La tormenta en el exterior arreciaba, golpeando las paredes de madera de la cabaña con una violencia implacable. Kael custodiaba la entrada junto al gran lobo blanco, cuyos ojos negros permanecían fijos en la neblina. Sin embargo, el verdadero peligro de esa noche no venía del ejército enemigo, sino de la debilidad del propio cuerpo.
Dentro, junto al fuego que chisporroteaba con un sonido triste, Hermayoni se encorvó de golpe. Un dolor agudo, frío y punzante le atravesó el vientre, haciéndola soltar un gemido ahogado. La taza de té que sostenía cayó al suelo, rompiéndose en pedazos.
Harry, que revisaba un mapa sobre la mesa, tiró todo al suelo y corrió hacia ella, atrapándola justo antes de que sus rodillas tocaran la madera.
—¿Hermayoni? ¿Qué pasa? Mírame —pidió él, con la voz temblando por un pánico que jamás había sentido en ninguna batalla.
El rostro de la princesa se había vuelto completamente pálido. Gotas de sudor frío empapaban su frente mientras se aferraba con desesperación a la túnica de Harry.
—Harry... el bebé... duele mucho —alcanzó a susurrar, con la voz rota por un presentimiento desgarrador.
(Pensamiento de Hermayoni: "No, por favor. Llévate mi magia, llévate mi vida, pero a él no. Este niño es nuestra luz, nuestra promesa de paz. No nos dejes en la oscuridad").
Harry la cargó con un cuidado infinito y la recostó en la cama, cubriéndola con las mantas de lana. Presionó sus manos contra el vientre de ella, intentando usar la calidez de su propio cuerpo para calmar el dolor, pero sintió cómo la energía de Hermayoni se desvanecía. La magia pura que una vez brilló con tanta fuerza en el puente ahora se apagaba lentamente.
Fuera, el lobo blanco alzó la cabeza hacia el cielo y emitió un aullido largo, agudo y melancólico que cortó el silbido del viento. Era un canto de luto que heló la sangre de Kael en la entrada.
Pasaron las horas en un silencio sepulcral. El dolor físico de Hermayoni comenzó a ceder, reemplazado por un vacío inmenso y frío. El milagro que unía a la Luz y a las Sombras se había marchado antes de tiempo.
Hermayoni miraba al techo con los ojos fijos y empañados en lágrimas que no terminaban de caer. Harry permanecía arrodillado a su lado, sosteniendo su mano pálida contra su mejilla. Por primera vez, el imponente príncipe de las sombras ocultó su rostro en las sábanas y dejó que sus hombros se sacudieran por un llanto silencioso y amargo.
(Pensamiento de Harry: "Odiaba a mi reino, odiaba la guerra... pero nunca había sentido tanto odio como el que siento ahora hacia este destino cruel. No pude proteger nuestro mayor milagro. Todo lo que quería era darle un hogar libre de dolor").
Hermayoni movió débilmente sus dedos para acariciar el cabello oscuro de Harry, buscando en él la fuerza que a ella le faltaba.
—Aún nos tenemos... Harry —susurró con el hilo de voz que le quedaba, forzando a su corazón a no rendirse—. El dolor es enorme... pero no dejaremos que el odio gane.
Harry levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre pero con una chispa de furia renovada. El dolor mutó en una determinación inquebrantable. Ya no peleaban por un futuro heredero; ahora pelearían para destruir el viejo mundo que les había arrebatado su paz.