"Amor entre cenizas y plata"

Persecución en la frontera de nieve

El galope de los caballos resonaba como el trueno sobre la tierra congelada. Harry y Hermayoni compartían un único corcel negro, una bestia imponente del Reino de las Sombras capaz de correr sin descanso bajo la tormenta. Hermayoni se aferraba con fuerza a la cintura de Harry, sintiendo el frío viento golpear su rostro mientras los árboles del bosque prohibido pasaban a toda velocidad a sus costados.

Delante de ellos, las majestuosas e implacables montañas del norte se alzaban como gigantes de piedra blanca. Al otro lado de esas cumbres se encontraba la tierra neutral, el único lugar del mundo donde su amor no era un crimen. Tuvieron la libertad al alcance de la mano, a tan solo unos cuantos kilómetros de distancia.

Pero la fortuna no estaba de su lado.

—¡Allí están! ¡No dejen que el monstruo se lleve a la heredera! —un grito de guerra rompió el silbido del viento.

Al mirar por encima del hombro de Harry, el corazón de Hermayoni se congeló. Decenas de antorchas brillaban en la oscuridad, abriéndose paso a través de la neblina. El ejército del rey, liderado por el propio padre de Hermayoni, los había alcanzado justo antes de llegar a la frontera montañosa. La guardia real montaba caballos blancos de guerra, y sus armaduras doradas destellaban con una furia implacable.

—¡Aprieta el paso, maldición! —rugió Harry, instando a su caballo a correr aún más rápido.

Sin embargo, el peso de llevar a dos personas en el lomo comenzó a ralentizar al animal. Los soldados de la Luz ganaban terreno con cada segundo que pasaba. De pronto, el sonido de varias ballestas disparándose al mismo tiempo rasgó el aire helado. Una lluvia de flechas de plata cayó a su alrededor, clavándose en la nieve y rozando la capa de Harry.

—¡Harry, se están acercando demasiado! —gritó Hermayoni, con el pánico apoderándose de su voz.

(Pensamiento de Hermayoni: "Mi padre no va a detenerse. Si nos atrapan juntos, ejecutarán a Harry en la plaza pública y a mí me condenarán a una vida de arrepentimiento. No puedo permitir que muera por mi culpa. Tengo que hacer algo").

Harry tiró de las riendas bruscamente cuando llegaron a un estrecho puente de piedra natural que cruzaba un abismo helado, la única entrada hacia las montañas del norte. El caballo se detuvo en seco, resoplando con fuerza. Al mirar hacia atrás, el ejército de la Luz ya bloqueaba el camino de regreso. Estaban acorralados.

El rey de la Luz avanzó al frente de sus hombres, desenvainando una espada que brillaba con un fulgor místico y dorado. Su rostro reflejaba una ira ciega al ver a su hija protegida por el príncipe enemigo.

—¡Suelta a mi hija, engendro de la oscuridad! —bramó el rey, apuntando a Harry—. Hermayoni, camina hacia mí ahora mismo. Si lo haces, perdonaré su vida y lo encerraré en las mazmorras para siempre. Si te niegas, mis arqueros lo convertirán en cenizas aquí mismo.

Harry bajó del caballo y desenvainó su espada negra, interponiéndose firmemente entre el rey y Hermayoni. Su cuerpo aún dolía por la herida anterior, pero sus ojos oscuros brillaban con una determinación feroz.

—Tendrás que matarme primero, majestad —desafió Harry en un susurro gélido, plantando cara a todo un ejército él solo por defender a la mujer que amaba.

(Pensamiento de Harry: "Mis fuerzas están al límite y mi hombro arde, pero no me rendiré. Prefiero derramar hasta mi última gota de sangre en este puente antes de dejar que la encierren en esa prisión de cristal otra vez").

Hermayoni miró a Harry, luego a su padre y finalmente al abismo que se abría a los lados del puente. La tensión era tan alta que nadie se atrevía a respirar. El destino de ambos reinos dependía del siguiente movimiento.




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