El silencio dentro de la cabaña era tan denso que parecía ahogar el fuego del hogar. Hermayoni continuaba recostada, con la mirada perdida en las sombras del techo. El vacío en su vientre se había transformado en un frío glacial que se extendía por sus venas, devorando la luz pura que siempre la había caracterizado.
De pronto, un violento estallido afuera rompió la quietud. El gran lobo blanco soltó un rugido de furia y el sonido del acero de Kael resonó con fuerza en el patio congelado.
—¡Harry! —gritó Kael desde el exterior—. ¡Es una emboscada! ¡Los ballesteros del Reino de la Luz están aquí!
Harry se levantó del borde de la cama de un salto, desenvainando su espada negra. Su rostro reflejaba una mezcla de dolor acumulado y una rabia asesina. Miró a Hermayoni una última vez, intentando cubrirla con las mantas.
—Quédate aquí, mi princesa —dijo Harry con voz ronca y decidida—. No dejaré que te toquen. Pagarán por todo lo que nos han quitado.
Harry salió de la cabaña azotando la puerta. Afuera, una docena de soldados de la guardia real, enviados por el rey, disparaban flechas de plata sin piedad. Harry y Kael peleaban con desesperación en medio de la nieve, pero Harry estaba agotado por el sufrimiento y la falta de sueño. Un ballestero enemigo aprovechó un descuido y disparó. El proyectil de plata se clavó profundamente en el costado de Harry, haciéndolo caer de rodillas sobre la nieve, soltando un grito de dolor mientras la sangre manchaba el suelo blanco.
Dentro de la cabaña, al escuchar el lamento de Harry, algo se rompió definitivamente en el alma de Hermayoni.
(Pensamiento de Hermayoni: "Se llevaron mi hogar. Se llevaron mi paz. Nos quitaron a nuestro bebé... y ahora quieren quitarme a Harry. No más. Si la luz de mi reino es tan cruel, entonces la maldigo. Que las sombras me consuman, pero él vivirá").
Hermayoni se levantó de la cama. Sus ojos grises, antes brillantes y melancólicos, se tiñeron por completo de un negro oscuro y místico, idéntico al cielo de medianoche. Al dar un paso hacia el exterior, la energía que brotaba de su cuerpo ya no era blanca ni radiante; era una neblina oscura, cargada de relámpagos plateados y un poder gravitacional devastador. El mismísimo aire de la montaña se congeló por completo.
Cuando la puerta de la cabaña se abrió de golpe, los soldados de la Luz se detuvieron, aterrados por la figura que emergía. Hermayoni caminaba descalza sobre la nieve, rodeada por un aura de pura destrucción. Parecía una diosa del eclipse.
El capitán de la guardia, temblando, ordenó: —¡Disparen a la traidora!
Tres flechas de plata volaron hacia ella. Hermayoni ni siquiera se movió. Con un simple movimiento de su mano izquierda, la neblina oscura atrapó los proyectiles en el aire, deteniéndolos por completo antes de pulverizarlos hasta convertirlos en cenizas.
Con una furia fría y calculadora, Hermayoni alzó ambas manos. El suelo tembló y unas raíces de energía oscura brotaron de la tierra, atrapando a los soldados por los tobillos y levantándolos en el aire. La presión de su nueva magia era tan inmensa que las armaduras doradas de los guardias comenzaron a agrietarse bajo el peso de las sombras.
—Díganle a mi padre... —la voz de Hermayoni resonó con un eco sobrenatural que hizo eco en todo el valle— ...que la princesa de la Luz ha muerto. Y si vuelven a acercarse a mi esposo, enterraré a todo su reino en la oscuridad eterna.
Con un movimiento descendente de sus brazos, desató una onda expansiva de energía que lanzó a los soldados sobrevivientes colina abajo, desarmados, heridos y aterrorizados.
La neblina oscura comenzó a disiparse lentamente. Hermayoni cayó de rodillas sobre la nieve, exhausta, mientras sus ojos recuperaban su color gris original. Harry, ignorando el dolor de su propia herida, se arrastró hacia ella y la tomó entre sus brazos, pegando su frente a la de ella. Ambos estaban manchados de sangre y ceniza, cambiados para siempre por el dolor, pero unidos por un poder que ahora infundía miedo en todo el mundo conocido.