Habían pasado tres años desde que los muros del odio se derrumbaran para siempre. Tras exponer las mentiras del viejo monarca, el Reino de la Luz y el Reino de las Sombras se habían fusionado en una sola y próspera nación bajo el sabio mandato de Harry y Hermayoni. Ya no había fronteras de piedra ni flechas de plata; la neblina de las montañas ahora coexistía en paz con los rayos del sol.
En el centro de este nuevo reino unificado se encontraba el antiguo jardín de los sauces llorones. El lugar, que alguna vez fue el escenario de un amor prohibido y peligroso, ahora estaba lleno de flores de luna y rosas blancas que florecían en perfecta armonía.
Una tarde cálida de primavera, Hermayoni caminaba despacio por el sendero del jardín. Llevaba un hermoso vestido que combinaba hilos de seda blanca con bordados plateados, reflejando su doble naturaleza como reina de la luz y del eclipse. Sus pasos se detuvieron junto al lago de agua cristalina, y sus manos pálidas se posaron con una ternura infinita sobre su vientre, el cual volvía a lucir abultado y redondo.
(Pensamiento de Hermayoni: "El dolor del pasado nunca se olvida del todo... pero la vida siempre encuentra una forma de volver a florecer. Este pequeño ser que crece dentro de mí ya no nacerá en el escondite de una cabaña helada, ni tendrá que huir de las flechas. El invierno terminó").
El sonido de unos pasos familiares sobre la hierba la hizo sonreír antes de girarse. Harry se acercó sin la pesada armadura de guerra de antaño; ahora vestía las ropas elegantes de un rey en tiempos de paz. A su lado caminaba el gran lobo blanco, que ahora era el guardián de los jardines reales y movía la cola con tranquilidad.
Harry rodeó la cintura de Hermayoni desde atrás, atrayéndola suavemente hacia su pecho. Colocó sus manos curtidas y fuertes sobre las de ella en su vientre, sintiendo un leve y enérgico movimiento en el interior. Un suspiro de absoluto alivio y felicidad pura escapó de los labios del rey.
—Se siente fuerte —murmuró Harry cerca de su oído, con una sonrisa tierna que iluminaba por completo sus ojos oscuros—. Kael dice que los preparativos para la celebración del nacimiento están listos. Todo el reino espera su llegada.
Hermayoni apoyó la cabeza en el hombro de su esposo, respirando el aroma fresco que siempre la hacía sentir a salvo.
—Va a nacer en un mundo hermoso, Harry. Gracias por no rendirte, incluso cuando todo estaba a oscuras.
Harry la giró con delicadeza para mirarla cara a cara. Le apartó con los dedos un mechón de cabello oscuro y la miró con la misma intensidad desbordante y pura del primer día, pero esta vez, libre de cualquier rastro de amargura.
—Tú fuiste la que trajo la luz a mis sombras, Hermayoni. Mi único reino eres tú, y siempre lo será.
Bajo la sombra protectora de los sauces y la mirada atenta de su lobo guardián, Harry se inclinó y la besó. Fue un beso largo, cargado de promesas cumplidas, de batallas ganadas y de un amor inquebrantable que había logrado cambiar el destino de todo un mundo. El sol del atardecer comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de un color naranja y violeta brillante, anunciando el nacimiento del heredero de la paz y el inicio de una eternidad feliz.