"Amor entre cenizas y plata"

Las sombras del pasado y la advertencia del lobo

Habían pasado algunos meses y el vientre de Hermayoni ya se notaba pronunciado bajo sus vestidos holgados. La felicidad en la cabaña era absoluta, pero esa paz estaba a punto de romperse.

Una noche, mientras una tormenta ligera golpeaba las maderas del hogar, el gran lobo blanco se levantó de golpe de su rincón junto al fuego. Sus orejas se erizaron y un gruñido bajo, ronco y amenazante brotó de su garganta. Caminó hacia la puerta, arañando la madera con desesperación y mirando fijamente hacia la oscuridad del exterior.

Harry, que estaba avivando las brasas, reaccionó al instante. Sintió ese viejo instinto guerrero congelarle la sangre. Dejó el atizador y tomó su espada negra, la cual no había usado en meses.

—Quédate aquí, Hermayoni —pidó Harry, con una seriedad que no admitía réplicas.

(Pensamiento de Hermayoni: "Esa mirada... es la misma de la noche en el jardín de los sauces. Pensé que habíamos dejado el peligro atrás, pero el pasado siempre encuentra la forma de cazarnos. No temo por mí, sino por el futuro que crece dentro de mi vientre").

Harry abrió la puerta con cautela, saliendo a la fría noche acompañado por el lobo. La neblina de las montañas era espesa, pero entre los árboles, el lobo clavó sus ojos oscuros en una dirección exacta. De las sombras del bosque no emergió un ejército, sino una sola silueta alta, embozada en una capa desgastada.

El lobo mostró los colmillos, listo para atacar, pero el intruso se detuvo y levantó las manos en señal de paz, bajándose la capucha. Bajo la luz de la luna, Harry reconoció el rostro de Kael, su general más leal y su mejor amigo dentro del Reino de las Sombras.

—¿Kael...? —Harry bajó la espada una fracción de pulgada, sorprendido—. ¿Cómo me encontraste?

—Tus rastros eran difíciles de seguir, mi príncipe, pero te conozco mejor que nadie —dijo Kael, respirando con agitación, mostrando signos de un viaje largo y peligroso—. No vengo a pelear. Vengo a advertirte. Los espías de ambos reinos han cruzado información. Saben que estás oculto en el norte con la princesa de la Luz.

Harry apretó los dientes, sintiendo una furia fría correr por sus venas.

—Ya no somos parte de sus reinos, Kael. Déjanos en paz.

—Ellos no lo ven así, Harry —insistió Kael, dando un paso adelante con urgencia—. Tu padre considera tu huida como una traición imperdonable, y el rey de la Luz cree que tienes a su hija secuestrada. Están reuniendo tropas en la frontera. Si descubren que la princesa está embarazada de ti, no dudarán en destruir estas montañas con tal de borrar lo que ellos llaman 'una aberración'. Tienen que moverse. Ahora.

Hermayoni, que había estado escuchando desde la puerta abierta, dio un paso al frente, colocando una mano protectora sobre su vientre. A pesar del miedo, sus ojos grises brillaban con la misma determinación con la que desató su magia en el puente.

—No vamos a seguir huyendo, Harry —dijo Hermayoni con voz firme, captando la atención de ambos hombres—. Este bebé no es una aberración. Es la oportunidad de terminar con el odio de una vez por todas.

Kael miró a la princesa y luego a su amigo, dándose cuenta de que el lazo entre ellos era inquebrantable. El general hincó una rodilla en la nieve, inclinando la cabeza ante ambos.

—Si esa es su decisión, mi príncipe, mi espada está a su servicio. No permitiré que toquen a su familia. Construiremos un refugio seguro aquí mismo, pero debemos prepararnos para lo que viene.

El gran lobo blanco dejó de gruñir y se colocó al lado de Kael, como si aceptara al nuevo aliado en su misión de proteger el milagro que estaba por nacer.




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