La noche invernal caía pesada sobre el reino, tiñendo el ambiente de sombras y un frío que calaba los huesos. En los terrenos más apartados del palacio, junto a un lago cuyas aguas parecían de espejo oscuro, los sauces llorones se mecían lentamente con el viento.
Allí estaba ella. La princesa Hermayoni caminaba con pasos silenciosos, arrastrando la pesada cola de su vestido de terciopelo azul noche, adornado con destellos que imitaban las estrellas. Sus dedos, fríos y enjoyados, rozaban las ramas congeladas mientras sus ojos grises buscaban la penumbra.
Un crujido metálico la hizo detenerse.
De entre la niebla y las ramas oscuras, surgió él. El príncipe Harry vestía su imponente armadura negra, esculpida con detalles de antiguas leyendas, y una capa del color de la medianoche que se confundía con la oscuridad del bosque. Su cabello oscuro estaba ligeramente húmedo por la neblina.
Ambos se miraron en un silencio absoluto. La distancia entre ellos parecía cargada de una electricidad invisible.
—No deberías estar aquí sola, princesa —dijo él. Su voz era profunda, un susurro rasposo que rompió la quietud de la noche.
Hermayoni no retrocedió. Al contrario, dio un paso al frente, permitiendo que la luz de las velas lejanas del palacio iluminara el collar de diamantes que adornaba su cuello.
—Sé cuidarme sola, príncipe de las sombras —respondió ella, con una mezcla de orgullo y melancolía en la mirada—. Además... sabía que vendrías.
Harry suavizó la dureza de su rostro por una fracción de segundo. Se acercó con paso firme, el metal de su armadura resonando suavemente. Al quedar a solo unos centímetros de ella, el contraste era total: la delicadeza de la princesa frente a la imponente y peligrosa figura del caballero oscuro. Podían sentir el calor de la respiración del otro en medio del aire helado.
Pensamiento de Hermayoni: "Se supone que somos enemigos. Mi reino me dice que es un monstruo... pero cuando está cerca, el frío del invierno desaparece. Su sola presencia me da un miedo terrible, pero al mismo tiempo... es el único lugar donde me siento a salvo").
Él levantó lentamente su mano derecha, cubierta por el guantelete negro. Por un instante, dudó. Pero finalmente, rozó con extrema delicadeza el pómulo pálido de Hermayoni, apartando un mechón de su cabello oscuro. El frío del metal chocó con la calidez de la piel de ella.
—El peligro no es este bosque —murmuró él, clavando sus ojos oscuros en los de ella con una intensidad que le robó el aliento—. El peligro soy yo. Y aun así, insistes en buscarme.
Hermayoni esbozó una sonrisa pequeña, casi imperceptible, cargada de una valentía absoluta. Colocó su propia mano sobre el guantelete de él, aceptando su cercanía.
—Entonces, deja que corra el riesgo.