El sonido del cerrojo metálico resonó con una frialdad absoluta en la gran habitación de la princesa. Por orden del capitán de la guardia, Hermayoni había sido encerrada bajo llave en la torre más alta del palacio. Sus soldados creían que la protegían de un monstruo, pero para ella, los verdaderos muros de prisión eran los de su propio hogar.
Sola en la penumbra de su alcoba, Hermayoni se deshizo del pesado vestido de gala que le impedía moverse con agilidad. Se vistió rápidamente con una túnica oscura de viaje, lo suficientemente ligera para la huida pero gruesa para soportar la helada nocturna.
(Pensamiento de Hermayoni: "No puedo quedarme aquí esperando a que mi padre declare una guerra total por lo que pasó esta noche. Tengo que ver a Harry. Necesito saber si esa flecha de plata dañó su cuerpo... o si sus ojos me mirarán con desprecio la próxima vez por culpa de mi gente").
Con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, Hermayoni se acercó al gran ventanal de piedra que daba al acantilado trasero del castillo. Abajo, el bosque de sauces parecía un mar de sombras inquietas. Ató con nudos firmes varias sábanas de seda fina a los pilaresde la cama y arrojó el extremo al vacío.
El descenso fue una tortura. El viento helado golpeaba su rostro y sus manos pálidas ardían por la fricción de la tela, pero el miedo a perder a Harry era mucho mayor que el dolor físico. Al tocar el suelo cubierto de escarcha, no miró atrás. Corrió con todas sus fuerzas, adentrándose de nuevo en la espesura del bosque prohibido.
La neblina se volvía cada vez más densa a medida que cruzaba la frontera no oficial de los reinos. Las ramas de los árboles parecían garras oscuras en la noche, pero Hermayoni no se detuvo hasta llegar al claro donde el campamento de las sombras solía ocultarse.
Allí, junto a una hoguera de llamas azules que apenas emitía calor, estaba él.
Harry se había quitado parte de la armadura del torso, dejando ver los grabados oscuros de su piel y una ligera venda que cubría su hombro izquierdo, manchada de un hilo de sangre carmesí debido a la flecha plateada. Su rostro reflejaba una profunda amargura mientras limpiaba su espada con un lienzo.
Al escuchar los pasos apresurados sobre la nieve, Harry se levantó de golpe, levantando su arma por puro instinto guerrero. Pero al ver la silueta agitada y el rostro pálido de Hermayoni, su espada resbaló de sus dedos, cayendo sobre la tierra helada.
—¿Hermayoni...? —pronunció Harry, con la voz rota por la sorpresa y la incredulidad—. ¿Estás loca? Si tu padre descubre que escapaste al territorio de las sombras...
Hermayoni no lo dejó terminar. Rompiendo toda distancia, corrió hacia él y lo rodeó con sus brazos, pegando su rostro al pecho desnudo del príncipe. Harry se tensó por completo, con los brazos suspendidos en el aire, abrumado por el repentino calor de la princesa en medio de su mundo frío.
(Pensamiento de Harry: "Ella es la heredera de la luz... la pureza que mi reino odia. Debería alejarla, obligarla a volver a su jaula de oro antes de que mi oscuridad la consuma por completo. Pero teniéndola así de cerca, mi fuerza se desvanece").
Lentamente, los guanteletes de Harry se cerraron alrededor de la cintura de Hermayoni, correspondiendo al abrazo con una desesperación silenciosa. Hundió su rostro en el cabello oscuro de ella, respirando su aroma a flores y palacio, mientras la nieve comenzaba a caer suavemente sobre ellos, sellando su reencuentro secreto.