El calor de la hoguera azul apenas alcanzaba a entibiar el campamento, pero el abrazo que compartían parecía detener el frío del invierno por completo. Harry fue el primero en apartarse con suavidad, sosteniendo a Hermayoni por los hombros mientras la miraba con una mezcla de reproche y profunda ternura.
—No debiste venir —murmuró Harry, aunque sus manos se negaban a soltarla—. Mira cómo tiemblas. Este lugar no es para ti.
Hermayoni no respondió con palabras. Sus ojos grises se fijaron de inmediato en la venda ensangrentada de su hombro izquierdo. Con dedos temblorosos pero decididos, rozó el borde de la tela. Harry soltó un leve quejido, tensando la mandíbula.
—La flecha de plata... —susurró Hermayoni, sintiendo una culpa punzante en el pecho—. Fue mi gente. Fue mi culpa. Déjame ayudarte.
El príncipe quiso protestar, argumentando que una herida de guerrero no era nada, pero la mirada firme y suplicante de la princesa lo obligó a sentarse sobre un tronco caído junto al fuego. Hermayoni se arrodilló a su lado. Con extrema delicadeza, comenzó a retirar la
venda usada. La piel alrededor del corte estaba enrojecida; la plata real de su reino estaba diseñada para quemar la carne de los nacidos en las sombras.
(Pensamiento de Hermayoni: "Mi reino llama justicia a esto. Lo llaman defender la paz... pero solo veo crueldad. Si la luz de mi hogar solo sirve para causar este dolor a la única persona que me entiende, entonces no quiero pertenecer a ella").
Hermayoni sacó de su túnica un pequeño frasco con esencia de flores de luna, un remedio curativo que había alcanzado a tomar de su alcoba. Vertió el líquido sobre la quemadura. Harry cerró los ojos con fuerza y apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos, resistiendo el ardor sin emitir un solo sonido. Para reconfortarlo, Hermayoni colocó su mano libre sobre la de él, entrelazando sus dedos pálidos con los dedos oscuros y curtidos del príncipe.
El dolor comenzó a ceder, reemplazado por una calidez reconfortante. Harry abrió los ojos y la observó mientras ella vendaba la zona con un trozo de tela limpio. La luz azul del fuego iluminaba las facciones melancólicas de Hermayoni, haciéndola lucir hermosa y etérea.
—Mi padre sabe que estuve en el jardín —dijo Hermayoni en un hilo de voz, sin levantar la vista—. Mañana duplicará la guardia. Si me quedo allí, nunca volveré a verte. Nos obligarán a odiarnos.
Harry estiró su mano sana y tomó la barbilla de Hermayoni, obligándola a mirarlo directamente a los ojos. La intensidad de su mirada oscura hizo que el corazón de la princesa diera un vuelco.
—Entonces no te quedes —sentenció Harry, con una seriedad absoluta que heló el aire—. Vámonos de aquí. Lejos de las coronas, de las guerras y del odio de nuestros padres. Esta misma noche, crucemos las montañas del norte donde ningún reino tiene poder.
Hermayoni sintió un torbellino de emociones en su pecho: miedo por dejar todo lo que conocía, pero una libertad inmensa al saber que su futuro estaba al lado de él.
—Contigo... iría a cualquier parte, Harry —respondió ella, sellando su destino.
Harry suavizó su rostro y, por primera vez en toda la noche, una sonrisa pequeña y genuina apareció en sus labios. Se inclinó lentamente hacia ella, reduciendo el espacio entre ambos hasta que sus frentes se tocaron, compartiendo el mismo aliento en medio de la nieve que caía alrededor de la hoguera.