se curvan apenas, sin alegría.
—Siempre en segundo lugar.
Me dejo caer sobre la cama, mirando el techo.
El cansancio llega de golpe.
Más pesado de lo normal.
Como si algo… me estuviera jalando hacia abajo.
Mis ojos se cierran lentamente.
—Solo… voy a dormir un rato…
El libro resbala de mis manos, quedando abierto a mi lado.
Las páginas se mueven suavemente.
Solos.
Sin viento.
Sin razón.
Y en la oscuridad creciente—
Una línea de tinta parece… cambiar.