"Amor entre cenizas y plata"

El color de la libertad

Los días en las montañas del norte pasaban con una lentitud pacífica que Hermayoni jamás había conocido en el palacio. La pequeña cabaña de madera se había convertido en su universo entero. Ya no había sirvientes, ni guardias, ni el peso de una corona enemiga; solo estaban ellos dos, aprendiendo a vivir bajo sus propias reglas.

Una mañana, el sol invernal se filtró tímidamente por la ventana de cristal, iluminando el suelo de madera. Hermayoni se encontraba junto al fogón, preparando un té caliente con las hierbas que habían recolectado en los alrededores. Vestía una ropa sencilla de lana, alejada de los lujos de su antigua vida, pero en su rostro había una tranquilidad que ningún diamante le había dado jamás.

Un par de brazos fuertes y cálidos la rodearon por la espalda de improviso. Harry hundió su rostro en el cuello de ella, dejando un suave beso que hizo que Hermayoni sonriera y encogiera los hombros por el sutil escalofrío. Sin la pesada armadura negra, Harry lucía diferente: más joven, más relajado, con su cabello oscuro despeinado por el sueño.

—Buenos días —murmuró Harry con voz ronca, apretándola un poco más contra su pecho.

—Buenos días, Harry —respondió ella, girándose entre sus brazos para quedar frente a él. Colocó sus manos sobre el pecho del príncipe, sintiendo los latidos constantes de su corazón—. Tu hombro... ¿cómo sigue?

Harry movió el brazo izquierdo con ligereza y le dedicó una sonrisa pequeña, esa que solo ella tenía el privilegio de ver.

—Ya no duele nada. Tu magia y tus cuidados me curaron por completo.

(Pensamiento de Hermayoni: "Cada mañana me despierto pensando que todo esto es un sueño. Que en cualquier momento mi padre abrirá la puerta o las sombras nos separarán. Pero ver su sonrisa... sentir el calor de su piel... me hace dar cuenta de que por fin somos dueños de nuestro propio destino").

Harry tomó una de las manos de Hermayoni y entrelazó sus dedos. Miró el contraste de la piel pálida de la princesa contra la suya, un recordatorio constante de que la luz y la oscuridad podían convivir en perfecta armonía si existía el amor.

—A veces me pregunto si no extrañas tu palacio —dijo Harry, mirándola a los ojos con una pizca de vulnerabilidad—. Los banquetes, los vestidos, la comodidad... Aquí solo tienes esta vieja cabaña y a un príncipe desterrado.

Hermayoni acarició la mejilla de Harry con extrema ternura, disipando cualquier rastro de duda en él.

—En el palacio tenía todo, pero me sentía completamente sola. Aquí no tengo nada, pero lo tengo todo contigo. No necesito un reino, Harry. Mi hogar eres tú.

(Pensamiento de Harry: "Ella renunció a su corona por mí. Dejó su mundo de luz para caminar a mi lado en la incertidumbre. Juro que pasaré el resto de mis días asegurándome de que jamás se arrepienta de haber corrido este riesgo").

Harry no resistió más y la atrajo hacia sí, sellando sus palabras con un beso tierno y profundo. El té humeaba sobre la mesa y la nieve caía suavemente afuera, pero dentro de la cabaña, el invierno había terminado para siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.