Capítulo 14.1. Un pequeño milagro
Margarita fue la primera en abrir la puerta y corrió a toda prisa hacia el capó del coche.
—¡Está viva! —exclamó la mujer con alivio. No solo respiraron con alivio ella, sino también los hombres que iban en el vehículo—. ¿No te has hecho daño? —se dirigió Margarita a la niña, que estaba acurrucada delante del coche. La mujer se agachó e intentó examinar a la criatura, temiendo que hubiera sufrido alguna lesión.
—No —escuchó la débil voz de la pequeña, que estaba temblando. La niña levantó sus ojos azules, anegados en lágrimas.
—¡¿Dónde te duele?! —preguntó Margarita, interpretando a su manera las lágrimas de la niña.
—En ningún lado —respondió la pequeña, pero sin dejar de llorar. Las lágrimas corrían por sus mejillas mugrientas, emborronando aún más la suciedad de su cara.
—¿Dónde están tus padres? —reaccionó por fin la mujer y empezó a mirar a su alrededor. No podía ser que una niña tan pequeña estuviera sola.
—Mi mamá está durmiendo y mi padre me mandó a por vodka —respondió la niña, empezando a llorar con más fuerza aún—. Pero no puedo volver a casa, porque la botella se rompió cuando cruzaba la calle.
Solo ahora Margarita se percató de los cristales junto a la niña y sintió el olor a alcohol.
—Dios mío, ¿no te has cortado? —se desvivió Margarita, examinando las manitas sucias de la pequeña.
—No. Tú eres muy guapa y muy buena. Levántate, no te sientes en el suelo, que te va a dar tos —dijo la niña con total seriedad.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Margarita.
—Vitka —respondió la criatura, imitando la intonación de alguien—. Pero la vecina, la abuela Anya, me llama Vitusia.
—Así que Vitusia... —repetía Margarita, comprendiendo que a aquel ángel había que rescatarlo.
—Rita, ¿qué pasa ahí? ¿Todo bien? —dijo desde el coche Román, a quien le llegaban las voces, pero no se atrevía a acercarse.
—Mira qué milagro hay aquí —respondió Margarita, y el hombre bajó del vehículo.
—No soy un milagro, soy Vita —contestó la niña y clavó sus enormes ojos azules en Román.
—Yo diría una Vita maravillosa —dijo el hombre—. ¡Hola! ¿Y qué haces aquí?
—Le llevaba una botella a mi papá, pero... —y de nuevo de los ojos de la niña brotaron las lágrimas.
Román Vasílievich miró a su esposa y comprendió que ella no iba a devolver a la niña a unos padres alcohólicos.
—No te preocupes. No te van a reñir. Ha sido culpa nuestra. Yo hablaré con tu papá y todo saldrá bien —intentó calmar a la pequeña Román.
—¿De verdad de la buena? —volvió a preguntar Vita.
—¡De verdad! —repitió el hombre y también se agachó para que sus ojos estuvieran al mismo nivel—. ¿Vives cerca de aquí?
—Allí enfrente —Vita señaló la dirección.
—Guíanos —dijo Román con firmeza.
—Espera —interrumpió sus intenciones Margarita—. ¿Tienes hambre? —le preguntaron a la pequeña.
—Sí —dijo Vita en voz baja y bajó la mirada. A menudo pasaba hambre. Comía los restos que quedaban de las juergas y orgías de borrachos de sus padres.
—Tengo un bocadillo —se ofreció el chófer, que por poco atropella a este pequeño milagro mugriento y que ahora apenas podía contener unas lágrimas inoportunas.