"Amor entre cenizas y plata"

Sangre en el santuario de los sauces

El crujido de una rama seca rompió el encanto de aquel instante. Harry reaccionó con la velocidad de un felino. Su mano abandonó la mejilla de Hermayoni para aferrar con fuerza la empuñadura de su gran espada negra.

—Quédate detrás de mí —ordenó Harry en un susurro áspero, interponiendo su cuerpo entre ella y la oscuridad.

De la espesa niebla del bosque surgieron tres ballesteros portando las armaduras y el emblema dorado del reino de Hermayoni. Eran la guardia de élite de la princesa, enviados en patrulla tras notar su ausencia en el palacio. Al ver al temido príncipe de las sombras tan cerca de su heredera, los guardias cargaron sus armas de inmediato.

—¡Aléjate de la princesa, monstruo de las sombras! —gritó el capitán de la guardia, apuntando directo al pecho de Harry.

—¡No disparen! —intervino Hermayoni de golpe, dando un paso al frente con valentía para cubrir a Harry—. ¡Es una orden de su princesa!

El capitán dudó una fracción de segundo, desconcertado por la actitud de ella, pero la tensión en el aire era insoportable. Un dedo nervioso presionó el gatillo. Una flecha de punta plateada silbó con violencia a través del aire helado.

Con reflejos inhumanos, Harry empujó a Hermayoni a un lado para protegerla. El metal de su hombrera negra desvió el proyectil, provocando un ruidoso destello de chispas en medio de la penumbra. Con un rugido contenido, el príncipe desenvainó su enorme espada, cuyo acero oscuro pareció devorar la poca luz de la noche. Se lanzó hacia adelante como una ráfaga de viento sombrío.

El violento choque del metal resonó en todo el jardín de sauces. Harry se movía con una fuerza devastadora, bloqueando los ataques a corta distancia y derribando a los guardias con el reverso de su escudo. No buscaba matar a los hombres de Hermayoni para no ganarse el desprecio de la princesa, pero el peligro era real; un solo descuido de su parte y terminaría atravesado por el acero enemigo.

Hermayoni observaba el combate con el corazón en la garganta. El miedo no era por su propia seguridad, sino por la vida de Harry.

Pensamiento de Hermayoni: "Si mis soldados lo matan, mi vida se apagará con él. Y si él los mata a ellos, la guerra entre nuestros reinos será eterna y ya no habrá marcha atrás. Tengo que detener esto ahora mismo").

Aprovechando que Harry había desarmado al último soldado con un golpe certero, Hermayoni corrió con todas sus fuerzas, interponiéndose justo entre la espada levantada del príncipe y el cuello del capitán, que yacía herido y vulnerable en el suelo.

—¡Basta, Harry! ¡Por favor, detente! —suplicó ella con la voz rota y los ojos empañados en lágrimas, obligándolo a sostenerle la mirada.

La hoja de la espada negra se detuvo a escasos centímetros del rostro pálido de Hermayoni. El pecho de Harry subía y bajaba con agitación violenta debido al esfuerzo. La miró fijamente, procesando el enorme riesgo que ella acababa de tomar para salvar a su soldado. Lentamente, conteniendo la furia de su sangre, bajó el arma, aunque su mandíbula seguía firmemente apretada.

—Llévense a la princesa —rugió Harry a los soldados heridos, sin apartar sus ojos oscuros de los de Hermayoni—. Retírense antes de que cambie de opinión.

Los guardias se levantaron a toda prisa, sosteniendo a Hermayoni de los brazos para arrastrarla rápidamente hacia la seguridad y los muros de piedra del palacio. Mientras era alejada a la fuerza, Hermayoni miró hacia atrás una última vez a través de la neblina. Harry permanecía estático bajo el sauce, una silueta solitaria y oscura que se desvanecía en la noche, cargando con un dolor tan grande como el de ella.




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